Uchuraccay, la pesadilla de Vargas Llosa

-Debe ser un amargo recuerdo…

Hace mucho que Mario Vargas Llosa no se refiere a Uchuraccay, aquel espantoso episodio de la historia del Perú que, el 26 de enero de 1983, costó la vida de ocho periodistas. Ni siquiera en su memorioso libro “El pez en el agua”. Ni una palabra.

| 26 enero 2013 12:01 AM | Especial | 6.4k Lecturas
Uchuraccay, la pesadilla de Vargas Llosa
30 años después, el asesinato de 8 periodistas y un guía sigue en el misterio.
A 30 AÑOS DE LA MASACRE DE LOS PERIODISTAS
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Nuestro Nobel de Literatura formó parte de una Comisión Investigadora nombrada el 4 de febrero por el presidente Belaunde para investigar el suceso. Lo acompañaban el periodista Mario Castro Arenas y el jurista Abraham Guzmán Figueroa y nunca fue nombrado “Presidente”, pero su creciente fama hizo que los medios llamaran al grupo “Comisión Vargas Llosa” y nadie lo desmintió.

La horrorosa muerte de los ocho periodistas provocó una enorme conmoción local y más todavía a nivel mundial. Las miradas se dirigieron al presidente Belaunde primero y luego al problema –que muchos ignoraban- de la existencia de un enfrentamiento sin cuartel entre subversivos y fuerzas del orden en parajes lejanos, remotos para la mayoría.

La prensa extranjera se puso en alerta porque ya las cosas pasaban a mayores y llegaron enviados especiales que pugnaban por viajar a Ayacucho para ver ese sangriento conflicto de cerca.

Es de imaginar la confusión del presidente Belaunde, quien tampoco tenía mucha idea de la envergadura del problema. Y luego de consultas y reuniones interminables con ministros y militares, decidió que debía dar una respuesta mediática, propagandística. Y qué mejor que llamar al afamado Mario Vargas Llosa.

En nombre de los periodistas llamaron a Mario Castro Arenas, recién elegido decano nacional del flamante Colegio de Periodistas del Perú. También a un jurista de gran prestigio, el citado Guzmán Figueroa.

Este era un anciano ya retirado y no se entiende bien las razones de su aceptación. Los periodistas hurgaron archivos y encontraron que su salto a la fama jurídica lo había dado cuando aceptó ser defensor de oficio de Carlos Steer Lafont, el asesino del director de “El Comercio” y de su esposa el 15 de marzo de 1935. Era un aprista fanático que luego del crimen intentó matarse tres veces, quedando muy malherido. Lo llevaron al Hospital Loayza y luego de algunas curaciones los médicos autorizaron que sea interrogado, pero la legalidad exigía la presencia de un defensor y en ese momento paseaba por el pasillo el joven Guzmán, quien no dudó en aceptar, llevando el caso hasta el final, defendiendo a un indefendible. Luego ratificó su creciente fama cuando, ya en calidad de juez instructor, le tocó en suerte el célebre caso de Mamoru Shimitzu, aquel enigmático japonés que asesinó a palazos a una familia de siete paisanos, mujeres y niños incluidos.

Tenía pues una enorme experiencia penal y sin duda era el indicado para dar pasos seguros en el difícil encargo de Uchuraccay.

Castro Arenas, militante del Apra, era conocido en la prensa desde que se anunció el estreno de la película nacional “La muerte llega al segundo show”, un bodrio policial estrenado en 1958 sin pena ni gloria. Hizo una carrera periodística a la vez que de ensayista y hasta historiador. Formó parte del equipo de Pedro Beltrán en “La Prensa” y luego de la devolución de los diarios confiscados, en 1980, fue llamado para dirigir “Correo”.

Apoyado por el Partido Aprista, logró la presidencia del Colegio de Periodistas y por ello el presidente Belaunde lo tomó en cuenta para integrar la Comisión que, ingenuamente, creía que presidiría.

Pero la opinión pública nombró “Presidente” al escritor, quien a su vez llamó a varios especialistas que lo ayudarían mejor, pensó, a esclarecer y comprender el drama. Y viajaron con él los antropólogos Juan Ossio, Fernando Fuenzalida y Luis Millones; el psicoanalista Max Hernández y los lingüistas Rodolfo Cerrón, Clodoaldo Soto y Ricardo Valderrama.



