El bohemio militante

“Eloy Jáuregui, ‘poeta maldito’ bueno como el pan: por lo criollo, tolete; por lo culto, francés” (*). Dice que está retirado de los bares. Ve a creerle tú, porque nada le creo yo. Pero eso no importa, interesa que anda como siempre, infartado de la belleza que da la vida y sus cosas, y trabajando en un DVD alucinante sobre Hora Zero que saldrá en mayo junto a un libro de 600 páginas de ese colectivo cultural.

Por Diario La Primera | 20 feb 2009 |    
El bohemio militante
(1) En el Queirolo de Pueblo Libre. Lector de siempre. (2) Poeta desde el inicio, periodista hasta el fin.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Toma asiento, Paco, y, por favor, dime que vas a tomar.

—Un jugo, don Eloy.

Jáuregui me mira de reojo como a un bicho raro, como a un extraño espécimen, con esos ojos pequeños chino-criollos. Calla y sigue mirando.

—Para empezar, don Eloy —aclaro.

—Yo voy a empezar con un vino —dice.

Son las diez de la mañana y en el cuartel de verano de Eloy Jáuregui (avenida Pershing, cuadra 4) este martes está aún despertando y el jugo es clave, pero se ve mejor ese vino. Es un departamento austero pero con todo lo necesario: libros, discos, revistas, películas, una foto “Chino Domínguez”, cuadros, una camiseta crema en la pared, vinos, jugos; jugos, vinos.


Perpetuo enamorado
—¿Ha dejado Manhattan, digo, la Residencial San Felipe?

—En ese departamento vive mi señora y yo ando tranquilo por aquí —dice y bebe, y bebe otra vez. Luego se agarra su tremenda cabezota, arregla su peinadito raya al centro. Hace gestos de Adolfo Chuimán y me clava su mirada inquisidora. Ahí está Jáuregui, hijo de don Néstor, un gran librero de viejo (negociante y querendón) y de doña Juana (bisnieta de Mariano Melgar) amable, humilde y generosísima; hermano de cinco hermanas bondadosas (cuatro de ellas mayores que él); surquillano con todas las mañas de los palomillas del jirón Dante con la avenida Angamos (llegó a robar plata, sigue en lo mismo, pero ahora roba cariño); pelotero desde chibolito; lector desde infante; padre de tres hijos; esposo sin esposa; enamorado perpetuo de la vida y sus circunstancias; sibarita de los placeres terrenales y odiador de la muerte; experto en Vivaldi, Lavoe o Chacalón; luchador contra las injusticias; escritor de crónicas-fiestas; en suma, poeta desde el inicio; periodista hasta el fin. Sigue la mirada inquisidora. Pienso que aquella mirada se debe a que le hablé de su casa anterior y su señora. Cambio de tema.

—Me dijeron que se viene algo gigantesco con Hora Zero.

—Sí, está terminándose una antología de 600 páginas con los trabajos de más de 100 poetas de todo el mundo. Yo estoy haciendo un DVD que acompañará el libro. Hace poco estuve, por ejemplo, en esa casona enorme del jirón Huancavelica que Víctor Hurtado la había prestado al grupo y donde llegaron a vivir y soñar varios poetas, entre ellos, Enrique Verástegui.

—¿Cuándo la lanzan?

—En mayo, si no hay inconvenientes.

Años antes de 1970, Jáuregui era un chico inquieto que jugaba en la librería de don Néstor cerca al Parque Universitario. Allí llegaban los vates de Hora Zero y, poco a poco, el poeta juvenil se fue uniendo a ellos, tanto que llegó a fundar, con otros poetas, el Hora Zero Escolar. “Hora Zero era un movimiento gigante. Hay, por ejemplo, un Hora Zero Internacional con sede en París (con poetas argelinos, asiáticos, europeos). Teníamos contactos, por ejemplo, con el Movimiento Infrarrealismo liderado por Roberto Bolaños (el de “Los detectives salvajes”) y Mario Santiago, que eran una pareja de amigos similar a Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz.

—Usted es poeta y aún no ha publicado un libro de poemas…

—He tenido problemas para hacerlo. Casi sale Maestranza en el 2004.

—Estuvo a punto de presentarlo, ¿qué fue de esos ejemplares?

—En mi casa debajo de mi cama.

—Pero sí publicó algo…

—En 1973, salió Fotografías, pero en mimeógrafo. Ah, los libros de poesía tienen que aparecer cuando tienen que aparecer. No me apuro. Por ahora la hago de periodista.


En su Marka
Cuando Jáuregui estudiaba periodismo en Jaime Bausate y Meza, el profesor Ricardo Uceda quedó asombrado con la sapiencia de éste sobre el escritor estadounidense Tom Wolfe, el creador de Nuevo Periodismo gringo (en América Latina tenemos los nuestros). “Me sacó adelante, frente a todos los estudiantes para que yo hablara sobre el escritor que él no conocía. Uceda me miraba como siempre mira, con sus ojos de carnero degollado. Me tiré una charla larguísima. Luego al finalizar la clase, Uceda me dijo: Jáuregui, quédese”.

—¿Qué hace aquí? —preguntó el profesor.

—¿Cómo que hago aquí? Estudio, pues, profe.

—…

—También estudio en San Marcos.

—¿Qué estudias en San Marcos?

—Lingüística.

—¿Qué es eso?

—…

—Bueno, ¿qué vas a hacer mañana?

—Nada.

—Entonces te espero a la nueve de la mañana, en la avenida Salaverry 1249, Jesús María.

—Llanto.

