Ampay “Chino”

Los libros son, generalmente, las autobiografías de quienes los hacen. Pero el libro “Los Peruanos” de Carlos “Chino” Domínguez no sólo es la autobiografía de este brillante fotógrafo, sino la biografía del Perú captada por un ojo clínico, cuya mirada es extremadamente profunda, una mirada que fotografía aun sin cámara. Una mirada experta en el testimonio. Una mirada precisa, para la imagen precisa.

| 27 febrero 2009 12:02 AM | Gente como uno | 2.5k Lecturas
Cual historiador diligente, el fotógrafo Carlos “Chino” Domínguez ha fichado (elaborado fichas, fotografías) más de 50 años de la historia del Perú.
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Hay mucha gente que hace clic con una cámara fotográfica, Domínguez, en cambio, lo hace todo en una milésima de segundo, o quizá menos, mira a su objetivo, lo procesa, lo encuadra, le encuentra el mejor ángulo y dispara. Dispara y sabe que ha captado una imagen para la historia, para la posteridad. Nadie sabe realmente cuántos negativos tiene el señor radar en su archivo, pero como suena bien llamémosle: El fotógrafo del millón de negativos, aunque no le hacemos justicia.

—Vendí mi archivo a la Universidad Alas Peruanas. Espero que lo mantengan como debe ser. Estoy seguro de que así será —dice, con cierta nostalgia.

Desde hace más de 50 años, Domínguez, hace clic y nos regala en imágenes, lo que un exquisito narrador-historiador nos dona en palabras. A los 14 años de edad, cuando era obrero en una fábrica de cristales, ganó su primer concurso artístico con un afiche que le pidieron sus compañeros de trabajo para un certamen deportivo. Ahí empezaron, su éxito y su destino. Luego entró a trabajar con el serio fotógrafo japonés Antonio Noguchi. “Con él aprendí la disciplina, la técnica de la fotografía. Tuve que dejarlo para buscar otras cosas. Me fui a Argentina al Instituto de Fotografía Sandy y ahí obtuve una beca y como resultado de un segundo premio pedí trabajar en la revista El Gráfico, que yo leía mucho en Lima. Trabajé nada menos que con el gran Félix Frascara”, dice.

Infatigable
Desde entonces no ha tenido ningún momento de sosiego, y mencionar todas las revistas, diarios, agencias donde ha trabajado sería ocioso. Vio la dictadura de Odría, sus muertes y sus asesinatos; testimonió el gobierno de Velasco y sus alucinadas reformas; estuvo frente a quien él lo considera “el traidor” (Francisco Morales Bermúdez); cubrió el gobierno de Belaúnde y el inicio de Sendero Luminoso; el primer gobierno de García y las amenazas de Sendero y sus masacres; la dictadura cruel de Fujimori y Montesinos y el fin de Sendero; el gobierno de Toledo y hasta ahora no para. “Mi sueño es fotografiar a Fujimori, Montesinos y Abimael juntos. Hasta le pediría al presidente que me conceda ese honor si él pudiese hacerlo”, dice.

—Un día le preguntaron: ¿Usted cuándo dejará de fotografiar?

—SÑ Yo respondí que cuando vea a un millón de niños riendo en las calles de Lima.

—Entonces, nunca colgará su cámara

—Digamos que no.

—Usted, que conoce bien este país, insiste en repetir que las cosas no han cambiado,…

—Digo que el Perú sigue en el rumbo de no encontrar su destino, la brecha entre pobres y ricos se acrecienta.

Es raro que un fotógrafo ensaye (hablamos del género) sobre el Perú o sobre cualquier otro tema. Ocurre que este hombre de la máquina fotográfica, que me mira esta mañana con ojos achinados y rarísimos, con su gorra bareta, se emociona con la poesía, disfruta de las novelas, escucha buena música, ve cine en serio. Es un artista consumidor del arte. Ya lo vemos ahí de pantalón corto en Surquillo, antes de hacerse fotógrafo, jugando con las palabras y buscando felicidad en la vida con su mancha: Pablo Casas, Manuel Acosta Ojeda, Carlos Hayre.

—Me desenamoré de una periodista que me dijo, hace muchísimo tiempo, que no leía poesía —le comento.

—Hiciste bien. La poesía es la puerta para todo. Yo recomiendo encarecidamente su lectura, recomiendo, al fotógrafo, y a todos, claro, la lectura de los narradores Vargas Llosa, Cortazar, Hemingway. Leyendo a ellos y a otros, por supuesto, pude hacer mi trabajo —dice. Habla de manera pausada, tranquila, reflexiva. Se recupera de la extirpación de un riñón.

Mirada al Perú
Entrar en “Los Peruanos” es seguir los pasos de Domínguez. El mismo nos muestra como si nos enseñara historia de este país. “Mira”, dice. Veo que un sobreviviente del terremoto de Huaraz de 1970 llora; llora también una invasora del Cerro San Cosme en 1956; sonríe Poncho Negro, autor intelectual y líder de las invasiones en Lima (profesor de Germán Cárdenas, ahijado de Meche Cabanillas); sonríe un negrito del Rímac; el torero Paco Camino es embestido en la Plaza de Acho (1969). Sigue pasando las páginas y yo sigo mirando. El cardenal Landázuri habla a los seguidores del Cristo Moreno en la Plaza de Armas; ve a un indio anciano en el Cusco como si cargara la inmensa catedral, donde han colgado la imagen de Túpac Amaru; por ahí cavila el padre Gustavo Gutiérrez; y el pastor Ataucusi lee La Biblia. El lente de Domínguez ha viajado por las quebradas, llanuras, recovecos del alma de los peruanos.

