La historia de la niña sin habitación

Una mirada un poco intrusa en la vida de la artista Andrea Barreda, quien esta noche abre su tercera muestra para alegría de los que disfrutan de la buena pintura.

| 17 octubre 2012 12:10 AM | Gente como uno | 5.6k Lecturas
La historia de la niña sin habitación

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Demoró mucho para darse cuenta que mediante la pintura podía ordenar su vida, que los pinceles, las brochas finas y los colores eran su pasión. “Cuando salí del colegio no sabía qué hacer. Gracias al consejo de mamá estudié secretariado y trabajé ordenando la vida de alguien. Luego conocí a una amiga que estudiaba Filosofía y hablaba con tanta pasión sobre esa disciplina. Dije: ‘yo también quiero tener una pasión’; y lo encontré en la pintura. Empecé a pintar en el 2008”, dice.

Cuando ve sus cuadros, cuando lee las notas que salen en los diarios, su abuela Mercedes, de 78 años de edad, le dice: “Tienes la vocación de mi madre. Ella era como tú, pintaba, dibujada cosas hermosas”. Nunca ha visto una pintura de su bisabuela, pero, a veces, cree que dentro de ella vive una anciana linda que le dice a su bisnieta qué pintar.

DETALLE

Un verso puede activar su motor creativo. Entre sus poetas preferidos está el puneño maravilloso Carlos Oquendo de Amat, el de “Se prohíbe estar triste”, “Se alquila esta mañana”. Siempre retorna a“Casa del nómada” de Tomás Segovia y a “Poesía en la Residencia” de Juan Gelman.
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La artista limeña Andrea Barreda siempre retorna a su infancia porque siente que le duró muy poco, pero no entiende por qué. A veces, dice que, cuando transcurrían sus siete u ocho años de edad, ya no le interesaban las cosas que le hacían felices a las otras niñas. “Pensaba como grande, me juntaba con adultos y hablaba como ellos. Mi niñez fue fugaz, como la buena lectura de la cual tienes siempre un lindo recuerdo”, dice.

Digamos también que no le gustaba mucho las cosas que vivía entonces, en los albores de su vida, pero ahora, a sus 27 años de edad, cree que si su niñez hubiera sido distinta no sería lo que es hoy, una joven que ha encontrado en la pintura la forma adecuada de ordenar esas cosas que dentro de uno perturban, alborotan, joden el alma.

No le gusta mucho dibujar. Casi siempre empieza a pintar de frente en el lienzo. A veces, hace algunos trazos suavecitos y sobre eso juega con los colores. Una imagen, una foto, una frase, un recuerdo leve, pueden motivarla a agarrar las brochas. Casi nunca intenta encontrarle un significado a lo que se le ocurre antes de empezar a pintar. Va dándole forma en el camino.

Cuando termina un cuadro, casi siempre se sienta frente a él y ve cómo ha quedado haciéndose preguntas: ¿Por qué lo hice así? ¿Por qué está dentro de una casa? ¿Por qué está sola? ¿Por qué los cabellos largos?


La cuarta exposición de Andrea Barreda (Ex Anima) se inaugura hoy, a las 8 p.m., en la galería Índigo, Av. El Bosque 263, San Isidro.

Para su tercera muestra “Ex Anima” empezó a pintar como siempre en esa inmensa casa-taller con una ventana que da al histórico parque “El Olivar” de San Isidro, donde las ardillas asustadizas se esconden para que no las vean y, a veces, llegan pajaritos de colores pasteles para dar conciertos en el aire como en los sueños. Le salieron niñas solas en habitaciones, cuartos, como si buscaran algo, como si algo se les hubiera perdido. Su amiga y cómplice Andrea le dijo que parecían cuartos de una misma casa enorme en un lugar alejado de la ciudad y entonces la artista recordó que de niña nunca tuvo una habitación para ella sola.

Sus padres se mudaban a cada rato, como si se aburrieran de vivir en un mismo lugar. Cierto tiempo residieron en la casa de una tía abuela, todos, en una sola habitación. En la mañana había un coro de saludos, de sus padres y sus cuatro hermanos. “Yo compartía la cama con mi hermana menor”, recuerda. “No tenía habitación. Era muy feliz, pero no tenía mi espacio”, dice.

Su familia se mudaba a cada rato porque le faltaba lo que siempre falta a los honestos: plata. Creció en medio de mudanzas con el sueño de la habitación propia que llevó cuando tenía 23 años de edad. Se mudó a un departamento con alguien que le prometió amor infinito, pero el cariño se gastó y tuvo que volver a la casa de sus padres.



Pasó el tiempo para bien. Juntó dinero, cambió de amor y alquiló una casa-taller en San Isidro, que es tan grande que la señora a quien le paga el alquiler le dijo que en la mansión, en alguno de los cuartos innumerables, vive una anciana feliz de 95 años de edad a quien ella nunca ha visto.

Trabaja en la mansión escuchando de todo un poco, según el ánimo. Puede escuchar el Lago de los cisnes, de Tchaikovsky; algo de Chopin; pasando por la rockera estadounidense Janis Joplin; Guns N’ Roses; la guitarrista Joan Jett y hasta el músico Paquito D’ Rivera.

Sale de casa solo cuando está segura que el sol estará tranquilo. Mientras camina observa mucho a la gente, es amante de los gatos y de las películas de la década del cincuenta.

A veces, mira a una secretaria de falda y tacos altos y se pregunta: ¿Y si me hubiera trabajando de secretaria?, y ella misma se responde: “No, no, no” y sonríe.



SUEÑA COSAS RARAS
Hace un tiempo, soñó que estaba en una casa de madera de siete pisos muy angosta como para que el perro de la casa solo moviera la cola de arriba para abajo. En la casa, se había ido la luz; y ella estaba con una niña, como de nueve años de edad, que se escondía de una señora vieja. De pronto, la niña quería comerse un pájaro y le pedía que ella le consiguiera uno.

Otra noche soñó con muñecas rellenas de mermelada de fresa y otras cosas raras que no puedo escribir aquí porque los niños también leen LA PRIMERA.

Sin embargo, no le gusta dormir mucho porque quiere sacarle el jugo a la vida, y tiene la costumbre de todas las pintoras del signo Virgo que viven en San Isidro: Jamás duermen con la luz apagada.

Cuando despierta, su gata Mamba siempre la está mirando desde algún lado como para decirle que es hora de volver al lienzo o a los libros, a la vida sosegada, tranquila y, a vecees, perturbada de hacer que los colores en el lienzo se conviertan en un obra de arte.

Si no está pintando está sumergida en los lugares azules de los versos y las sentencias. Habla todo lo que puede, y en todos los idiomas, con la argentina Alejandra Pizarnik. También con Gelman o Segovia o Chirinos y si hay tiempo regresa a Polvos Azules a buscar películas antiguas.


Paco Moreno
Redacción


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