EL INFORME Y SUS DISCUTIDAS “CONVICCIONES”
Desde que los comisionados llegaron a Ayacucho, fue evidente que la tarea sería muy difícil, pues la hostilidad era general, pese a que el gobierno les había asegurado las máximas facilidades.

Los militares se negaban a exponer documentos, el Poder Judicial local se sentía postergado y hasta maltratado, los colegas ayacuchanos se cuidaban de hablar porque las amenazas eran de verdad.

Sin embargo, en escasas cuatro semanas Vargas Llosa, Castro, Guzmán, y su equipo de asesores, entrevistaron a decenas de personas, incluyendo la visita al propio Uchuraccay, donde convocaron a los pobladores, los iquichanos acusados del asesinato de los ocho periodistas, con los que sostuvieron una tensa reunión que sirvió de poco.

Ya desde el primer día fue evidente que los militares vigilaban de cerca a los comuneros e impedían que se expresaran en castellano (casi todos lo hablaban) y hasta los corregían cuando afirmaban algo –y es el caso del famoso corresponsal de “Marka”, Luis Morales, que los entrevistó en quechua ante un oficial que intervenía y lo acusaba de presionarlos.

Como fuere, reunieron abundante material y regresaron a Lima para redactar el Informe y cumplir con el plazo de un mes que les había dado el gobierno.

Vargas Llosa reunió los textos propios y de los asesores como un rompecabezas y en una ceremonia pública, en Palacio de Gobierno, entregó formalmente al Presidente el “Informe de la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay” y que al día siguiente fue publicado completo por “El Comercio” (en marzo de 1983. Pp. A-6, A-7).

Ante la imposibilidad de una investigación mayor, Vargas Llosa propuso una curiosa metodología, las famosas “Convicciones” que dividió en “Absolutas” (hechos sin dudas), “Relativas” (muy probables, posibles) y “Dudosas” (sin comprobación, de distintas interpretaciones).

Y así a lo largo de muchas páginas, la Comisión hizo afirmaciones tan absolutas como ésta, que levantaría una ola de críticas desde sectores de izquierda y hasta de familiares: “…. (Se) ha llegado a la Convicción Absoluta de que el asesinato de los periodistas fue obra de los comuneros de Uchuraccay, posiblemente con la colaboración de comuneros de otras comunidades iquichanas, sin que, en el momento de la matanza, participaran en ellas fuerzas del orden”.

Probablemente Vargas Llosa creyó que al entregar el Informe acababa su encargo. Si pensaba así, se equivocó, pues las semanas siguientes debería soportar un alud de críticas al que hizo frente a duras penas.



LAS FOTOS FINALES DE WILLY RETTO
Apenas entregado y publicado el Informe, el 4 de marzo, llovieron las críticas desde la izquierda, con violencia que se iba acentuando a medida que pasaban los días. Y el líder de la impugnación era “El Diario Marka” que, vale la pena anotarlo, había cambiado de dirección y rumbo porque ahora tenía una dirección tripartita, Jaime Urrutia, Marco Martos y Carlos Angulo. Los diarios “Hoy” y “La República” (dirigido entonces por Guillermo Thorndike) se sumaron al cuestionamiento, mientras que “El Comercio” apoyaba la versión oficial a la Comisión.

“Sendero Luminoso” estuvo entre los primeros en rechazar el Informe. Un comando senderista ocupó la recién fundada emisora “Huanta 2000” por 15 minutos, lo suficiente para hacer leer una proclama en que rechazaba responsabilidad y atribuía las muertes de los periodistas a “grupos paramilitares” y amenazaba con venganza (El Diario Marka. 7.3.83. p. 3).

Preocupado por las reacciones, Vargas Llosa no dudó en conceder entrevistas a quien se las pidiera, incluido Marka. Fue así como el 6 de febrero mismo aceptó un extenso interrogatorio de Ricardo Letts, que resultó tan largo que fueron necesarios dos días para publicarlo completo. La entrevista se llama “Vargas Llosa y los vicios del informe”.

En suma, la hipótesis contraria a la principal Convicción Absoluta eran por lo menos dos: militares se habían confundido entre los comuneros para matar a los periodistas; o los iquichanos habían esperado la llegada de la patrulla mixta –Marina y Guardia Civil- y fueron estos quienes les dieron muerte a culatazos.

