Watergate

Han transcurrido cuarenta años desde que, el 17 de junio de 1972, un grupo integrado por miembros del equipo de campaña electoral de Richard Nixon y ex agentes de la CIA, fueron atrapados irrumpiendo en las oficinas del partido Demócrata, ubicadas en el edificio Watergate, en Washington.

| 14 junio 2012 12:06 AM | Especial |1.2k Lecturas
Watergate
CUARENTA AÑOS DESPUÉS
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Las investigaciones revelaron la profunda corrupción de la Casa Blanca. Se supo de numerosas actividades encubiertas de espionaje y sabotaje electoral en las cuales estaba involucrado el personal más cercano al presidente. Unos meses antes (septiembre 3, 1971), había sido violado el consultorio del psiquiatra de Daniel Ellsberg, buscando información utilizable contra este último. Ellsberg y Anthony Russo habían filtrado al público documentos secretos del Pentágono (“Pentagon Papers”). Se supo también que Nixon trató de sobornar al juez a cargo del juicio contra Ellsberg y Russo, ofreciéndole la dirección del FBI.

Al analizar el escándalo de Watergate con la perspectiva que nos brinda el tiempo transcurrido, la primera lección que extraemos es que el relieve de los sucesos depende de la escala de valores impuesta a la sociedad por los medios formadores de opinión. A Nixon se le recuerda principalmente por sus tropiezos en Watergate que revelaron un mundo mezquino de trucos y mentiras. Pero su administración, desde el punto de vista ético y de responsabilidad criminal, tiene en su haber atrocidades infinitamente peores, que raramente se mencionan.



Entre ellas se destaca su orden al Comando Aéreo Estratégico (“Strategic Air Command, SAC”) de bombardear masivamente Camboya oriental y Laos (“Operation Menu”) durante la guerra de Vietnam. Nixon autorizó la utilización de bombarderos B-52 que saturaron de bombas el territorio desde el 18 de marzo hasta el 26 de mayo de 1970 con incontables pérdidas de vidas humanas. Mientras, el dictador de Camboya, Lon Nol, al servicio de Estados Unidos, ordenaba masacrar a los camboyanos de origen vietnamita. El 15 de abril de 1970, por ejemplo, más de 800 miembros de esta etnia fueron ejecutados en la aldea de Churi Changwar y sus cuerpos arrojados al río Mekong.

La Operación Fénix (“Phoenix Program”), que consistió en capturar, torturar y asesinar a todo sospechoso de simpatía o colaboración con el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur y que produjo más de cien mil víctimas, iniciada por la administración Johnson, continuó con más fuerza durante la administración Nixon. Al otro lado del Océano Pacífico, en Panamá, la Escuela de las Américas (“Escuela de Asesinos”) entrenaba a militares latinoamericanos en técnicas represivas, entre ellos a los que, después de los golpes de estado de 1973 en Chile y de 1976 en Argentina, fueron culpables de los asesinatos, torturas, violaciones, secuestros y desapariciones de decenas de miles de chilenos y argentinos. Frente a estas y otras monstruosidades Watergate sería, comparativamente, una simple travesura nocturna de políticos corruptos.

La segunda lección tiene que ver con el antiguo refrán español “cría cuervos y te sacarán los ojos”. En la década de los 60, la CIA reclutó y entrenó a varios miles de cubanos, muchos de ellos exmiembros de los cuerpos represivos de la tiranía batistiana, con el fin de utilizarlos en infiltraciones, sabotajes y otras acciones hostiles contra Cuba. La CIA los utilizó también en operaciones secretas en Asia, África y América Latina.

Con la derrota de la invasión mercenaria en Playa Girón, el nivel cada vez más alto de técnica y preparación combativa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y el constante y costoso fracaso de posteriores acciones encubiertas contra la isla, esta masa de hombres sin otro oficio que el terrorismo se convirtió en fuente de efectos colaterales indeseables para sucesivas administraciones estadounidenses, corresponsables en la paternidad indiscutida del engendro.

