El amante de la palabra

Víctor Hurtado Oviedo quizá sea uno de los estilistas más finos del periodismo y la literatura de estos tiempos en lengua castellana. Dueño de una prosa de aluminio (ligera, brillante), camina lento y seguro al podio donde los lectores (no los premios) ubican a los que mejor juegan con la palabra.

Por Diario La Primera | 31 julio 2009 |  2.8k 
El amante de la palabra
(1) Alto y ya no tan flaco, Titurtado, como suelen llamarlo. (2) Militante del bolero, tocando a Javier Solís (3) Con Cheo Feliciano, otro de sus ídolos. (4) En ameno diálogo con César Lévano.
En tiempos de fiestas de libros, es bueno bailar con la prosa de Víctor Hurtado Oviedo. ¡Oiga, conocedor, el maestro acaba de publicar otro libro!

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Siempre regala un consejo de oro: “No escribas todo lo que se te ocurra, no publiques todo lo que escribas”. Hay hombres y mujeres enamorados de la palabra, pero ninguno como él.
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—¿Quizá uno de los estilistas más finos de estos tiempos? —duda alguien.

—Digamos.

—¿Quién es Víctor Hurtado Oviedo?

Pasa con él algo muy curioso. El prestigio lo ha alcanzado antes que el éxito, y sus libros –donde conviven belleza y verdad– transitan de mano en mano entre algunos jóvenes y no tan jóvenes. Al leerlos, se enamoran para siempre de su prosa y comienzan a parafrasearlo: revistas de etiqueta y columnas de papel no se han escapado de ello.

Sus coetáneos y sus mayores lo respetan tanto que, a veces, se sonrojan cuando están a punto de mostrarle algún escrito suyo para que Hurtado dé su aprobación. Joven lector: si tu ídolo actual en prosa no conoce a Víctor Hurtado Oviedo, entonces cámbiate de ídolo. Estás perdiendo el tiempo.

Es de nosotros
—¿Por qué te fuiste del Perú?

—Porque terminé de pelearme con mis enemigos y empecé a pelearme con mis amigos.

En 1989, cambió el pobre Perú por Costa Rica. Desde entonces, en San José, disfruta de la felicidad junto a su esposa, Úrsula (“acero en seda”, dice él), y sus hijos, Ángela y Diego (meritoriamente desconfiados).

Su brevísima autobiografía no autorizada indica: “Nací en Lima (Perú) en enero de 1951. Aunque soy unisexual, también soy bigenérico: mis géneros son el bolero y el ensayo. Hace muchos años crucé por diarios y semanarios que, pese a ser impublicables, se publicaban; en descargo, también eran ilegibles. Además, he sido corrector de imprenta, oficio inagotable gracias a la escuela primaria y la televisión. En el tiempo que me deja la lectura, trabajo. He cometido muchas faltas, como las de ambición y de imaginación. No creo que llegue a ser longevo (a mi edad ya lo hubiera sido), pero estoy seguro de que sobreviviré a mis obras: lo contrario no me serviría de nada (la verdad sea dicha). Espero que mis libros me justifiquen ante la Historia cuando arribe el día improbable en que la Historia se acuerde de los anónimos: yo escribí muchos”.

Ama a las palabras
Escribe poco, sólo cuando se lo piden. Es cierto, su vocación es el arte de arrancar palabras del silencio, es decir, leer y leer, leer y leer. Cierta tarde de 2005, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Julio Villanueva Chang, el hacedor de la revista para distraídos Etiqueta Negra, me dijo: “Escuché decir que Víctor Hurtado no deja de leer nunca y lo hace hasta en los lugares más insospechados”. (“En el tiempo que me deja la lectura, trabajo”, expresa Hurtado).

Siempre regala un consejo de oro: “No escribas todo lo que se te ocurra, no publiques todo lo que escribas”. Hay hombres y mujeres enamorados de la palabra, pero ninguno como él.

Es una tarde de viernes de 2007. Estamos en la Plaza Central de Miraflores y, de pronto, le atrae el nombre de una librería, e indica: “Se puede decir ibero o íbero. Viene de latín ‘Iberus’ y este, del griego…”. Uno queda asombrado por su sapiencia y su memoria y él sigue hablando de la historia de aquella palabra que mi falta de memoria no me permite seguir citando.

