El ángel de Vania

Trabajadora, apasionada, perfeccionista, Vania Masías, la primera bailarina del Ballet Municipal de Lima y del Ballet Nacional de Irlanda, tiene la ambición de hacer que el talento de los niños y jóvenes no se pierda por falta de dinero. Es una artista inimitable no sólo por mover con magia su cuerpo al son de la música sino porque tiene un corazón titánico. Con cincuenta chicas como ella, este país sería otro. “El talento de un pobre no puede morirse por falta de dinero”, dice Vania, la danzarina devenida empresaria que se ha tomado en serio eso de la responsabilidad social.

| 03 julio 2009 12:07 AM | Gente como uno | 6.3k Lecturas
El ángel de Vania
(1) Talentos rescatados de la pobreza y el olvido. (2) Nada podrá detener a Vania ni a su afán de ayudar a los que menos tienen.
Sin pausa ni descanso, esta bailarina no se detiene en su afán de formar líderes a través del arte. Su lema: la falta de dinero no es un freno para el triunfo.
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Hija del empresario y deportista Estuardo Masías y la generosísima Beatriz Málaga, la niña Vania fue siempre la número uno de la clase. Nunca dejó de hacer una tarea en el colegio o en la universidad. No perder el tiempo en frivolidades es su forma de vida. Después de sus clases en el colegio Villa María, por ejemplo, la esperan las clases de ballet, de canto, de piano, de tae kwondo. Ahora quiere aprender el quechua. “Para todo hay tiempo”, dice.

No puede ser
Vania recuerda que, cuando era niña, sentía rabia e impotencia al ver a niños de su edad que, en vez de ir al colegio, estaban trabajando o pidiendo limosna en las calles. “No entendía cómo no estaban en el colegio, no entendía por qué sucedía eso”, dice con esa voz fuerte, clara, segura. En aquel tiempo, la niña Vania soñaba ya en construir una casa enorme para juntar ahí a todos los niños pobres de la ciudad.

De cierta forma, la joven Vania, capricornio del 79, está cumpliendo con aquel sueño de niña. En abril del 2005, creó la asociación cultural “Ángeles D1”, escuela que ofrece becas integrales a niños y jóvenes pobres de la ciudad. “No dejes que la falta de dinero frustre tus sueños”, aconseja.

Para mantener en pie el proyecto ella es capaz de todo. Pareciera que todo lo que hace tuviese la única finalidad de ayudar. Si Vania no está ayudando a los demás es porque está durmiendo. Quiere que “Ángeles D1” siga creciendo y para eso creó la productora “D1 Dance”; fundó “Escuela D1”, que forma bailarines en diversos estilos de street dance como hip hop, funk, house, break dance, free style, así como jazz, sexy dance, pole dance, salsa, ballet, flamenco, acrobacia y danza aérea; y ahora está con la mente puesta en crear la “Compañía D1 Dance”.

—¿De qué se trata esta novedad?

—Es una compañía de baile alternativo al clásico, cuyos integrantes tendrán un sueldo, como los chicos del Ballet Nacional o el Ballet Municipal. Hemos hecho una convocatoria abierta para elegir a 20 chicos y chicas mayores de 18 y menores de 35. Supongo que todo saldrá bien. Necesitamos ingresos para que asociación cultural “Ángeles D1” siga creciendo.

—¿La conciencia social se aprende en la Universidad?

—No, la Universidad te da otras herramientas, creo. La conciencia social viene de familia.

—Sigues los pasos de tu padre, aquel hombre amante del Perú, que se quedó en el país a pesar de las adversidades.

—Parece (…). Yo volví al país a los 25 años, pero no con la idea de quedarme. Afuera me iba muy bien. Estaba en la cúspide de mi carrera. Pero miré Lima y empezó a darme rabia que no había una escuela de baile como las que hay en Santiago, Buenos Aires o Sao Paulo. “No puede ser que en la capital del Perú, no haya una escuela”, dije y empecé.

—¿A qué?

—A concebir la escuela que quería.

Sí puede ser
Siempre quiso una escuela de puertas abiertas para niños y jóvenes talentosos que, sin tener plata, puedan prepararse igual que los que sí pueden pagar. El que sabe enseña y el que puede ayuda. Eran los primeros meses del 2005 y Vania, desde su carro, ve en una de las calles de Lima a unos chicos de los arenales de Ventanilla haciendo acrobacias como dioses, como ángeles. Volaban por los cielos como pájaros y siempre caían parados como gatos. A Vania, absorta con la escena, empezó a ocurrírsele cosas: si le damos clases de danza, si los preparamos, si les enseñamos la disciplina que todo bailarín debe tener. Podía ya hacer cosas por ellos y no quedarse en la rabia y la impotencia como cuando tenía 10 años, cuando nada podía hacer por los niños de su edad-que-trabajaban-o-pedían-limosnas-en-las-calles-en-vez-de-ir-al-colegio.

Vania inicia el camino para conseguir para aquellos chicos apoyo empresarial y profesores de calidad para enseñarles técnicas de danza. Eran tiempos en que las encuestas indicaban que el 70% de los jóvenes peruanos querían irse del país. Vania entonces siguió soñando: si ellos se presentaran en otros lugares y no en las calles. Todo podía ocurrir.

