Hombre de libros y polillas

Jorge Vega, quizá el único librero delivery que adorna Lima, sigue en la utopía de ofrecernos libros-luz con la ilusión de que las palabras sabias de los textos nos hagan mejores personas, conciliados con el arte y la vida. “Sólo una montaña de libros salvará al Perú”, dice.

| 19 diciembre 2008 12:12 AM | Gente como uno |3.2k Lecturas
Hombre de libros y polillas
Veguita es el primero en festejar ese fino y a veces acre humor que lo caracteriza.
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Entro en el bar Croata del centro de Lima y Veguita está ahí, solo, en una mesa de cuatro, acompañado de una elegante copa de pisco y unos libros clásicos. La noche de este martes está a punto de disfrazarse de madrugada de miércoles. Mi búsqueda infructuosa de la semana ha terminado.

–Don Jorge, por fin lo encuentro.

–¿Acaso me había perdido?

–Claro que no. Ocurre que quiero hacerle una entrevista.

–Con qué perversas intenciones.

–Bueno, como para que sus amigos lo recuerden.

–¿Acaso me han olvidado?

–…

Quedan pocos clientes en el Croata. Desde la mezanine saltan algunas voces mareadas; cerca de aquí, unos jóvenes discuten ante unas botellas de vino vacías; afuera la noche tontea en espera de la madrugada, un grito que se apaga, un claxon que perturba.

Emilio, cuasi dueño del Croata que a estas horas hace también de mozo, está apurado por irse. Tomo asiento y me dan ganas de tomarme el pisco de Vega, pero pido una cerveza.

–Ya estamos cerrando– grita Emilio, con el ceño fruncido. Imaginen a Miguelito Barraza enojado. Entonces, Veguita lo mira con una de esas caras que abren todas las puertas.

–¿Helada o sin helar?– pregunta Emilio.

Veguita espera mis preguntas, atento como si esperara una pelota de tenis en la cancha opuesta, como si se preparara para lanzarme respuestas ingeniosas. Me mira con esos ojos claros, se arregla sus cabellos canos, y unas arrugas pecosas se mueven en su frente. Me quedo callado. Él bebe su pisco; yo tomo mi cerveza. Busco mis apuntes.

–He leído por ahí que le han inventado un epitafio….

–Comerán los gusanos, lo que dejaron las polillas.

–Pero hay otro…

–Ah, es un tanto filosófico: He despertado de una horrible pesadilla: la vida.

Más que bohemio
Siempre alejado de una vida común (tibio-gris), Veguita “ha logrado lo que no han logrando los escritores peruanos. Vivir de sus libros”. Es un bohemio militante, amante de la vida y la cultura. Lima debería hacerle una estatua; sin embargo, él ya es una estatua, una vida (plena, cálida, feliz). Veguita, librero acuático (no exitoso, ni famoso), sino prestigioso.

Veguita, hombre culto, que cultiva el humor y las palabras con una dedicación de monje. Veguita, el aliado de los aliados de los libros. Veguita, el que no tiene clientes, sino grandes amigos. Bohemio, amigable y curioso, Veguita sigue en lo suyo, buscándole el libro preciso al amigo preciso, como para intentar cambiarle la vida.

La bella utopía de Veguita consiste en vivir creyendo que sólo una montaña de libros salvará al Perú. Se ha ganado el sobrenombre de “Sobaco Ilustrado” por su afán de llevar libros a las redacciones de diarios y revistas a cambio de ideas y algunos billetes que suele arrugar en su bolsillo.

“Lucho contra la TV y la Internet que le están quitando a la gente la facultad de expresarse con las palabras, cada día usan menos vocablos”, dice.

–¿Cree que la Internet terminará con los libros?

–Imagino que la tecnología nos regalará un programa donde podamos ver libros completos en la pantalla, quizá con los mismos diseños y hasta con polillas. Sin embargo, jamás podrán lograr el placer que da leer un libro impreso.

Fue un periodista cansable. Hacia 1952, en el diario Última Hora, escribía con una pereza increíble. Sólo una carilla diaria, es decir, como 20 líneas en Word y sólo sobre tenis, natación y algunas cositas más (sobre deportes blancos, que le dice). “Fui el periodista más conchudo de la tierra, flojísimo, y por eso y otras cosas cierto día decidieron sacarme. Ese día fue el día más feliz de mi vida”.

–¿Es verdad que el trabajo no lo quiere?

–No sé. Pero a mí me encanta el trabajo; por eso, me pasaría horas y horas viendo como lo hacen.

–Después de Última Hora entró en “El Peruano”.

–Sí, de corrector. Mi tragedia es haber corregido en El Peruano y no haber corregido al Perú.

Borges, “el maldito”
Entre los libros sobre la mesa hay uno de Jorge Luis Borges, de pasta gruesa y amarilla: Nueva antología personal (Club Bruguera). Es curioso. No existe periodista, escritor o lector que sea bueno y que no admire a Borges. Veguita sí que admira a Borges.

