Chistoso y sentimental

Fernando Armas tiene un arma poderosa: el humor. Pero no lo usa para el mal, sino para arrancarnos una carcajada que siempre hace bien. Nos enseña a ver la vida con ojos de niño.

Por Diario La Primera | 16 jul 2010 |    
Chistoso y sentimental

¿Nombre completo? Fernando Humberto Armas Carlos. ¿Edad? 45 años cumplidos. ¿Fecha de cumpleaños? 30 de mayo, auténtico géminis. ¿Hincha de qué equipo es? Tengo mi corazón partido, soy del Aurich de Chiclayo porque nací en esa ciudad; soy de la “U”, por su garra; también soy del Barcelona de España y del Boca de Argentina. ¿Partido político? Partido político Fernando Armas, ningún otro. ¿Comida preferida? Todos los platos del norte y todo lo que se puede hacer con los que viven en el mar. ¿Qué haría usted si tuviese todo el dinero del mundo y no tuviera necesidad de trabajar? Yo sí trabajaría siempre, trabajaría para ayudar a los que no tienen.

Le lanzo preguntas sueltas al gran imitador-comediante-chistoso-humorista-payaso-gracioso Fernando Armas. Viajamos contra el reloj de San Borja a San Miguel en su inmensa camioneta Nissan negra de lunas polarizas. Se nos hace, digo, se le hace tarde a su hijo Fernando Jerry, quien está desesperado en el asiento trasero por llegar a tiempo al colegio, porque en este semestre tiene ya dos tardanzas y una más y lo suspenden. “Papi, la hora”, dice Fernando Jerry. “Tranquilo, hijo. Es que tuve que calentar más de cinco minutos el carro, así son estos petroleros”, dice Fernando Armas y pisa el acelerador.

Mañana fría
Fuera del carro, la ciudad se desespera, se muere de frío. Se oyen bocinazos contra los semáforos; los niños, aunque muy abrigados, corren tiritando a sus colegios; las secretarias de prisa no saben cómo avanzar más rápido con sus tacos altísimos; algunas empleadas domésticas aparecen y desaparecen en las calles con sus bolsas de pan; a lo lejos se oye una ambulancia enloquecida. A esta hora de la mañana, Lima es una ciudad fría, apurada, gris y un poco triste. Pero dentro de este carro inmenso, Fernando Armas va mejorando la mañana. Acelera más y los ticos amarillos le abren paso en la avenida mojada como si este cuatro por cuatro tuviese todo el derecho del mundo de usar solo la pista. “Me abren paso, porque creen que soy alguien importante”, dice y levanta el mentón y se arregla la corbata; pero no hay corbata.

Un poquito tímido
Es cierto que el niño Fernandito Armas fue un poco opacado, melancólico, generoso, sentimental, y que a veces se dejaba vencer por el retraimiento. Pero aquella timidez, digamos, fue cambiando cuando el joven Fernando Armas empezó a descubrir que tenía un arma poderosa: el humor. El niño triste se convirtió entonces en el adolescente gracioso y alegre; y el adolescente ocurrente pasó a ser el jovencito dueño de todas las voces, dueño de la risa de la gente.

Sus diez hermanos y otros familiares indican que Fernando Armas siempre fue el más ocurrente de todos, que había sacado la vena humorística de papá José, quien ahora, a sus 82 años de edad, sigue haciendo reír. Sus hermanos sostienen que era él dueño de la alegría en casa cuando doña Mercedes falleció dejando 11 hijos huérfanos de amor y un esposo sumamente acongojado. Alguien me contó que no había conocido a un chistoso más sentimental que él, que Armas se emociona rápido y que puede llorar de emoción con facilidad.

“Yo tenía 14 años de edad cuando mamá murió. Yo soy el octavo de 11 hermanos. Verás que no me hacía falta salir de casa para buscar amigos. El fallecimiento de mi madre me hizo ver la vida de otra manera. Pasamos muchas tristezas, a veces, dificultades económicas. Tuvimos que sacar adelante el taller de artesanías de mi papá, quien es un hombre de trabajo, sin vicios, a veces era rígido porque tenía un cuartel que criar, siempre luchaba de sol a sol para que nosotros tengamos siempre en la mesa el pan caliente de todos los días. Yo hacía trompos y una serie interminable de cosas de madera. Tengo hermanos que se dedican aún a ese trabajo. Mi padre les heredó a ellos su arte para hacer con las manos cosas tan bellas y a mí me regaló su chispa para hacer reír y así ganarme la vida”, dice.

El humorista está un poco nostálgico. No es tristeza, es emoción. A veces pienso que aquello es verdad, que este hombre lleno de chispa y gracia, puede quebrase en llanto con una emoción fuerte. También llorar es de hombres.