Cumpliendo órdenes, pero fuera de control en ocasiones, comenzaron a realizar actos terroristas en el propio territorio de Estados Unidos. Cada acontecimiento criminal o sórdido, como los asesinatos del presidente Kennedy y del canciller chileno Orlando Letelier, o las bombas que estallaban con frecuencia principalmente en Miami pero también en otras ciudades de Estados Unidos, estuvo vinculado a la presencia de cubanos entrenados por la CIA. Tres de ellos desempeñaron papeles protagónicos en el escándalo de Watergate: Bernard Barker (“Macho”), Virgilio González (“Villo”) y Eugenio Martínez (“Musculito”).



La tercera lección importante es que el escándalo de Watergate sólo pospuso brevemente la crisis constitucional que, en favor del autoritarismo, han tratado de imponer las administraciones republicanas. De acuerdo a la interpretación extremista de la teoría del “ejecutivo unitario” (“the unitary executive”), desarrollada por los tanques de pensar conservadores, el presidente puede realizar en nombre de la seguridad nacional y del “privilegio ejecutivo” todo lo que estime necesario -y en secreto- sin tener que rendir cuentas al Congreso ni al sistema judicial, y a salvo del escrutinio de los medios de información. El corolario más peligroso es la hipótesis de la “guerra permanente” (“permanent war”) como requisito hegemónico y de supervivencia del imperio.

El hilo conductor entre el autoritarismo de Nixon y el de las subsiguientes administraciones republicanas se establece principalmente a través del clan de los Bush. George W. H. Bush debe a Nixon su carrera política. Después de fracasar en dos ocasiones en su aspiración al Senado de Texas, Bush es nombrado por Nixon como Embajador ante Naciones Unidas y, en 1973, en medio del escándalo de Watergate, Nixon lo eleva a la presidencia del partido Republicano. De este modo, los herederos de Nixon: el clan Bush y sus allegados (Dick Cheney, Donald Rumsfeld y otros sobrevivientes del Watergate) llegan o regresan a posiciones dominantes en la vida política de los últimos cuarenta años.

Con Ronald Reagan y George W. Bush se repiten, ampliados, los errores de Nixon y es cada vez más fuerte la tendencia a la actuación al margen del Congreso, de las leyes y de la opinión pública. Refiriéndose a Bush y a Cheney, comenta John W. Dean: “Parece que el presidente y el vicepresidente consideran que la lección de Watergate no es la de permanecer dentro de la ley sino la de evitar ser atrapados. Y en caso de ser atrapados, reclamar que el presidente puede hacer todo lo que crea necesario en nombre de la seguridad nacional”.

La principal amenaza de una nueva administración republicana (tal vez con otro miembro del clan, Jeb Bush, como vicepresidente) es que, a diferencia de la administración de Richard Nixon, podrá contar con el respaldo de un movimiento estructurado de ultraderecha, el “Tea Party”, cuyos miembros poseen generalmente una alta dosis de fanatismo y que, en caso de una victoria electoral, saldría fortalecido.

No obstante, aunque tiene su génesis en lucubraciones de ideólogos reaccionarios, la supremacía presidencial no es una teoría privativa de la derecha republicana. Las administraciones demócratas muestran también la tendencia a seguir un patrón autoritario y no pueden considerarse simples paréntesis en el ascenso del autoritarismo ultraconservador que, con la presidencia de George W. Bush, asumió muchas de las características del fascismo (protofascismo según algunos analistas). Con cada nueva administración, republicana o demócrata, el aparato de seguridad nacional que rodea al Presidente se consolida más y es más abarcador y poderoso, mientras la cobertura mediática hace creer al pueblo norteamericano que están salvando a la nación.

En realidad, al arrogarse el presidente Barack Obama, como se ha sabido recientemente, el derecho a decidir quiénes deben morir, cuándo y dónde deben morir, y ordenar sus ejecuciones extrajudiciales, ha ido más allá de lo que Maquiavelo jamás pudo soñar. En la Edad Media se asesinaba a los presuntos enemigos del príncipe con el puñal y el veneno y ahora se les asesina con drones de alta tecnología, pero en ambos casos la valoración ética es la misma.

George W. Bush pensó que estaba guiado por Dios; Obama, al parecer, se considera Dios.

Y al traer a mi mente la imagen de un Premio Nobel de la Paz ordenando fríamente asesinatos a distancia desde la Casa Blanca, Watergate se vuelve relativamente tan pequeño, tan insignificante, que se me pierde en las páginas de la historia.


Salvador Capote
Rebelión

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