Un crimen de la dictadura

La matanza de La Cantuta fue ideada como respuesta al atentado de Tarata pero nunca se comprobó la responsabilidad del profesor y los nueve estudiantes.

| 19 julio 2012 05:07 AM | Especial | 2k Lecturas
Un crimen de la dictadura
LA CANTUTA 1992

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Horas después apareció en el local de la DIFE el emisario del general Hermoza: Santiago Martín Rivas, quien solicitó el apoyo del teniente Aquilino Portella para identificar a ciertos estudiantes. Simultáneamente, 22 integrantes del Grupo Colina, el escuadrón de exterminio del régimen, se congregó en “La ferretería”.

El Grupo Colina consumó la operación de forma expeditiva y brutal. Tirados en el piso de cuatro camionetas, los detenidos fueron sacados cubiertos con mantas. Tenían amarradas las manos con soguillas. No podían hacer movimientos y estaban a merced de sus captores.
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El 16 de julio de 1992 el triunvirato comandado por Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos y el general Nicolás de Bari Hermoza, sufrió un golpe que puso en riesgo su continuidad en el poder cuando un grupo de subversivos hizo estallar dos camionetas en la calle Tarata, en Miraflores, dejando un reguero de sangre.

Heridos, vidrios rotos, marcos de puertas y ventanas arrancadas de cuajo, paredes agrietadas y derruidas fueron las imágenes que millones de peruanos pudieron apreciar en sus televisores esa noche aciaga, en la que el corazón de Miraflores se convirtió en el principal centro de ataque del Comité Metropolitano de Sendero Luminoso.

En la fecha se cumplían 100 días del autogolpe de Estado promovido por la dictadura, que había justificado la acción como «una decisión inapelable para terminar con el terrorismo». Pero en esa semana inacabable de violencia, la mayoría de peruanos pensaba que esa meta estaba más lejana que nunca. Sendero sumaba ya más de 20 mil atentados y cerca de 12 mil víctimas, desde que diera inicio a la lucha armada.

EN JAQUE
Fujimori, la clase política, el grueso del pueblo peruano estaban conmocionados. Todos se encontraban preocupados, los ataques del terrorismo mantenían jaqueadas a las fuerzas de seguridad. En las calles, el nerviosismo era visible. Policías alterados, con armas en la mano, vigilaban locales públicos y residencias de funcionarios del Estado, llenos de temor. El atentado provocó que funcionarios del gobierno norteamericano amenazaran a Fujimori y a sus socios con una intervención militar si es que no ponían coto al accionar subversivo. La ciudad apenas tenía unas cuantas horas de luz; los apagones podían sorprender a los limeños en cualquier momento, debido a los inacabables atentados senderistas contra las redes de distribución. El toque de queda vehicular se iniciaba a las 10 de la noche. El país parecía encontrarse en un callejón sin salida.

En la mañana del 17 de julio, Fujimori, Montesinos y Hermoza, organizaron un cónclave para analizar los hechos. Allí, recibieron un informe de inteligencia que indicaba que los autores del atentado se habían refugiado en la residencia de estudiantes de la Universidad de la Cantuta. La vendetta fue ordenada. La orden era eliminar a los responsables.

Pero ¿cuál era la base de la suposición? Un agente de inteligencia que actuaba en la Universidad Nacional de Educación ‘Enrique Guzmán y Valle’, informó que el profesor Hugo Muñoz y un grupo de estudiantes habían ingresado en una camioneta en que se descubrieron manchas de sangre. Cuando el encargado de la vigilancia preguntó al profesor de qué se trataba, Muñoz explicó que habían ido a matar unas aves para una reunión celebratoria. De allí saldría la versión de que los heridos de Tarata se habían refugiado en la universidad.


El emisario Santiago Martín Rivas dirigió el escuadrón de 22 integrantes del grupo Colina.LA FIESTA

En la mañana del 17 de julio, los militares se opusieron a la fiesta preparada por los residentes alegando que se trataba de una reunión subversiva. Pese a ello, los estudiantes continuaron con la celebración. Primero jugaron un partido de fulbito, en el que destacó Bertila Lozano. Luego, vino el almuerzo. Allí se concentraron decenas de estudiantes. Marcelino Rosales, Felipe Flores Chipana, Robert Teodoro, Luis Ortiz, tocaron quenas, zampoñas y guitarras, al igual que Armando Amaro.

Los soldados observaron a los estudiantes con recelo, con rencor; para ellos se trataba de una «fiesta de terroristas». Decían que los estudiantes en realidad estaban celebrando el triunfo de la revolución senderista en el país. «¡Tenemos una orden, ustedes tienen que irse. ¡Fuera, conch’e sus madres!», gritó el «teniente Medina», el hombre de inteligencia, que amenazó a los estudiantes y al profesor.