“Llegue a una casa grande y vieja, donde se cocinaba el Diario de Marka, brazo matutino de aquella revista legendaria. Paco Landa y Ricardo Uceda me entrevistaron y me aceptaron como practicante y me hicieron voltear notas en una máquina escribir vieja por más de dos semanas. Yo le entregaba mi trabajo a uno de ellos y éste me decía: esa basura no sirve y se reían los dos, pero aprendí rápido, como Blanca Rosales (La Toli), quien también aprendía a mi lado”, cuenta.

Días después, aquella víspera de la salida del Diario de Marka (11 de mayo de 1980), el jefe de la sección Deportes nunca llegó a las oficinas. El chileno Miguel Humberto Aguirre había cambiado de idea. Entonces Landa, ese tremendo periodista que pasa ahora una tremenda tragedia, gritó en la redacción: “¿¡Quién sabe de fútbol!?”. Algunos levantaron la mano; Jáuregui la escondió, la acercó a su informe sobre el mal tratamiento de la basura en Lima, que la escribía con ahínco. Landa, sin embargo, aplicó la dedocracia.

—Tú, tú, no te escondas, Jáuregui. Agarra esa radio y escucha los partidos, y tienes cuatro horas para cerrar cuatro páginas de deportes.

—¿Y el informe sobre la basura?

—Bótalo a la basura.

“No tenía ni silla, escuché la radio en el suelo, los compañeros me decían: ‘apaga esa huevada, oe’, pero hice las cuatro páginas antes de tiempo, hasta conseguí fotos, prestaditas de otros diarios, pero las conseguÑ Después de esa jornada, Uceda y Landa me aumentaron el sueldo y me ascendieron a jefe y yo asombrado por ello caminé ese día desde Jesús María hasta Surquillo para masticar la idea. Marka fue una experiencia maravillosa. Escribía una columna diaria (“Punta de lanza”). Siendo jefe de Deportes, escribía sobre todo, sociología, poesía, literatura y hasta moda. Todo”. Fue una gran oportunidad y no me arrepiento de nada. Soy periodista casi 29 años. Lo mejor que me ha pasado en la vida es ser periodista; mi familia ha crecido con la plata del periodismo; mis hijos son todos profesionales gracias al periodismo. Ahora soy profesor de periodismo en la Universidad de Lima. El único profesor de la Universidad de Lima que llega en combi a dictar clases”.

“No soy millonario, pero no me falta. Tengo mis ahorritos debajo del colchón junto a mis libros de poesía. Trabajé en la mayoría de los diarios. En El Comercio, por ejemplo, llegué a dictar talleres de capacitación para periodistas. El que no aprobaba mi curso, palo. Mis alumnos favoritos han sido Marco Avilés y Daniel Titinger, ahora cabezas de la revista Etiqueta Negra. ¿De qué me puedo quejar?”.


“Mi segunda casa”
Jáuregui podría ser un verdadero guía turístico de los bares de Lima. Palermo, Juanito Monarca, Tobara, Cordano, Superba, Queirolo. “Ah, pero de esas cosas del bar, yo estoy retirado de la vida pública”, dice, pero no hay que creerle. “Ah, los bares, cuna de historias, en ellos aprendí más que en el colegio, la parroquia o la universidad. En los bares empecé mi educación sentimental. En el bar uno se desnuda para confesarse, es el lugar para conseguir a los mejores amigos, de esos que se juegan la vida por ti. El Queirolo de Lima es el bar que llevo en el corazón porque era como mi segunda casa. Ahí conocí a mis grandes amigos, a los poetas, a los sabios. Ah, antes el poeta era mechador, se trompeaba. En el Palermo, ese canchón gigantesco (cuadra 11 de La Colmena, equidistante de la Villarreal, San Marcos y La Católica, en aquel tiempo) se convertía muchas veces en un campo de batalla de ideas, puñetes y cachiporras. Ahora en los bares uno ya no encuentra a los poetas; ahora el poeta es light: no toma, son recontra zanahorias, no comen cebiche, paran corriendo tablas. El poeta no es un huevón (disculpe la grosería); al contrario, el poeta es un tipo muy vital. Cierta gente cree que el poeta es alguien que está mirando el techo, nooooo. Nos gusta el fútbol, la salsa, la comida, el cine, el teatro, la bronca, los estadios, las mujeres”.

—¿Entre sus alumnos de la Universidad de Lima hay poetas?

—A algunos les gusta la Literatura, pero la mayoría para estresado con su carro, cuándo me compro otro, el de mi pata está más paja, este color ya no me gusta, dónde lo estaciono. No quiero decir que está mal, pero los chicos de letras ya no son los de antes. Ahora toman jugo… (agarró carne)

—También van al bar.


Una más…
Llegamos al Queirolo de Pueblo Libre (el de Lima está en refacción) y la gente lo saluda como a un visitante asiduo, y la mesa lo llama, y él pide como quince cervezas. Cerca de nuestra mesa, el ex decano de la Facultad de Letras, Tomás Escajadillo, quien hace poco acusó de plagio a Jorge Eslava, come mirando algo al fondo. Luego, saluda a Jáuregui. Eloy pronuncia como 400 palabras y Escajadillo tres: ya me voy.

Los celulares no paran de sonar, hay que volver al diario; pero la conversación agarra pique y hay mucho off the record. “Una más y nos vamos”, dice Jáuregui. Lo mismo había dicho hace tres horas. Ahí está Jáuregui, demostrando que no se ha retirado, demostrando que es un bohemio militante, ahí está con su camisa floreada, lentes oscuros, un libro bajo el brazo y pensando en El Quijote. Vivir loco y morir cuerdo.

(*) Víctor Hurtado Oviedo.

Paco Moreno


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