Una garza de plata para el hombre “Lechuza”

Manuel Jesús Orbegozo no solo contaba buenas historias en sus clases universitarias, sino que se empeñaba en hacer que sus alumnos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos aprendieran a hacerlo, a ponerle esa música silenciosa que le falta a un texto informativo para ser agradable.

| 24 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 2.3k Lecturas
(1) Las enseñanzas de Manuel Jesús Orbegozo continúan vigentes. (2) Alejandro Mautino (poesía) y Marco Fernández (cuento), ganadores.
El periodista Manuel Jesús Orbegozo se dedicó a contar historias y a enseñar a contarlas. He aquí una historia con un final inesperado.

Más datos

DETALLE

El profesor dedicaba sus clases de periodismo a leer las crónicas que pedía en una clase anterior y hacer comentarios sobre lo que encontraba interesante, y algunas veces sobre lo que podía mejorarse. Hasta sus críticas negativas las hacía de forma positiva, para no maltratar a los periodistas en ciernes que en ese tiempo eran sus pupilos. Su muerte, el lunes 12 de setiembre, fue una noticia que congregó (como se corrió la voz) a perro, gato y ratón: era inevitable, a sus años, su legión de alumnos y amigos se habían dispersado hacia diversas direcciones del espectro profesional, político y humano.
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Al profesor no le gustaba el periodismo de formato de lectura rápida. No estaba para el periodismo datero de pastillitas informativas o para el periodismo bilioso de ceño fruncido. En mayor medida, el periodismo, sin perder información o seriedad, era literatura.

El hombre “Lechuza”
Le gustaba coleccionar artesanías de lechuzas. Las conseguía en sus viajes por el mundo o como regalos. Y les dedicaba un lugar especial en su casa, visitada por sus alumnos, quienes tenían con sus clases la mejor oportunidad de escribir libremente. El profesor dedicaba sus clases de periodismo a leer las crónicas que pedía en una clase anterior y hacer comentarios sobre lo que encontraba interesante, y algunas veces sobre lo que podía mejorarse. Hasta sus críticas negativas las hacía de forma positiva, para no maltratar a los periodistas en ciernes que en ese tiempo eran sus pupilos. Su muerte, el lunes 12 de setiembre, fue una noticia que congregó (como se corrió la voz) a perro, gato y ratón: era inevitable, a sus años, su legión de alumnos y amigos se habían dispersado hacia diversas direcciones del espectro profesional, político y humano.

El periodismo era literatura cuando Orbegozo escribía. Para quienes sintieron el placer de leerlo, fue una ironía literaria y literal que haya sido director del diario oficial El Peruano en tiempos de Alberto Fujimori. Pero lo que para otros personajes fue una tragedia griega, para él fue un cuento de final feliz: casi una muestra del realismo mágico que admiraba fue mantener tranquilamente su cargo durante el Gobierno de Transición de Valentín Paniagua. Todo era posible y perdonable en Manuel Jesús Orbegozo, tan dado a las anécdotas, pero, sobre todo, tan querido.

Crónica-cuento
Una de las infinidades de crónicas que leyó en esas clases universitarias era la historia de un joven que había partido de Tacabamba (Chota, Cajamarca) hacia Lima a cumplir su sueño de ser policía; y en plena guerra civil, en los años 80. Con el tiempo, esa crónica sobre el guardia que murió en la realidad, pero que vivió en la mente de la gente que lo quería para darles indicaciones de vida o muerte en sus sueños, adquirió dosis de ficción. El texto, con el título “El sueño eterno”, fue enviado en agosto al Primer Concurso “Libro Verde. Garza Blanca” organizado por la Municipalidad de José Gálvez, en Celendín, Cajamarca. Y ganó. La premiación fue el viernes 9 de setiembre. El trofeo era una Garza de Plata y el premio, mil soles en efectivo más la promesa de una próxima publicación con una selección de los textos de otros participantes.

Diez años atrás, cuando el primer borrador de este cuento fue escrito, el autor de esa crónica periodística no pensaba que esa historia que nació bajo la tutela periodística de Manuel Jesús Orbegozo se convertiría en un cuento. Luego de hacer un viaje de veinte horas de Lima a José Gálvez, recordó sus clases universitarias y a ese profesor que lo animó a “soltar la mano” escribiendo historias, como lo hacía con todos sus alumnos. Recapacitó en el hecho de que tenía que ir a visitar al profesor, que entonces se encontraba delicado de salud. Como Manuel Jesús Orbegozo era conocido por coleccionar artesanías en forma de lechuza, le enseñaría el trofeo y le diría: “A falta de una lechuza, le traje esta Garza de Plata”.

Sin embargo, nunca pudo verlo. El lunes 12 de setiembre pensó en visitar al profesor en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, pero un amigo le dio la mala noticia: Manuel Jesús Orbegozo había muerto. Apenas pudo asistir a su velorio y publicar la noticia de su muerte en el diario en el que labora (La Primera). El periodista es Marco Fernández, y reconoce que no podrá superar a su maestro, porque fue este quien, con ese último acto sorpresivo, le escribió la última línea a esta historia de final inesperado.


Marco Fernández
Redacción

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