Tantas veces Lourdes

A Lourdes Flores la recordarán por sus derrotas sufridas cuando parecía tener todo ganado, que simbolizan el hecho que un país reputado muchas veces como conservador no sintonizó nunca con la derecha empresarial neta que el PPC trató de encarnar a través de los abogados especializados en grandes negocios y trasladados a la política para seguir sirviendo a los mismos patrones.

Por Diario La Primera | 03 oct 2010 |    
Tantas veces Lourdes

Más datos

EN RESUMEN

Nos atrevemos a resumirla en una sola idea: Lourdes y el PPC son el verdadero partido del sistema, la organización de los abogados del poder económico, el partido del orden represivo, aquel por el que el país, y ahora Lima, se ha resistido a votar, y que permanentemente ha vuelto por la ventana, como co-gobernante o parte de mayorías congresales pro oficialistas, o como oposición blanda, sometida al mandón de turno, en tanto cautela los intereses para los que trabaja.

Pero si a mí me pidieran escoger las imágenes que mejor traducen lo que fue el fracaso del proyecto de sucesión de Luis Bedoya Reyes y la frustración de la que pudo ser la primera presidenta del Perú o por lo menos la primera alcaldesa elegida por voto popular en Lima, no escogería las fatídicas fechas de los resultados de 2001, 2006 y 2010, sino tres momentos que me parecen mucho más elocuentes sobre el personaje y la política que le tocó representar.

El primer recuerdo que tengo en la cabeza es la noche en que el Congreso fujimorista votó para modificar la ley de referéndum e impedir que el enorme paquete de firmas (un millón y medio) contra la re-reelección pudiese ser convertido en una convocatoria a la consulta nacional. Introduciendo una “corrección”, que obligaba a sumar a la demanda ciudadana una “ratificación” en el Congreso (dominado por la dictadura) y con el control del JNE, la ONPE y el Tribunal Constitucional, el gobierno se zurró en el país.

Pero en la tarde en que el fujimorismo había dispuesto el asesinato del referéndum cientos, quizás miles de jóvenes, se apostaron en la Plaza Bolívar dispuestos a hacer la vigilia hasta la hora que fuera necesario para encarar a los responsables. La votación fue después de la medianoche. La mayoría borreguil aplastó los argumentos de la oposición y luego se retiró presurosa para eludir a la juventud indignada.

Entonces salieron Lourdes y Olivera a informar a los que estaban apostados en la plaza y no se querían retirar. Contaron lo que había pasado y cómo habían sido derrotados por enésima vez. Y anunciaron que continuarían luchando por la democracia.

Fue ahí que empezaron los reclamos cada vez más fuertes de los estudiantes: ¿pero no les da vergüenza ser siempre derrotados?, ¿cómo pueden continuar participando de un Parlamento que vota descaradamente contra el país?, ¿por qué no se retiran?, ¿no es la hora de la insurgencia?, ¿cómo se lucha por la democracia acompañando votaciones antidemocráticas?

Y Lourdes y Olivera seguían insistiendo que ellos estaban cumpliendo un papel necesario, que no le podían regalar el Parlamento al dictador, que ya vendrían otras “luchas”. Una pifia muy grande se sintió en la noche fría y no era contra el poder autoritario y abusivo, sino contra la oposición timorata y conciliadora cuyos exponentes más conspicuos estaban dando la cara.

- Ustedes son jóvenes aún, y ya entenderán, dijo Lourdes antes de retirarse junto con Olivera.

Dos años después, Lourdes y Olivera eran parte de los sectores políticos que se preparaban para atravesar otros cinco años con Fujimori en Palacio de Gobierno, pero, como se sabe, eso se cayó, porque Toledo, empujado por las fuerzas más decididas y democráticas, entre ellos con seguridad los jóvenes de la Plaza Bolívar, se salieron del libreto y le desordenaron los planes al re-reeleccionista.

Lourdes, que estaba en el estrado de los Cuatro Suyos el 27 de julio, había entendido por lo menos en parte que el dictador no se iba a ir por el método que ella y su partido aplicaron durante los diez años de la dictadura. Pero el 28 de julio, cuando la gente se batía en las calles, el PPC y su lideresa no estuvieron por ninguna parte.