Estamos en un patio soleado donde Domínguez recibe a los amigos. Hay sol y viento y las páginas siguen pasando. Uno se quedaría aquí toda una vida. En la página 40, pareciera que alguien duerme cubierto en papel periódico al lado de la llanta delantera de un carro antiguo, un policía se acerca a mirar quién es, pero no hay nadie; en la página 41, sí había alguien que dormía al lado de unas llantas delanteras de un carro antiguo cubierto de papeles viejos. “Mira esto”, dice. Veo que una pareja, a plena luz, extiende periódicos en el piso para amarse, se aman, terminan y se dan cuenta que el “Chino” los ampayó. Domínguez me muestra su hazaña como un niño orgulloso.

“Mira a Pepe Vásquez con esa chica (1986), a Humberto Martínez Morosini bailando en la Valentina de Oro (1982), este el centro musical de Breña; Lucha Reyes (1970), Arturo Zambo Cavero; mi amigo Carlos Hayre y Alicia Maguiña”, dice y sigue.

Encarcelado
Se detiene en la página 88. Es una foto panorámica del penal de El Sexto (1980). “¿Cómo hizo esta imagen?, pregunto. “Hacia 1960, me dijeron que en el penal El Sexto donde entraban 500 personas había cerca de 3000 reos. Entonces le dije a un amigo que me denunciara por estafa y así me encarcelaron. Después una amiga llevó mi cámara a escondidas, yo hice las fotos y mi amiga sacó la cámara. Las fotos salieron en Caretas y cambiaron al jefe del Inpe de ese entonces”.

El ocaso de un presidente, dice. “Aquí está Odría en 1969, viejo, cansado. Lo ayudan solo su bastón y su chofer”, refiere y desde otra página nos mira “El Jefe”, Víctor Raúl Haya de la Torre, “escritor de sueños y verdadero político de jóvenes y viejos”, lee. “Haya fue un hombre honesto como ninguno”, dice. Más allá, En la Casona de San Marcos, líderes de la izquierda en huelga de hambre levantan el puño. Ahí está Jorge del Prado, Javier Diez Canseco, Agustín Haya de la Torre, etc.

Poeta de leyenda
—Ah déjame.

—Lo dejo, maestro.

—Déjame agradecer a mi amigo el poeta Reynaldo Naranjo, por las leyendas de este libro —dice.

“Mira al general Juan Velasco Alvarado en Pucallpa con sus plumas en la cabeza. Yo fui fotógrafo de él, es decir, lo seguí para todos lados, en cuanta comisión hubiera”. Éste es Belaúnde levantado en peso por una mujer, y aquí, en la transición a la democracia, con Morales Bermúdez, mira como goza el general (traidor) con las palabras de Belaúnde. Aquí Alan García jovencito; aquí Alan García como presidente en el 85; aquí un poco más viejo; aquí Frejolito en el Cusco, aquí Vargas Llosa gritando libertad; aquí la familia Fujimori”.

En la foto de la familia Fujimori, tras ganar las elecciones, todo el mundo sonríe. Keiko sonríe como tonta. En otra página, Máximo San Román y Fujimori leen juntos y plácidamente aquel diario Página Libre.

En el lugar preciso
Domínguez dice que ser fotógrafo no es sólo estar en el momento preciso, sino estar en el lugar preciso y saber quién está a tu lado. “Si no tienes cultura política, económica, literaria, estás frito”, dice. Veo al flaquísimo Julio Ramón Ribeyro caminando solo, sonriente, y abrigado en París de 1986; Victoria Santa Cruz y su mirada dura; el reflexivo Jorge Basadre (1970); el poeta Antonio Cisneros entrando a Marka en short, zapatillas y con un portafolio; Enrique Verástegui, jovencito, con su cabeza de coliflor; Víctor Humareda mostrando su arte; Manuel Scorza, sonriente, 1961.

Las páginas no se detienen. Vargas Llosa corriendo en buzo y con las medias encima del pantalón (y ahora habla de huachafos); el trotskista Nicolás Lúcar alzando en hombros a Hugo Blanco (1979). “Mira, así fue el paro del 19 de junio de 1977; mira, César Hildebrandt ante el cadáver del fotógrafo Willy Retto en Uchuraccay (1983). Fue una tragedia que conmovió al Perú y al mundo”, dice. “Mira, edificios destruidos en la calle Tarata de Miraflores (16 de julio de 1992), más allá Abimael Guzmán enjaulado y con traje a rayas; al costado Víctor Polay Campos capturado; Néstor Cerpa Cartolini en la toma de la embajada de Japón en 1996.

“Es el primero de setiembre de 1983. Estoy pasando por la Plaza San Martín y veo a unos niños bañándose en las piletas de agua. Dos días después, el niño que fotografié, murió electrocutado por dormir en una de las cajas de luz de la plaza. Ahí nace el “Petizo”, y actualmente un albergue de niños lleva su nombre”, recuerda.

“Los niños son lo más importante. Yo crié a mis cuatros hijos, ahora tengo hasta bisnietos para quererlos, amarlos; pero hay en las calles tantos niños sueltos, como en mis tiempos. Por eso digo que el país no ha cambiado que sigue existiendo el sufrimiento de ellos”, dice.

Paco Moreno

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