Un suceso extraordinario extremó la crítica al Informe: en mayo de aquel 1983 fue hallada la cámara de Willy Retto en un maletín escondido en una pequeña cueva cerca de Uchuraccay. Y allí estaban las instantáneas del grupo rodeado por comuneros amenazantes, en escenas que tuvieron diversas interpretaciones y que desmentían la versión de que llevaban una bandera roja, que tenían armas, etc. Tampoco se veía a fuerzas del orden.

Pero esto era, final, un elemento más para la discusión.

Porque el mal rato para la Comisión llegó cuando el Tribunal Correccional de Ayacucho abrió instrucción en agosto de 1984 a los comuneros de Uchuraccay y llamó como testigos de concurrencia obligatoria a numerosas personas, militares y civiles y, entre estos, a Vargas Llosa, Guzmán y Castro, anunciando que el juicio se iniciaría el 28 de setiembre en la capital ayacuchana.

Así fue cómo Vargas Llosa debió enfrentar en noviembre de 1984 al agresivo juez Hermenegildo Ventura Huayhua, quien lo haría pasar uno de los peores ratos de su vida.



UN JUEZ INOLVIDABLE
Vargas Llosa se defendió de las críticas con la pluma, su incuestionable mejor arma, y en julio de 1983 publicó en inglés la extensa crónica “Inquest in the Andes” en el dominical del “The New York Times”, trabajo que luego se difundiría en la revista “Vuelta” de Octavio Paz y en otros medios con el título de “Historia de una matanza”.

Y cuando creía que su participación en el tema había terminado, recibió la notificación para declarar ante el Tribunal ayacuchano que presidía el juez Hermenegildo Ventura Huayhua, un oscuro abogado acobambino que al parecer gracias a su militancia aprista logró el nombramiento de vocal en la Corte Superior de Ayacucho, en marzo de aquel 1983.

Es probable que Huayhua viera en el juicio una buena oportunidad de lograr notoriedad imitando quizá a su amigo y mentor Carlos Enrique Melgar.

Los comisionados viajaron el 25 de noviembre de 1984 a Ayacucho y ese mismo día tuvieron una tensa conversación con el juez en la que, según se filtró, fueron informados de la intención de rebatir el Informe e incluso pedirles que lo retiren porque existían, dijo, evidencias de la participación de los militares en la ejecución de los periodistas.

Por supuesto, Vargas Llosa y los otros se negaron rotundamente. Y por eso al día siguiente al llamar al estrado a la Comisión, eligió primero a Vargas y envió a Castro y Guzmán a un balcón, donde no escucharían el testimonio de sus presuntos cómplices.

La tesis de Huayhua era que Vargas Llosa debía pasar de testigo a acusado porque su Informe encubría hechos que había conocido, sometiendo al escritor a un interrogatorio agotador, extenso y a veces ridículo.

Por ejemplo, insistió en que lucraba con el tema cobrando hasta 50 mil dólares por artículo; le exigió que le revelara cuánto dinero tenía en sus “ahorros en el exterior”, que si practicaba la “filosofía hedonista”, provocando risas en el auditorio y sorpresa en el testigo quien, a decir verdad, nunca perdió la compostura.

Fueron 15 horas de pie frente al Tribunal. Luego lo mandaron a su habitación bajo vigilancia policial y prohibición de salir por ningún motivo, ni para comer. Un guardia le alcanzó un pan con asado.

Al día siguiente interrogaron a Mario Castro y a Guzmán Figueroa en el mismo tono. Pero este, penalista y juez experimentado, no se dejó intimidar y defendió con energía la honradez de la Comisión, pese a que Huayhua gritaba: “¿Ganó o no ganó?”.

Huayhua logró estar en todos los medios informativos y adelantó su versión de los hechos, anunciando prácticamente que el Tribunal sentaría en el banquillo a Vargas Llosa.

En las semanas siguientes el juez Huayhua insistió en que haría “revelaciones sensacionales que dejarán malparado al escritor”, lo que al final provocó que las autoridades judiciales lo suspendieran y resolvieran, en agosto del 85, que el proceso sea trasladado a Lima.

Vargas Llosa se quejó amargamente del trato recibido en Ayacucho calificándolo de vejatorio y humillante en una entrevista en “El Comercio” (29.11.84) que al final añadió:

“Mario Vargas Llosa ha terminado, dijo, su actuación como testigo en este caso. Hoy al mediodía viajará invitado por la Universidad de los Andes para ofrecer una conferencia”.


Juan Gargurevich
Colaborador


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