¿Y el niño?
Veo por el espejo que su hijo lo escucha con atención olvidándose quizá de que tiene que llegar temprano al colegio para que no lo suspendan; pero luego dice: “Papi, la hora”. Nuestro personaje entonces pisa el acelerador, mira un lado, mira al otro y sigue hablando.

“En la secundaria dejé a un lado la timidez. Fui el punto de atracción, salía actuar en las fechas importantes y hacía reír hasta al profesor más cara de palo; sin embargo, en ese tiempo no imaginaba que podía ganarme la vida haciendo reír. Cuando terminé la secundaria, vine a Lima con la ilusión de estudiar psicología o comunicaciones; pero me faltó dinero, y tuve que regresar a Chiclayo, un poco triste; y en Chiclayo ingresé a estudiar administración de empresas a un instituto de estudios superiores”, cuenta.

Trampolín
En aquel tiempo, antes del regresar a Chiclayo, el joven imitador había ya deleitado con su oficio a millones de televidentes que seguían el programa “Trampolín a la Fama” del querido y odiado Augusto Ferrando. Con por lo menos 20 o 21 años de edad, siempre estaba metido en cosas del humor. A veces iba a ver a los cómicos ambulantes de la Plaza Manco Cápac o la Plaza San Martín. “Ojo, yo quise entrar en ese mundo, pero me faltó atrevimiento para hacerlo. Yo podía actuar pero dentro de mi grupo, en mi colegio, pero no sé porque nunca me atreví a actuar en la calle. Ah, por la formación que me dieron mis padres, yo siempre procuro no herir susceptibilidades. Yo no hago daño a la gente con mis ocurrencias; pero esto no tiene nada con eso de que no me atreví a ser cómico ambulante”.

Seguía los estudios de administración en Chiclayo con un aburrimiento increíble y de cuando en cuando se presentaba en algún teatro, en algún un bar o en el mismo salón de clases cuando el profesor no llegaba. “Recuerdo que yo tuve tres apariciones en “Trampolín a la Fama” antes de entrar a “Risas y Salsa”, y quizá por eso los chiclayanos me recibían con mucho cariño”, dice.

“Recuerdo que por aquel tiempo trabajaba como administrador en el negocio de mi padre y tenía gran facilidad para vender. Vendía muchas cosas que mis padres y mis hermanos hacían con la madera. A veces, mis hermanos se quejaban: tú trabajas menos y ganas más que nosotros”, recuerda.

Papi, la hora
Fernando Armas se da cuenta que son casi las ocho de la mañana. “Si llega tarde, no dejarán entrar a mi hijo al colegio”, dice, y vuelve a pisar el acelerador y agarra bien el timón. Pasa a un carro, pasa a otro. Pasan como cinco minutos y llegamos al colegio. Entonces Fernando Jerry baja corriendo, se despide rápidamente, recibe su propina diaria a la volada y se une al grupo de niños uniformados que corren para no acumular tardanzas.

A la playa
“Me gusta traer a mi hijo al colegio y llevar a mi hija Sharo (su esposa se llama Charo), a la Universidad Católica donde estudia Sicología. La razón es muy simple: me agrada hablar con ellos, saber de sus cosas, me encanta verlos crecer. No hay nada más lindo que ver crecer a tus hijos. Ellos son mi motivación”, comenta. Cuando habla sobre sus hijos, el amor por ellos hace que se ponga otra vez sentimental, tanto que sus ojos brillan. Muere por sus hijos. Vive por sus hijos.

“Trato de ser un buen ejemplo para ellos, porque sigo los pasos de mis padres, que siempre me enseñaron cosas buenas”, dice.

Ahora maneja con tranquilidad, con calma, mirando a la gente de afuera, mirándose de rato en rato en el espejo. “Te cuento que estoy leyendo más, que estoy estudiando más. Quiero ser mejor cada día. Te cuento que me gusta ir a la playa para pensar, para meditar y aprender sobre cómo la risa puede curar a las personas. Es increíble”. ¿Vamos a la playa? Vamos.

El gran salto
Camino a la playa cuenta que a los 26 años de edad se dio cuenta que podía ganar dinero haciendo reír a la gente. “Recuerdo que, aburrido y cansado de estudiar administración, me pregunté: ¿si eres bueno en Trujillo, por qué no puedes ser bueno también en Lima? Vine a la capital. Pero antes hice una presentación de despedida en el teatro de la beneficencia pública de Chiclayo. Fue un lleno total, pero no gané mucho. Entonces con 150 soles en los bolsillos vine y me quedé en la casa de mis grandes amigos Manuel y Jorge Asmat, quienes estudiaban en la Universidad Nacional de Ingeniería.

