El Bolivariano: Sabores libertarios

La antigua finca que ahora alberga al restaurante El Bolivariano data del año 1780. Y si bien fue concebida como un "potrerito de panllevar", en la actualidad se ha convertido en uno de los más emblemáticos bastiones de nuestra culinaria nacional.

Por Diario La Primera | 20 feb 2009 |    
El Bolivariano: Sabores libertarios
El chef Armando Calderón de El Bolivariano es uno de los responsables en preservar la buena sazón en Pueblo Libre.

Si Bolívar resucitará y almorzará en El Bolivariano de Pueblo Libre, de seguro no tendría mucho tiempo para dedicarle a sus hazañas libertarias, puesto que cada cita en este emblemático rincón de sabores, amerita robarle horas extras a la jornada.

A pesar que este añejo espacio se terminó de consolidar en tiempos de la Colonia, aún sigue manteniendo los secretos, aromas y sabores de antaño, alcanzando la consagración que el mundo de la gastronomía demanda.

Acaso el carácter histórico de las edificaciones que aún se mantienen en pie en el Pueblo Libre actual, sumado al espíritu patriótico de sus tradiciones, producen la atmósfera apropiada para ese disfrute prolongado y sin contemplaciones, de la exquisita propuesta de El Bolivariano, que desde hace tres años lleva las huellas del chef Armando Calderón Jaramillo.

Quizá su propuesta se inspira en la autenticidad de los sabores peruanos como los anticuchos de corazón, los cebiches, el seco de cabrito, las diversas causas, los rocotos rellenos o la sangrecita; quizá la creatividad también provenga de los intensos aromas que emana un buen lomo saltado o unos tallarines saltados y asaltados.

De hecho el presentar un contundente piqueo para tres, conformado por generosas porciones de anticuchos, chicharrones, yuquitas con queso, tamales, papa rellena y sarsa criolla, es una suculenta idea que merece ser acariciada por esa aterciopelada chicha morada que solo existe en El Bolivariano.

Pero valga la advertencia. Nada de lo expuesto debe ser ingerido si antes las papilas gustativas no han saboreado ese mágico trago llamado Pisco Sour, elaborado, que duda cabe con un Pisco Queirolo.

En efecto, El Bolivariano, sus amplios salones y su pérgola, nos remite de inmediato a un pasado lleno de historia, tan criollo, como nuestro ají de gallina; tan mestizo como nuestro cau cau o insuperable como la patita con maní; tan inga y mandinga que invita a ser parte de mayores incursiones turísticas, gastronómicas y de negocios alrededor de ese Pueblo Libre que alberga museos, edificios coloniales y bares de antología como el Queirolo, no solo para tomar unas reses con los amigos, sino para filosofar por un instante sobre el sueño bolivariano.

Pedro González
Colaboración

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