Constitución fujimorista
La segunda escena, es la del CADE de diciembre 2005, a la que Lourdes Flores acude en calidad de candidata presidencial, favorita de las encuestas y le reservan la exposición final. Ahí, frente a lo más graneado de la clase empresarial, la postulante a la presidencia calculó el punto medular de su discurso y lo disparó en el momento preciso: no vamos a cambiar la Constitución de 1993, para no alejar las inversiones y no crear mayor inestabilidad política.

De inmediato, el auditorio, ciertamente en las antípodas de los jóvenes de la Plaza Bolívar, se puso de pie y la ovacionó por vario minutos. Lourdes había tocado el punto que todos quería oír.

El Perú de Fujimori que Toledo había preservado con el argumento de la “transición” que nunca llegó a ninguna parte, Flores lo garantizaba con su declaración del CADE, ante decenas de hombres de dinero que hicieron grandes utilidades en los 90 y aplaudieron con más o menos el mismo entusiasmo los discurso del “chino”, en los CADE de la época.

Efectivamente debemos tener un concepto muy pobre de la democracia y la decencia, para no distinguir al tipo de político que ha tratado de hacer el puente entre la dictadura y el sistema actual en el que las autoridades son elegidas libremente.

¿Cómo meter la democracia en el corsé de la Constitución de Fujimori? ¿Una garantía de “estabilidad” es igual a una de continuidad de contratos antinacionales, derechos disminuidos y carácter autoritario y represivo del Estado?

Lourdes Flores, que nunca creyó en la idea de enfrentarse a la dictadura y provocar su caída, tampoco ha querido poner en riesgo el sistema económico y político de los 90, que confunde con “estabilidad”, cuando es un mecanismo de privilegios, desigualdades y exclusión social y política, que vemos a cada paso.

Pero en el CADE en La Libertad del 2005, imaginándose segura ganadora la Flores ya no tuvo tapujos y se presentó como la garante de que la Constitución del artículo 82 (los contratos no se tocan), que elimina las empresas públicas, que desconoce los derechos comunales, no sería alterada. Aplausos del auditorio.

Otra Lourdes
La tercera Lourdes que tengo implantada en las retinas, es mucho más reciente. Es la del lunes 27 de noviembre en el debate con Susana Villarán. Esa mujer desaforada, que nunca se plantó así con la dictadura o con el poder económico, estaba visiblemente desesperada por anotar puntos y de ser posible lograr un nockout de su adversaria por el medio que fuera.

Poco antes la habíamos oído expresar su sentimiento íntimo: la municipalidad le importaba un comino, podían meterse la alcaldía al poto (¿quiénes?), lo que venía provocado por la sensación de volver a perder por tercera vez.

Pero nuevamente entonada (¿por quiénes?) pasaba al ataque como si le interesara apasionadamente el cargo que había despreciado. Esta Lourdes de combate, podría explicarse por el orgullo herido, de saberse superada por otra mujer a la que trató de ningunear. Pero quizás no era sólo vanidad de ganadora que siempre pierde.

Cuando nos preguntamos a quién responde la Lourdes Flores política, estamos tocando el punto clave que es saber lo que la hace conciliadora con unos (por ejemplo estar en primera línea en el matrimonio de Keiko o inspirar a su partido para que salven a Jorge del Castillo en el caso Petroaudios), o ser extraordinariamente dura con otros (el voto del PPC por la no derogatoria de las leyes de la selva cuando hasta el APRA había cedido; la ponzoña contra Villarán).

O lo que la lleva a considerar muy poca cosa para ella la alcaldía de la principal ciudad del Perú, pero creer que se acaba el mundo si una señora sonriente la derrota en una elección. ¿Cuál es la base política de estas contradicciones mucho más profundas que las que le imputan a Susana Villarán?

Raúl Wiener
Redacción

    Diario La Primera

    Diario La Primera

    La Primera Digital
    Diario La Primera comparte 119376 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.