“¿Cómo hago, cómo hago? Ya sé. Llamaré a Londres para buscar un profesor”. Llamó a Londres, pero el profesor le aconsejó que viajara a Nueva York. Viajó a Nueva York y consiguió a dos profesores (Leslie Feliciano y Shaun Perry) que cobraban poco y querían ayudar. Surgieron nuevos problemas: la alimentación, la movilidad y el pago de los voladores. Más problemas por resolver. De pronto alguien soltó la idea de pedir apoyo a una empresa. La empresa accedió: prestó sus buses para transportar a los chicos hasta Chorrillos, pagó a una señora para que llevase menú a los chicos. El proyecto empezó a caminar.

—¿Cuál era la idea?

—Formar líderes, para que puedan replicar lo aprendido en otros lugares. Queremos ser la escuela modelo en formación de líderes de cambio social a través del arte. Yo no hago esto para que me quieran: yo lo estoy haciendo por su bien. Algún día me lo agradecerán. Ya me lo agradecen.

Presentaciones
Los ángeles dejaron la selva de cemento y visitaron ocho colegios de Ventanilla, como primera prueba de lo aprendido. Los aplausos llovían, llovían los elogios, el futuro era prometedor. Hacían hip hop con letras de amor al trabajo, a la vida, a la honestidad, al barrio.

Cierta noche fueron a la discoteca Aura, que estaba totalmente llena y para llegar hasta al escenario tenía que hacerse el trencito. Cuando estuvieron a punto de llegar a al estrado, salió una voz: “¿de dónde salieron estos cholos, qué hace aquí esta gente?”.

Entonces Vania que sabe tae kondo y que es muy brava cuando la provocan volteó para aplicarle un golpe a la dueña de aquellas frases infelices y alguien del grupo le dijo: “No, Vania, no vale la pena. Esa chica no vale la pena”. “Fue una lección de vida. Yo ayudaba a las personas a mejorar en ciertos aspectos y ellos me ayudaban a mí”.

El proyecto fue tan exitoso que los chicos voladores ahora vuelan alto. De los cuarenta que empezaron, resistieron la disciplina y el trabajo 20. “La gente cree que ser bailarín es un vacilón. Yo que he estudiado en la Pacífico, he hecho una especialización en Finanzas en Holanda, que he realizado proyectos muy difíciles, puedo dar fe que bailar es la actividad más difícil que existe”, dice.

De los primeros 20, tres son tutores en la escuela Ángeles D1. Otros tres son profesores de acrobacia e integrantes del elenco de Kusikay, en Cusco. Giancarlo Cano está bailando en Finlandia y Frank Evans en Buenos Aires, y otros seis son instructores de la escuela en la noche. Todos bien ubicados, todos de buen nivel para presentarse en cualquier lugar del mundo.

Surferitos
Luego del éxito, tras los saludos de Navidad del 2005, Vania soltó un reto a los 20 bailarines: “Ustedes debe traer el 2006 a niños de su barrio”. “Si podíamos cambiar a los jóvenes de 15, 16 o 17 años, ¿por qué no a los niños?”.

“Me llegaron diez chibolines, en piltrafas, y pensé que eran surferitos –niños que corren tabla-, porque tenían el cabello amarillo. Mi mamá Beatriz al oírme me dijo: “Ignorante, esos niños están anémicos, están desnutridos”, recuerda Vania y calla. La nostalgia la invade y luego de unos segundos la música del hombre de los pies en reversa, Michael Jackson, entra otra vez en esta oficina. “Todos los profesores de la escuela están usando la música de Jackson en sus clases”, dice. “Pensé que era inmortal”, digo. “Yo también”.

El combo
Vuelve a los niños. “Le dimos tres huevos duros al día y la cosa empezó a cambiar. Empezaron a ser niños. Es increíble. Este país sería otro si se hiciera una campaña de alimentación masiva para que niños de cero a cinco años de edad estén bien nutridos. ¿Cómo nos va a sorprender que estemos en los últimos lugares en matemática y lenguaje cuando a los niños no les garantiza una buena alimentación?, dice indignada.

Actualmente, “Ángeles D1” ayuda a 27 niños y niñas adolescentes de 9 a 16 años y 24 jóvenes de 18 a 25 años. Pero Vania no se detiene. Ayer visitó varios barrios de Villa El Salvador y Villa María para cazar talentos. “La escuela ahora está en las condiciones de ayudar a más personas”, dice.

—¿Qué es el Perú para usted?

—Un lugar lleno de oportunidades, con una riqueza cultural impresionante. El Perú es el almacén del mundo en diversos sentidos. Hay que amarlo. Si el gobierno no hace nada, nosotros lo hacemos. Somos una raza con ganas, creativa y valiente. Vamos, vamos,…

Vania, la chica todo terreno que escribe sus sueños en un diario, la bailarina que ve música en los ojos de los niños a quien ayuda, la jovencita que piensa en los demás, cree que la mayoría de peruanos tiene ímpetu, que la mayoría quiere y sale adelante. No habla, enseña con el ejemplo. Si la ve por el barrio buscando talentos, hable con ella. Tiene mucho que decir y hacer.

Paco Moreno
Redacción

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