César Cueto: poesía genial

Que me perdonen los amigos, pero mi poeta favorito es César Cueto. Ese ocho genial que enloquecía los estadios y que hacía con la pelota lo que Rubén Darío con las palabras: jugar. Simplemente eso: jugar. Si a Cueto le salían las jugadas que orgullosos recordamos ahora es porque él nunca consideró al fútbol como un trabajo, sino como su pasatiempo favorito. Fue tan virtuoso con la pelota que ésta parecía encariñarse con él y quedarse pegada a sus botines. ¿En qué anda este maestro de fútbol ahora?

Por Diario La Primera | 07 ago 2009 |    
César Cueto: poesía genial
(1) Inolvidable, el Poeta y el Pibe de Oro, en 1979. (2) Selección peruana 82. Cueto, su hermano La Rosa y Barbadillo.
Ha encontrado una manera hermosa de vivir. Ayuda con el ejemplo a los niños pobres a mejorar en el fútbol y a practicar las virtudes que Dios enseña.

Más datos

“Casi no tengo creencias políticas, sólo creo en el político que mire a las personas con más necesidades y creo en la justicia. Soy católico y lo practico, ahora mi vida tiene mayor sentido”.

DETALLE
César Cueto  es católico, pertenece a la Comunidad de los Catecúmenos, cuya misión es “ser, vivir y servir como un verdadero cristiano”. Es, ante todo, un estilo de vida basada en la caridad y el servicio cotidiano.

Tanto tiempo buscando una entrevista con él y por fin llega el día. Lo espero en una de las puertas de la tribuna oriente del estadio del club Alianza Lima. “Siempre sale por esta puerta a las doce del día a comer en El Verídico”, me confirma un niño-hincha que espera en la puerta con su hoja de papel y un lapicero con la ilusión de que el colombiano Montaño le regale un autógrafo.

Sigo esperando, mientras los colegas de deportes buscan la nota del día para llenar sus páginas. Ellos esperan a los jugadores como el niño. El niño busca un autógrafo y los periodistas una declaración que, ojalá, sorprenda a su editor. Los hombres de prensa comparten algunos trascendidos, creen que Montaño dejará el Alanza Lima, creen que Montaño “ya no la puede hacer” en una liga competitiva por su peso, que ya no es el mismo que el que jugaba en el Parma o en la selección colombiana de antaño. Siguen hablando de Montaño, pero yo sólo quiero hablar con Cueto.

Se abre la puerta y sale un carro y otro carro más y el niño y los periodistas abordan los vehículos con si fuesen a levantarlos en peso. No los dejan avanzar. “Todo lo que hay que hacer por una primicia o un autógrafo”, digo. Insisten para que les abran la ventanas polarizadas en busca de Montaño y uno cree que es demasiado y sigue mirando la puerta del estadio y de pronto aparece Cueto. Los periodistas le levantan la mano al maestro que por estos tiempos no suelta ya primicias y Cueto asiente con la cabeza y va camino a “El Verídico”. Alguien corre para acercarle el micrófono, pero él lo mira serio y dice “no”, luego cruza la avenida y entra en la cebichería. Voy tras él y por fin estoy frente al poeta.

Poquito a poco
-¿Siempre almuerza aquí?

-Uy, tantos años. Está cerca del trabajo y no hay lugar donde hacen la leche de tigre mejor que aquí (ríe). Esta cebichería tiene una historia hermosa. Ha empezado desde abajo, el dueño antes atendía en una carretilla. De poco a poquito fue creciendo y mira lo que es ahora.

“De poco a poquito fue creciendo y mira lo que es ahora”, se podría decir también de la historia de César Cueto, porque él salió de abajo. Desde que era un niño de barrio fue cultivando su vocación, de a poquitos, hasta convertirse en el poeta de zurda. “Yo no sé, pero cuando yo era niño, la televisión no me atraía mucho”, recuerda, luego calla, medita, pero no se deja vencer por la nostalgia. “Los chicos de entonces, jugábamos en la calle. Yo recuerdo que en el Rímac empecé a jugar al filo de las rieles del tren, luego a los costados del paradero del tren y después en la pista. En la calle teníamos que cuidarnos del rival, teníamos que cuidarnos de los carros, a veces de los policías. Mirar adelante, atrás, al costado. Incluso mirar a la novia del barrio que podría estar coqueteando con otro”, dice y ríe. “Tiempos aquellos. Yo siempre jugaban con los mayores. Cuando tenía 11, 12, jugaba con los 16, 17. No sé, seguramente eso me ha formado para llegar a ser futbolista. Yo siempre vi el fútbol, aún lo veo, como una forma de diversión; nunca como un trabajo. Creo que por ahí va el secreto”, dice.

Destreza de genio
Le fue fácil llegar al Alianza Lima. A los 12 años, ya andaba por La Victoria. “Me llevó Fernando Martínez, hermano de ‘Babalú’ Martínez, y pasé una serie de pruebas con Rafael Castillo, el mítico entrenador de las divisiones menores de Alianza”, dice. Su virtud fue perfeccionar en una cancha de gras lo que había aprendido en las pistas de cemento. Miguel Company lo miraba y decía “este chico dará que hablar”; Pitín Zegarra lo observada con detenimiento y decía creo que llegó mi reemplazo. Pasó el tiempo y los 16 años, Cueto debutó en primera división. El zurdo hacía goles hasta con la derecha; podía hacer huachas a tres marcadores uno tras otro; le salían goles de media cancha como el que le hizo al loco Quiroga; sus pases gol valían por tres goles; sus malabares con el balón no sólo divierten, sino causan admiración; esa forma de parar con el pecho lo hacía cuadrarse hasta al fotógrafo más distraído; si el jugaba, mejoraba la taquilla. Le llovieron los aplausos, las flores y hasta había capturado la atención del genio Diego Armando Maradona.

