Ácidas lentejuelas

La pregunta
Hemos sido testigos del rompimiento formal más frívolo de la farándula, mismo cambio de camiseta en el entretiempo, sin lágrimas y lamentos, con el sudor frío.

Por Diario La Primera | 27 ago 2010 |    

Melissa es capa. Antes que lluevan más destapes y ante las evidencias del ampay de la identidad del chofer que manejaba su auto se movió rápido. La pareja futbolera más sonada del momento, Melissa Klug y Jefferson Farfán rompieron palitos, pero lo curioso es que salga la chalaca a anunciarlo en un conocido programa de farándula, el mismo que identificó al acompañante dentro su carro al volante -un ex trabajador de ese mismo programa-. No hay nada más patético que los autores de la noticia sean los mismos periodistas inmersos en la vida de los ricos y famosos del llamado Chollywood. Más aún que el anuncio del break no lo da el implicado en primera línea –Farfán, que por él la otra es conocida-, menos su vocero de prensa. No, en este país donde la farándula toma del cogote a distraídos cómicos veteranos e incautos jovencitos con el ego endiosado, las cosas se dan a carrera de caballo. No importa que seas una estrella en la liga alemana con el Schalke 04, la que dio la hora siempre fue ella. La que ya lo tenía todo planeado incluso si se reconciliaban –el otro es una joyita, también-. La que se encargó de decirle a propios y extraños que la relación con su esposo finalizó porque “el amor, simplemente, se acabó”. Y los mil motivos con sentimiento nulo. El dinero sólo ayuda para la felicidad, pero no les alcanzó para lo más importante: el amor. No importa cuántos miles de dólares pida ella para su hijo, ni cuántas casas ni aumentos por premios tendrá por los goles del futbolista, todas las cifras sólo alimentan al acomplejado que quiere ser como él para usar la marca de su ropa. Importa el pequeño hijo de ambos, un pequeño que no entiende nada de sus padres, pues, Señora Medina. En la entrevista en vivo, la periodista pelirroja le pregunta a la Klug: “¿Se lo has dicho a tu hijo”. Melissa responde: “No, es muy chiquito”. En fin, los espectáculos deshumanizan a los periodistas. O los embrutece. En cualquiera de los dos casos, se pide auxilio a gritos.

Por el Neutro

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