Es un hombre de letras conocedor de la Lingüística y sus cosas y se ha ganado el respeto de académicos como Luis Jaime Cisneros, Martha Hildebrandt y Marco Martos. Es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua. Quien no admira a Víctor Hurtado es porque no lo conoce.

Cada vez que juega con las palabras, gana. Un jovencito admirador suyo ha escrito en su “Hi5”: “Víctor Hurtado Oviedo es el Ronaldinho Gaucho puesto en Literatura”. A veces, los picones replican: “¡Nooo!”; pero se quedan callados cuando leen algún texto suyo.

Los corales
“Los corales se aburren como ostras. En sus condominios de océanos, los corales están muy quietos cual esperando una foto, pero la foto nunca llega. Los han lustrado las espumas, los han atropellado los siglos, les han cantado las sirenas de todos los barcos, y ellos siguen donde están. Con gente así no se prospera.

”Los corales tienen un concepto democrático del tiempo: para ellos, todos los días son iguales. Siempre ganan el Premio al Sedentario del Año, pero nunca van a recogerlo; ya uno imagina por qué. Los corales son los reyes del quietismo, y, a su lado, un faquir en trance se asemeja al Correcaminos. A la par de los corales, los artículos de Javier Marías son curvas de vértigo.

”Los corales no se meten en política por no organizar un movimiento. Duermen cual si leyesen Fausto siguiendo un dictum perverso de Jorge Luis Borges, para quien el Fausto de Goethe es ‘una de las más famosas formas del tedio’.”

Basta. Ahí nomás. Si quiere leer más, busque su último libro: Otras disquisiciones (Uruk Editores, San José, Costa Rica, 2009). Si aún no llega a Lima, no se preocupe. “Una posible publicación de Otras disquisiciones en ‘versión peruana’ es una eventualidad que me anima. Esperemos que la gente de PEISA acepte editarlo”, dice.

Le entra a todo lo bueno
Víctor Hurtado no sólo escribe sobre los corales: le entra a todo lo bueno, desde la teoría del conceptismo hasta el mambo de Dámaso Pérez Prado, “suma y resumen de siglos de selvas sensuales; gritos de trazo ilegible; arabescos de saxos poetas que se deshojan en juegos florales; sinfonía fantástica de África, España y Francia…”. Un ensayo en el que propone expropiar la gran cultura para los que menos tienen, comienza en esta forma: “Yo también me he aburguesado, pero, como soy pobre, no se nota”.

Hay gente que quiere saber de él y va a Google; es mejor ir a sus libros. ¿Dónde están? Lo bueno no es tan fácil de conseguir; en cambio, los de Jaime Bayly los encuentras hasta en los semáforos. Casi robé la primera edición (tiene dos) de su Pago de Letras (Caballo Rojo, 1998). Huérfano de billetes, aún estudiante, animé a un huancaíno con plata a comprar el ejemplar. Pasó unos días, le pedí prestado el libro y desde entonces no me separo de mi libro. El huancaíno, atento a sus negocios, se olvidó de pedírmelo (igual no se lo hubiese devuelto). Sin embargo, cierta mañana, lo visité en su casa y le dí, a cambio de Pago de Letras, cuatro novelones de Vargas Llosa, tres de Saramago y dos de Cortázar.

¡Ah, Cortázar! Hurtado comienza así un texto sobre él: “Lo primero que sorprendía al ver a Julio Cortázar era su descomedida estatura; lo segundo, que aparentaba tener veinte años menos, como si hubiera firmado un pacto con un ángel; pero no había pacto, y todo emanaba de una juventud esencial que lo hacía crecer buscando los aires más nuevos”.

Así, cualquiera
Los libros son como los hijos: deben defenderse solos, y los libros de Hurtado no sólo se defienden solos: ganan por nocaut a los atrevidos que se ponen en frente. “Si yo pudiese pedir un milagro, no rogaría escribir como Eugenio d’Ors porque entonces no sería un milagro, sino un abuso de confianza”. “Antes de oír a Julio Iglesias, yo creía que la sordera era una desgracia”. No vale. Escribiendo así, cualquiera gana.

Paco Moreno
Redacción

Referencia
Propia



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