Ellos me ayudaron en todo. Me quedé un año y medio en su casa, feliz de la vida. Nunca aceptaron un sol por lo que me daban; al contrario, me llevaban a la UNI pasándome su carné por la rejita; me enseñaron computación; me hice amigo de sus amigos. Recuerdo que iba a almorzar a la universidad, porque el menú ahí era casi gratis; lo malo era que tenía que soplarme el rollo de alumnos seguidores de los terroristas. Los del MRTA y Sendero se turnaban una semana cada uno para dar sus charlas en el comedor; pero bueno, caballero nomás. En el aniversario de la facultad de mis amigos, yo hacía mis presentaciones. Por aquel tiempo, ya aparecía por la TV y así empezó mi carrera. No puedo creer que desde entonces han pasado ya 20 años”, dice.

Tuve que volver
“Ah, recuerdo que me asusté de Lima y volví a Chiclayo. Ocurre que gracias a Guillermo Guille había entrado a trabajar al canal 5 con un sueldo inferior al que podía ganar en Chiclayo. Entonces dije: me regreso, y retorné a Chiclayo, y justo mi tierra estaba de aniversario. Habían fiestas por todos lados y en una de las fiestas centrales un animador me reconoció y me hizo subir al escenario y se mandó con un rollazo: señores y señoras, aquí está nuestro crédito chiclayano Fernando Armas, quien hoy se despide de su pueblo porque ya trabaja en Lima con gran éxito. La canción. Yo lo tomé como una despedida y como un compromiso con mi tierra. La gente disfrutó con mi show. Me aplaudieron y sentí que con esos aplausos me estaban diciendo: buena suerte. Al día siguiente, regresé a Lima llorando porque dejaba en Chiclayo a mi familia y a mi novia Charo, quien hoy es mi esposa y la madre de mis hijos”.

Poco a poco
Desde entonces la estrella empezó a brillar en todos los escenarios. Pero no fue tan fácil. Su sueldo no era tan bueno. Pero igual se casó, vivió en una cochera, luego en un departamentito, y, después de siete años de trabajo en Panamericana, le llegó la oportunidad de su vida. “Me llamaron de Risas de América y en ese programa llegué a ganar 11 mil dólares mensuales. Guillermo Guille ganaba 50 mil dólares”, dice.

Sin embargo, el dinero y la fama no destruyeron al buen tipo que es Fernando Armas. Sigue siendo hoy el mismo chiclayano feliz y querendón que arrancaba carcajadas en los escenarios humildes de Chiclayo.

“Soy un obrero del arte y lo digo con mucha humildad. Siento que mi trabajo es muy noble y lo hago de corazón, siempre pensando en ayudar a la gente a través del humor. Mi trabajo me ha dado grandes satisfacciones (mira su carro). Por mi trabajo, la gente me quiere y me detiene en la calle para saludarme. Siento que me llena totalmente la gratitud de la gente. Siento que si mañana me quedara sin casa ni carro ni ahorros, la gente me seguiría queriendo igual. Creo que soy el mismo de siempre, porque he aprendido a mirar la vida con los ojos de niño”, dice.

Qué frío
Llegamos a la playa y saca su banquito para leer libros que enseñan cómo cura la risa; pero esta mañana hace mucho frío y él hace, como para calentarse, algunos gestos para la foto. De pronto, casi de la nada, habla del programa de Gisela Valcárcel y anuncia que hará un show para su soñadora piurana Yesenia Rodríguez Benítez, quien anhela ayudar a su padre pescador. Sigue haciendo gestos para la foto y uno lo imagina imitando a Magaly Medina, al ex presidente Toledo, al ex dictador Fujimori; haciendo de poblador de la costa, sierra y selva; y gritando como una loca excitada haciendo de Chisiri Cosoro.

Quiere curar con la risa
Fernando Armas se prepara para una nueva faceta de su carrera. Este 8 y 9 nos obsequiará una presentación distinta al que nos tiene acostumbrados en el auditorio Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional. “Quiero entrar a una nueva faceta, quiero ayudar a la gente con mi trabajo, con el humor. Esos días en la Biblioteca Nacional me acompañarán un psicólogo y un médico. Yo estudio siempre, me preparo y cuando tengo tiempo, después de dejar en el colegio a mi hijo y en la universidad a mi hija, voy a la playa a meditar y a leer. Pienso y leo, y sueño con mi esposa Charo con quien estoy casado desde el 16 de noviembre de hace 19 años”, dice.

Paco Moreno
Redacción


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