Treinta años después

A treinta años de Uchuraccay, todavía retumba en mis oídos la voz del chofer de El Observador que había llegado hasta mi casa, ingresó por la puerta que estaba abierta (eran días de un calor extremo) y me encontró leyendo en la sala.

| 27 enero 2013 12:01 AM | Especial | 1.2k Lecturas
Treinta años después
UCHURACCAY
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–Han matado a Mendívil y Retto está herido. Vengo a llevarlo al periódico.

Era el sábado 29 de enero de 1983 y yo había salido al mediodía del diario luego de despedirme hasta el día lunes, pero antes de salir Víctor Tirado me detuvo para decirme que el Fiscal de la Nación había declarado en el aeropuerto a su llegada de Ayacucho que habrían seis periodistas desaparecidos.

Hacía cuatro días que no teníamos noticias de nuestros compañeros Jorge Luis Mendívil y Willy Retto en misión en Ayacucho desde hacía dos semanas. Pero pensábamos que estaban buscando las primicias que les habíamos encargado y a las que habíamos apostado para recuperar la ventaja que habíamos entregado a otros medios como el Diario de Marka y La República en el tema de la guerra que se desarrollaba en la sierra sur centro.

Contesté que había que estar atentos, sin considerar que en la casa que por entonces había alquilado con mi familia en Chaclacayo, no había manera de avisarme cualquier novedad porque no tenía teléfono. Lo que explica porqué el chófer tuvo que recorrer tan largo trecho para hacerme conocer la trágica y todavía confusa noticia sobre los periodistas emboscados en Ayacucho.

Llegué al local de la Av. Pershing donde estaba la redacción de El Observador y desde la puerta percibí que todos se estaban preparando para lo peor. La información de la que se disponía venía de distintas fuentes: el gobierno mantenía la versión de que los periodistas estaban desaparecidos pero que se habían recibido informes sobre un posible enfrentamiento con comuneros en Uchuraccay. Las agencias internacionales daban más detalles sobre muertos y heridos y lo mismo era lo que decían los colegas desde Ayacucho. En todas las versiones se hablaba sin embargo de campesinos matando periodistas, confundiéndolos con senderistas.

Como a las 8 de la noche llegó Alfonso Grados Bertorini, ministro de Trabajo y periodista, y directamente nos dijo:

- Están todos muertos.

Hubo un largo silencio y nos miramos Tirado, Espinel, Laureano Carnero, como esperando quién diría la primera palabra. Pero fue Grados el que dijo que no le pidieran detalles sobre los hechos y esperáramos un comunicado del gobierno que nunca hubo.

Luego llegó Oscar Retto, el padre de Willy, periodista y fotógrafo, que lloró amargamente su desgracia. Pablo Truel era el director de El Observador y se encontraba fuera de Lima. Llamó varias veces por teléfono para tratar de entender lo que había pasado.

De La República nos informaron que se había contratado un avión de Faucett para salir en la mañana a Ayacucho y que diéramos los nombres de los que iríamos. Al final solo fui yo y un fotógrafo, muy amigo de Oscar y Willy que casi exigió participar de este viaje.

El reloj marcaba más de las once cuando salí del diario para prepararme para el día siguiente. Nunca la Carretera Central me pareció más oscura. En la mañana a primera hora salí manejando con mi familia y a las 9 am estaba en el Jorge Chávez.

Ahí había una concentración de rostros conocidos: Guillermo Thorndike, César Hildebrandt, Mario Castro Arenas y muchos otros, algunos reporteros de la televisión, camarógrafos, fotógrafos, etc. Los titulares de esa mañana hablaban de “Salvajes”, “Bestias”, para referirse a los responsables directos de la matanza. Por un solo día las diferencias en la prensa, tan enconadas como las actuales, parecían haber desaparecido. Pero volverían con mucho más fuerza el días siguiente, cuando empezaron las interpretaciones.

Recuerdo el ambiente de la sala del cuartel de Los Cabitos, al lado de la pista de aterrizaje de la ciudad de Huamanga, en la que nos agolpamos los periodistas llegados de Lima, para recibir la información del general Clemente Noel que tuvo la ocurrencia de presentar los hechos como no confirmados, al indicar que un helicóptero del Ejército había detectado cuatro tumbas desde el aire, al lado de los cercos que marcaban el territorio de la comunidad de Uchuraccay y que posiblemente los ocho periodistas estarían enterrados allí, para lo que ya había viajado el juez para el desentierro.

Luego vino la teoría de la confusión de las cámaras fotográficas con ametralladoras que habría desatado una respuesta de los comuneros al sentirse amenazados. Finalmente indicó que había dispuesto de un helicóptero para llevarnos por grupos hasta el lugar de la tragedia.

Así llegamos hasta Uchuraccay donde las cuatro tumbas barrosas estaban ya abiertas y los cadáveres colocados en bolsas que fueron abiertas para poder fotografiar y filmar a los muertos. La comunidad, por su parte, nos miraba desde la falda del cerro, casi impasible, como visitantes extraños que no tardarían en irse.

Efectivamente había un clima de tensión a flor de piel, una familiaridad anormal entre los sinchis (policía antisubversiva) y los comuneros, y un hermetismo total para ofrecer alguna pista de por qué tanta muerte gratuita.

El helicóptero regresó cuando cerraba la tarde y parecía que no íbamos a poder salir. Y en el aeropuerto nos esperaba un Hércules con el motor encendido con el que regresamos a Lima. En el diario tenía que escribir en medio de violentos sentimientos. Pero ya entonces me era claro que la guerra ayacuchana estaba arrastrando a todo el mundo a la violencia.

La comunidad de Uchuraccay, como muchas otras, había tenido que optar entre las fuerzas en pugna. Los iquichanos se le habían rebelado a Sendero, pero eso lo entendían como que todo el que no fuera uniformado y atravesara sus territorios era enemigo y debía ser exterminado.

Los periodistas muertos el 26 de enero de 1983, iban a aclarar si realmente las fuerzas de represión habían logrado reclutar a las comunidades de altura para que fuesen parte de la guerra. De alguna manera este era el antecedente de las rondas que vendrían después. Pero intentar descubrir la nueva estrategia que estaba en marcha le costó la vida a algunos de los mejores hombres de prensa de su generación.


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