Veguita empieza a hablar sobre el autor de esa maravilla que es “Historia Universal de la Infamia”, como quien habla del amigo de la cuadra. “Borges es una mezcla de talento, inteligencia y maldad. Ha escrito cosas geniales. Escucha: Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso el catálogo de catálogos; ahora que mis ojos no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono donde nací”. Escucho a Veguita, asombrado por su memoria prodigiosa y lanzo:

–Siempre lo acusaron de poseer buena memoria.

–No creas, ahora tengo el mal del Alzheimer…me voy olvidando de las deudas.

Quiero hacerle más preguntas y me interrumpe porque quiere seguir hablando de Borges y uno imagina en qué cosas pensaba Vega cuando era el periodista más flojo de la redacción de Última Hora. “Borges ha escrito quizá el texto sobre el amor más hermoso del mundo: Y yo que he sido tantos hombres / no he sido aquél en cuyos brazos / desfallecías”, recita.

Emilio, Miguelito Barraza del Croata, escucha atento la conversación. Se le ha olvidado que tenía que cerrar. Veguita le pide otra copa de pisco y Miguelito, digo, Emilio, accede de buena gana.

–De dónde le viene ese humor tan especial.

–Seguro que de mi padre. Él fue, además de ingenioso, un gran pisquero. Por esas cuestiones de la vida, cuando tomaba whisky siempre exigía: “pásame una copa de pisco para enjuagarme la boca”. En el barrio, cuando veían a mi padre, decían: Ahí sale el señor y después de unas horas; decían: ahí traen al señor.

Las mujeres de vida
Dicen que para cultivar el humor, no el chiste ni la broma, hay que poseer cultura y haber leído libros. Los chistosos se han quedado en el chiste y Carlos Álvarez, en el chiste del pollo. El humor es un trabajo de la inteligencia que no pretende arrancar una carcajada sino una elegante sonrisa, es un regalo que te hace pensar y decir qué cosas tan bellas se pueden hacer con las palabras, con el ingenio. El humor de Vega es contagiante y gracias a este talento tiene una gran colección de amigos ilustres. No mencionemos a los vivos porque ya imaginamos quienes son. Recordemos a los que se fueron. Menciono a un poeta.

–Ah, el poeta Juan Gonzalo Rose, gran amigo mío. Él sí era poeta de verdad, no como otros que son…. (censura)

–¿Fue el periodista Mario Campos quien decía que usted es un hombre de libros y polillas?

–Sí, fue ese gordo maravilloso. Es que yo, en alguna etapa de mi vida, en la juventud, era un asiduo enamorador y visitante constante de aquellas chicas que te alegran la vida a cambio de lo que me faltaba por esos tiempos. Ay, las polillas.

–¿Quién es la mujer que le ha hecho perder la cabeza?

–Pese a que soy ateo, algunas mujeres me han llevado al infierno. Me han quemado.

–¿No cree usted en Dios?

–Yo no creo en él y él tampoco cree en mÑ Cierto día tuve una discusión airada con un amigo creyente. Fue una discusión fuerte. Recuerdo que yo le dije: No puedo creer en alguien que haya creado alguien como tú.

–Volvamos a Mario Campos.

–Cierto día llegó Mario Campos y me dijo: “mi vida pende de un hilo, compadre”. Córtalo, pues, le contesté. Campos fue un gran tipo, lo recuerdo mucho cuando decía: espero que nunca mueras, pero sí sufras mucho.

–¿Se arrepiente de algo que hizo en estos más de 70 años de vida?

–De qué me voy a arrepentir. No me arrepiento de nada. Ni siquiera de lo que no hice.

Siempre el mar
La rutina de Veguita (antes era putina, aclara) consiste en faltar casi nunca a la playa de La Herradura, antiguo refugio de la pituquería limeña. Una reportera de TV le preguntó hace poco: ¿Por qué le gusta tanto el mar? “Es que es más elegante estar en el mar que estar en el trabajo”, respondió.

Ahora, tarde de miércoles, lo tenemos frente al mar, haciendo sus rituales para ir hacia él. “Entrar al mar es como si volviésemos, al principio, al líquido uterino en el cual se nada nueve meses”. Veguita conoce al mar más que a la palma de sus manos… Se coloca unos tampones al oído, mira al sol, busca su espacio y se mete al agua como quien entrara a su casa.

Otrora militante de la Juventud Comunista, gran lector sobre todo de los clásicos, enamorador de mujeres y enamorado de la vida y sus pasiones, elegante de la cultura del país, Veguita siempre estará ahí cada vez que uno necesita conversar con un amigo. Veguita de tanto leer es ya un libro grandioso.

Craso humor
“A decir de sus artículos sobre El perro del hortelano, es el primer caballo que ladra. Lo considero como un edema de la vanidad. Tiene un ego que perjudica al país. Es un Haya de la Torre sin inteligencia, una clonación imperfecta de Víctor Raúl”.

Paco Moreno
Redacción

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