Comida hecha como en casa

Para muchos la hora de almorzar es un acto sublime y casi sagrado. De hecho, entre la una y las tres de la tarde, la gente tiene tiempo para disfrutar distintos sabores, mientras los paladares son acariciados por la entrañable comida hecha en casa.

Por Diario La Primera | 19 set 2008 |    
Comida hecha como en casa
Comida como hecha en casa es lo que ofrece el Restaurante A Puerta Cerrada.

El contenido de ese taper que guarda un delicioso arroz con pollo casero o ese rico tacu tacu hecho con frijoles canario y mucho amor, es de extrañar cuando las circunstancias no permiten tener a la mano ese sagrado cubil de pírex o plástico que carga encontrados sentimientos de madre, esposa o ama de casa, y delicados sabores y aromas que se entrelazan en las ollas de algún hogar.

Ante esa clamorosa ausencia, es hora de pensar en el plan B. Es momento de recurrir a los engreimientos culinarios del bonachón chef Luís Felipe Arizola y su socio Fernando Escobar, dos simpáticos amigos que mantienen la genial idea de deleitar a sus comensales con sabores hechos como en casa.

Un pisco cañetano en la apertura alborota nuestros ácidos gástricos. El paladar se humedece de felicidad al ser acariciado por un exquisito mero murique acompañado con tacu tacu de lentejas. Pero antes de comenzar con lo bueno, un tiradito de lenguado con crema de rocoto o unas conchitas en salsa de leche de coco y eneldo, caen maravillosamente bien.

Alcanzado por gráciles mujeres de piel color azabache, lo fuerte, lo bravo, lo invencible se asoma a la mesa. Un lomo aderezado en fina salsa de culantro y acompañado con pastel de choclo puede abrir la segunda y más importante sesión.

Pide la palabra la canilla de cordero con pastel de papa al queso serrano, mientras replica con mejores argumentos la infaltable chita al ajo con tacu tacu de pallares. Sin duda, ante los cuestionamientos de todo comensal, no queda más que reconocer que cada potaje tiene la razón.

Finalmente hace su aparición la corte de postres, encabezados por el mousse de frutas de la estación, el budín borracho de la abuela y los jacarandosos picarones de la casa. Antes de decir adiós, una copita de macerado de frutas secas en pisco sacude los cimientos de la razón haciendo recordar que la jornada debe continuar.

Atrás queda una experiencia que no necesita pasaporte, porque saborear todo lo antes descrito en ese bastión barranquino llamado A Puerta Cerrada, es, en definitiva, comer como si uno estuviera en casa.

Ivan Mory
Redacción


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