Una estaca para James Bond

Nacidos por necesidades políticas, menos que comerciales, han sido durante casi medio siglo la forma de mostrarnos y mostrar a los demás que Occidente siempre ha tenido un macho bravío para defender, la que los gobiernos al mando del mundo inventaban para someter al resto. Adobados con una salsa machista de lo más incongruente, donde las mujeres no solo son bellas, sino tontitas y casi siempre trabajadoras esclavas a las órdenes de los malos, esos James Bond han sido para mí una pesadilla.

| 10 marzo 2013 12:03 AM | Especial | 1.2k Lecturas
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En la somnolienta faz de los amaneceres que no quieren llegar, que nunca te dan más luz que las velas de la obsesión de una procesión de Semana Santa en el pestañear del día en un callejón de un pueblo perdido en una serranía andaluza, aparecen los miedos como ejércitos sedientos de respingos de los cruzados sarracenos llenos de cruces y odios. Miedos que dieron miedo a Freud, que hicieron sonreír a los freudianos y odiarse a los lacanianos.

Y una mañana con la primavera bonita que ya ni siquiera deseas, aparecen los tambores de la banda de música de Mijas encaramados en el olor a jazmines de muchachas bonitas y talentosas que acompañan a la imagen que desfila como promesa de redención. Tambores cercanos, adiós Cary Cooper, que los tuyos fueron lejanos, marcan la carnicería de que vivió El Galileo cuando todo un pueblo de acicalados imbéciles le persiguió hasta el horror final, la cruz que abrió la esperanza de un mundo mejor.

Comprende entonces, oh romano multicopista, insensato fariseo que vas por las salas de cine pregonando la venida de un nuevo amo del Universo, que si después de que te hayan paseado dos horas por un hospital tendido en lo alto de una cama con una sonda que te sale del pene, en medio de una multitud imbécil y miedosa, que se aparta como cuando pasaban los carros llenos de muertos de la peste por las calles mugrientas y tediosas de Lyon, rumbo al cementerio.

Si después de ese paseo empujado por sanitarios con bata blanca que discuten a voz en grito de la última hazaña del Real Madrid. Si después de todo esto te sigues considerando un ser humano, eres un hombre feliz o loco. Podrás sacar tu Smith and Wesson 357, llenarlo de balas de plata con la cabeza rajada, apuntar y disparar al corazón del último James Bond que se te atraviese por el pasillo, aunque lleve un gotero como el tuyo y parezca más desesperado que tú.

LOS 007
Los James Bond son inmortales, como las pesadillas. Nos están depauperando la vida desde los años sesenta y no hay quién acabe con ellos. Nacieron en la guerra fría, cuando Estados Unidos y Soviética se amaban lo mismo que hoy, salvo que entonces había dos superpotencias y ahora queda una, el gendarme del mundo, Washington D,C.

Desde 1962 (“Agente 007 contra el Dr. No”) con el risueño introvertido Sean Connery pasando por “Desde Rusia con amor” (1963) y terminando, por ahora, con “Skyfall” con el extrovertido y alegre Daniel Craig, han sido unos cuantos actores los que se han apuntado a esa encarnación del mal en el pellejo de un agente de su Majestad Británica, James Bond, 007, con licencia para matar al público con su rematado catecismo de bueno fabricado en Londres: George Lazenby, Roger Moore, el menos siniestro, Pierre Brosnan, guapo de supermercado y Timoty Dalton. Que Dios me perdone si he olvidado a algunos de estos justos de la interpretación.

Nacidos por necesidades políticas, menos que comerciales, han sido durante casi medio siglo la forma de mostrarnos y mostrar a los demás que Occidente siempre ha tenido un macho bravío para defender, la que los gobiernos al mando del mundo inventaban para someter al resto.

Adobados con una salsa machista de lo más incongruente, donde las mujeres no solo son bellas, sino tontitas y casi siempre trabajadoras esclavas a las órdenes de los malos, esos James Bond han sido para mí una pesadilla. Para mí y para montones de espectadores hartos de que el Imperio siga queriendo lavarnos el cerebelo, aunque sea con un pretexto de entretenimiento y “humor”.

ALCOHOLIZARLO
En mi semanal lectura de Le Nouvel Observateur he hallado un refuerzo considerable para fundar una liga contra James Bond. Martin McDonagh, autor de Bons baisers de Bruges, historia contada a su manera de dos asesinos a sueldo. Cuentan, escriben, que cuando tenía 27 años, Martin McDonagh fue a recibir un premio de dramaturgia en Londres.

La alegría se le cayó a los pies al poco rato de empezar las festividades. “Los invitados levantaron sus copas para brindar por la reina. Yo soy irlandés y no me gusta la reina. Mi hermano y yo nos negamos a ponernos en pie y nos pusimos a despotricar. De pronto, las manos de Sean Connery me agarran por atrás y oigo que me dice: “Cállate, muchacho”. Entonces respondí: “Fuck you”

El joven realizador, que posee una experiencia de calidad en el teatro y en el cine, dice que no le importaría rodar una película sobre James Bond (pese a las manazas de Connery), pero que sería a condición de que le dejen transformarlo en un alcohólico. Y explica: “No puedo concebir que alguien sea dichoso sirviendo a Su Majestad, que ha matado a tantos irlandeses. Me vería obligado a rechazar la propuesta”.

ESTACA
Sí, querido Martin, llevar a James Bond por la senda del alcoholismo más desaforado y sacarlo de ese sendero cursi de sus Martinis tan pasados de moda, sería una excelente solución, aunque a largo plazo. Por mi parte propongo que cuando la cirrosis le lleve al barrio lejano de la muerte, le clavemos una estaca de madera, como se hace con los vampiros y a escala menor con las sardinas del sur de España.

Y si se rompe la estaca, aunque se están utilizando ahora unas de acero para asar las sardinas, no sé, no sé, siempre podemos darle al último James Bond ese paseíllo de la humildad subido en una cama de hospital y arrastrarlo por varias salas pobladas, sin olvidar, la sonda profunda que le salga del alma.

Y, quién sabe, podría ser que esta ducha de humildad, cuando el paseo te demuestra que eres poco que poca cosa, hiciese que James Bond renunciara a su licencia para matar y se recluyera voluntariamente en una orden religiosa, los hermanos Fossores por ejemplo, que dedican su vida a enterrar a los que alguna vez se creyeron vivos.


Sergio Berrocal
Prensa Latina


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