Un gigante tierno

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Teodoro Núñez Ureta, el gran pintor arequipeño que fue, además, narrador, ensayista, fino cultor de la prosa artística y luchador por los derechos del pueblo, no sólo con el pincel. Javier de Belaunde, quien fue asistente de Francisco Mostajo –guía del pueblo de Arequipa– en el momento de la insurrección mistiana de junio de 1950 contra la dictadura de Odría, recuerda que Núñez Ureta, como jefe del comando civil que derrotó al Ejército, preparaba a los grupos de choque “en una actividad muy intensa y muy valiente porque allí las balas silbaban”. El artista tenía entonces 38 años de edad; pero ya antes se había enfrentado a otra dictadura, la del fascista Sánchez Cerro. Con el maestro se podía dialogar sobre el teatro del absurdo o sobre el yaraví, en vías de extinción en Arequipa. Me dijo en una entrevista: “Cuando a un pueblo quieren conquistarlo, lo primero que hacen es robarle el alma.” Sus óleos, sus acuarelas, sus escritos son un tesoro que el Estado debería preservar y publicar. El texto siguiente fue publicado originalmente en la revista “Sí”, el 30 de mayo de 1988, dos días después de la muerte del artista.

| 01 abril 2012 12:04 AM | Especial | 5.2k Lecturas
Un gigante tierno
“La ciudad de Arequipa” se titula este mural al fresco en que parece palpitar la urbe mistiana.
Teodoro Núñez Ureta: 100 años de inmortalidad. La varia lección de un artista que el Perú reconoce hoy como un clásico de la cultura peruana y americana

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Un día, a la puerta de Teodoro Núñez Ureta tocó una niña que pedía pan. El pintor la hizo entrar, le convidó algunas cosas y empezó a retratarla. La chiquilla guardaba silencio. “Oye”, dijo el artista. “Tú no hablas”. La pequeña replicó: “¿Con quién voy a hablar?”. Se había acostumbrado a la soledad, enlutada amiga de los niños pobres.

Esa niña nos dirige ahora la mirada, una mirada triste, desde una acuarela del gran maestro. La inspiración y la belleza de ese trabajo expresan lo que fue, lo que hizo, lo que buscó y encontró ese clásico de la cultura peruana y americana que partió el jueves último. La acuarela se titula “¿Con quién voy a hablar”, y figura en el álbum “La vida de la gente” que en 1982 publicó el Banco de la Nación.

Clásico no sólo de la pintura, es Núñez Ureta. Alguna vez el Estado peruano recogerá en volúmenes los artículos, conferencias, ensayos, cuentos, poemas de ese gigante que nos ha dejado.

Clásico no sólo de la plástica y la palabra escrita. Clásico también de la actitud humana, humanista, que en países enmarañados y en crisis obliga a la toma de posición y, a veces, de las armas, como él lo hizo en la insurrección de Arequipa en junio de 1950, en calidad de jefe de operaciones militares de un pueblo entero en lucha contra la dictadura de Odría.


La niña que inspiró la acuarela del maestro.

Por variadas razones Núñez Ureta entra en la historia como un maestro imperecedero. Así, por ejemplo, su conciencia civil nunca lo llevó a rebajar el nivel de su arte por dictados de coyuntura, por colorines de panfleto. No hace mucho declaró que no había querido militar en un partido porque “no hubiera podido soportar que un dirigente le diera órdenes en mal castellano”.


“Los migrantes”: muestra del talento del gran acuarelista.

Fue, como se sabe, ajeno a la bohemia y mantuvo distancia respecto de capillas de todo género. Quizá por eso, sólo tardíamente recibió reconocimientos y homenajes, en particular de la izquierda, que se los debía desde toda la vida. Mientras otros acaparaban viajes y medallas, él trabajaba.

Núñez Ureta fue en el Perú el reivindicador del realismo. No el de la descripción superficial o la estampa costumbrista, sino el que descubre en los seres humanos y su contorno la verdad de un tiempo, de una sociedad. Estaba excepcionalmente dotado para eso. Pocos como él dominaban el color y el dibujo, las técnicas más diversas, los finos secretos del oficio. También en eso su vida postula una enseñanza: el amor por el trabajo, por el trabajo bien hecho, con destreza de artesano y audacia de explorador.


Núñez Ureta: imagen de un creador infatigable.

Una noche, hace muchos años, escuché por primera vez hablar en público a Núñez Ureta. Era una reunión de gente de izquierda. Hubo discursos fogosos pero retóricos; con frases hechas, largas y vacías. De pronto, a insistencia de la gente, se puso de pie este hombre alto y apuesto, nimbado por la fama. Lo que dijo tenía la limpieza de sus paisajes: “El pintor mira hacia lo alto y lo conmueve la belleza de un cielo azul, donde viajan las nubes tranquilas. Luego baja la mirada y mira en torno, y lo entristece la miseria de los pobres. Por eso me vi obligado a luchar por la justicia, que es otra forma de la belleza. Busqué armonizar la belleza del cielo y la vida del hombre”. Cuento de memoria. Sé que no logro la felicidad expresiva del maestro; pero esa escena está viva en la memoria. Yo era entonces muy joven; pero ya entonces pensé: ¡qué pena que nuestros políticos no sepan hablar como los artistas! (Primero tendrían que pensar, sentir y amar como los artistas: qué difícil les debe de ser).


“Marcha de mujeres serranas”: Tinta, 1984.

En un ensayo sobre el gran pintor campesino Mario Urteaga, el que fabricaba sus pinceles con pelos de la cola de su caballo, Núñez Ureta condensó así su propia estética: “Entre el tejido de líneas y colores, de luces y de sombras, de formas y movimientos, surgen, apenas se aproxima uno a un cuadro, sentimientos y sensaciones asociados a la tierra y el hombre. Entonces la pintura alcanza recién su pleno significado”.

Pintor del ser peruano, pintor del ser humano, Núñez Ureta fue regional, nacional, universal. No lo era por puro instinto.


“Fiesta serrana”, Tinta.

Muere el artista a los 74 años de edad. Había nacido en Arequipa el 1 de abril de 1914. Fue alumno del Colegio Nacional de la Independencia, de su Arequipa natal, y de la Universidad de San Agustín, donde se graduó de bachiller en Ciencias Físicas y Naturales, con una tesis sobre la evolución. “Había experimentado con una gallina, que mis amigos sacrificaron para celebrar el bachillerato”, me contó en una entrevista. Luego se doctoró en Filosofía y Letras. Terminó Derecho, pero nunca quiso graduarse de abogado.

Hace solo cuatro meses, ya gravemente enfermo, tuvo una hija. En sus horas de pesar, iluminaba sus días pintándola. No en vano había escrito: “De todos los temas que he dibujado y pintado en mi vida, el de los niños es el que más me atrae y me conmueve”.

Los niños del futuro se conmoverán contemplando sus obras.


César Levano


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