“En 1979, estaba feliz. Con Alianza habíamos conseguido el bicampeonato (1978-1979) y dicen que había jugado bien en el Mundial de Argentina 1978. Bueno, el 79 la selección peruana jugó con Argentinos Juniors. Una de los estrellas de ese equipo era Diego Armando Maradona. Cuando terminó el partido alguien me llamó y me dijo que él quería cambiar la camiseta de su equipo con mi camiseta. Él era muy joven, 16 ó 17 años, y yo estaba ya a punto de partir a Colombia, al Atlético Nacional”, recuerda. En Colombia el ídolo capturó la atención de otro pibe, Carlos Valderrama. Fue una estrella en Colombia. Hay admiradores suyos que dicen que él llevó el verdadero fútbol al país de Gabo. Bueno, él y el Patrón Velásquez, Guillermo La Rosa, el flaco Malásquez., pero sobre todo Cueto.

-¿Por qué y para qué juega?

-Desde niño, lo único que hice con el balón es tocarlo para divertirme. Yo juego porque hacerlo me causa disfrute, diversión. No es trabajo.

La cebichería es inmensa. Por ahí anda José Soto, llegan los periodista sque buscaban a Montaño; todos saludan a Cueto como si le agradecieran por algo. Y claro que le agradecen. Él sonríe y corresponde el saludo con una sonrisa. “No puedo quejarme, la gente me quiere mucho”.

Dice que ha encontrado una forma hermosa de ser feliz. Un equilibrio en su vida. Sigue en el mundo del fútbol y a la par dedica su tiempo a practicar las virtudes que Dios enseña. Pero no se queda ahÑ Desde hace 17 años, Cueto es un católico militante, que no es otra cosa que practicar lo que se lee. Es ahora un ex futbolista que ha encontrado a Dios y por pura gratitud ayuda para que otras personas también encuentren a Dios. Pero no se apura. Está ahí en una rutina que no le aburre. De su casa al estadio, del estadio a la cebichería; de la cebichería al estadio; del estadio a la iglesia. En los tiempos libres, ayuda con el ejemplo a los niños pobres a mejorar en el fútbol y a practicar las virtudes que Dios enseña.

Un hombre del Señor
Si a veces César Cueto no está en el estadio mientras Alianza Lima juega un partido importante es porque está cumpliendo una tarea sagrada. Es un católico activo desde hace 17 años y sabe que ayudar al semejante enseñándole la palabra de Dios no es una vana tarea. Sabe que lo que puede decir a otras personas puede ayudarlas como las palabras de otros le ayudaron a él. Le ayudaron a salir de algunas cosas grises que es necesario mencionarlas ahora. A veces, Cueto tiene que privarse de ciertas cosas para ayudar a la gente. “Lo hago por fe, lo hago porque creo que debe hacerse. Igual que otras personas como Guillermo La Rosa. Cada uno tiene una prioridad en su vida, y la mía es Dios. Él me ayudó, me ayudó a mejorar, me ayuda a ser mejor persona; me ayuda a perdonar y a perdonarme”, dice.

Alianza, mi otra casa
“Yo crecí en Alianza; en Alianza me hice. Claro que, como es sabido, jugué en otros equipos como el José Gálvez y Deportivo Municipal, entre 1973 y 1974. Pero, digamos, Alianza es como mi casa. En 1977, Alianza formó, creo, uno de los mejores equipos de sus historia. En él estaban, Hugo Sotil, Teófilo Cubillas, Jaime Duarte, José Velásquez, el arquero José Gonzales Ganoza, quien murió en la tragedia de 1987 y yo. Nos dolió tanto la tragedia y me animaron a volver y así lo hice”, dice.

-Recuerdo esos golazos –digo.

-Los de tiro libre.

-Uno contra el Cristal, cuyo arquero era Jesús Purizaga, y el otro contra Universitario al arquero César Chávez-Riva.

“Dios está primero en las cosas que hago; lo segundo, es el club de mis amores: Alianza Lima. Trabajo en este club con asistente técnico y mi labor es muy agradable. Debo hablarles de fútbol a los jugadores, contarles experiencias, darles ejemplos. En Alianza me siento como en casa. Estoy aquí toda una vida. Ah, con Guillermo La Rosa tenemos un escuela de fútbol (Semillero 2000), pero no para ganar dinero; sino para ayudar, para dar lo que nosotros hemos recibido de niños. En las cancha de la Universidad Agraria entrenamos los viernes por las tardes a los niños de las zonas más pobres de La Molina, de los asentamientos humanos; y, en el Complejo 1º De Mayo, en Villa El Salvador, trabajamos los sábados por la tarde. A los niños no sólo les enseñamos fútbol, sino a ser buenas personas. Les enseñamos a amar a la familia, a la Patria y, sobre todo, amar a Dios, que es lo más importante”; dice.

Paco Moreno
Redacción


Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119374 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.