En esos momentos, su destino ya estaba planeado por la cúpula del poder. Cerca de las tres de la tarde, el general Luis Pérez Documet, jefe de la Dirección de Fuerzas Especiales (DIFE), recibió una llamada telefónica del comandante general Hermoza, en la que se le anunciaba la realización de un operativo en la universidad. Él tenía bajo su cargo la Brigada de Paracaidismo Nº 39, encargada de la custodia de La Cantuta. Pérez Documet llamó al coronel Alberto Rodríguez Córdova, el jefe de inteligencia, para pedirle su opinión sobre los subversivos de la universidad. Fue Rodríguez Córdova el que vinculó el atentado de Tarata con los estudiantes, al señalar que entre ellos se encontraban «los delincuentes terroristas que festejaron el atentado…» Otro de los que avaló la versión fue el oficial Luis Alberto Mozo Maeda, el segundo a cargo de la universidad, quien aseguró que Bertila Lozano lo amenazó de muerte tras el atentado de Tarata, con estas palabras: «Vas a morir como un perro, al igual que en Tarata».



EL EMISARIO
Horas después apareció en el local de la DIFE el emisario del general Hermoza: Santiago Martín Rivas, quien solicitó el apoyo del teniente Aquilino Portella para identificar a ciertos estudiantes. Simultáneamente, 22 integrantes del Grupo Colina, el escuadrón de exterminio del régimen, se congregó en “La ferretería”, la casa de Nelson Carvajal ubicada en la Villa Militar Las Palmas, para recoger el armamento, las palas, los picos y la cal, que habrían de utilizar horas después. Jesús Sosa les dijo que iban a ir a La Cantuta para «sacarles la mierda» a los que habían consumado el atentado de la calle Tarata.

Esa noche el relajo en el control del ingreso fue visible para los internos. Los que estaban a cargo de la custodia recibieron la orden de replegarse para dejar ingresar al grupo operativo. En su casa, el profesor Muñoz pudo ver los noticieros de televisión que informaban del atentado de la calle Tarata. Al lado estaba su hijo menor. En la pantalla, en blanco y negro, apareció una niña que había perdido la pierna en el atentado. «¡Qué es esto, hasta dónde hemos llegado, pobre criatura!», comentó.

El Grupo Colina consumó la operación de forma expeditiva y brutal. Tirados en el piso de cuatro camionetas, los detenidos fueron sacados cubiertos con mantas. Tenían amarradas las manos con soguillas. No podían hacer movimientos y estaban a merced de sus captores.

Los secuestradores estaban furiosos: a lo largo del camino propinaron golpes violentos que provocaron heridas sangrantes entre los detenidos. Las muchachas se quejaron en vano. Los extraños querían averiguar los nombres de los ejecutores de los últimos atentados ocurridos en la ciudad. Los acusados negaron que tuvieran que ver con ello. Sus gemidos de dolor no sirvieron de nada.

Santiago Martín Rivas y Carlos Pichilingüe, los jefes del grupo, los acusaron del atentado de la calle Tarata. Su exasperación creció al no obtener respuestas. Ante cada negativa, se fueron tornando más violentos. Algunos detenidos protestaron, pero sus voces fueron acalladas violentamente.

LA BOCA DEL DIABLO
El furor de los agresores sólo se contuvo cuando los vehículos se estacionaron en el kilómetro 1.5 de la autopista Ramiro Prialé, a la entrada a un descampado, al que se ingresaba por un cerro cortado en dos, denominado «la boca del diablo». «¡Se van, he dicho que se van!», estalló Martín Rivas. Su orden sonó terminante; algunos de sus compañeros lo miraron extrañados, uno de ellos intentó protestar: «¿Qué vas a hacer?, no hay orden de matarlos, estamos yendo al Servicio de Inteligencia del Ejército!».

Martín Rivas lo acalló nuevamente: «¡He dicho que se van!». Los demás lo miraron absortos, resignados, con lampas y picos se fueron a cavar las fosas. Comprendiendo que su suerte estaba echada, los secuestrados se estremecieron. La oscuridad de la noche, el lugar sombrío cercado por cerros, el viento frío que azotaba sus cuerpos semidesnudos, los abatió aun más. Entendieron que el fin de sus días había llegado y gritaron tratando de vencer el horror.

Martín Rivas gritó: « ¡Arrodíllense todos!», en medio de insultos al profesor y a los estudiantes les dijo que sus días como subversivos habían terminado. Sujetos armados se colocaron detrás de ellos. La orden final la dio el jefe del grupo armado. Los cuerpos se estremecieron con el impacto, mientras la luz relampagueante de las pistolas iluminaba la noche y el sonido sordo de las balas precedía al silencio.

En medio de la tierra arenosa quedaron regados los cuerpos del profesor Hugo Muñoz y de los estudiantes Armando Amaro Cóndor, Enrique Ortiz, Dora Oyague, Bertila Lozano, Juan Mariños, Robert Teodoro, Felipe Flores Chipana, Marcelino Rosales y Heráclides Pablo Meza.


Efraín Rúa
Autor del libro
El crimen de La Cantuta


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