Sueldo mínimo mortal

Es fin de mes. Matías Paiva, grifero de 28 años de edad, recibe su sobre de pago. Lo abre con ilusión, pero le han descontado quince soles. “La empresa, como el cliente, nunca pierde; el trabajador es el culpable”, dice. Matías sabe que su plata no le alcanzará para mucho, porque, además de los quince soles le aplican los descuentos de ley (13%). Saca su cuenta y sabe que su dinero perderá por goleada contra las cosas que pensaba comprar. El sueldo mínimo (550 nuevos soles) no es nada y esto lo sabe Matías y por eso le quita horas a su familia y se lo dedica a otro trabajo. Doble trabajo, doble magro sueldo..

| 01 mayo 2008 12:05 AM | Especial | 2.4k Lecturas
Sueldo mínimo mortal

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DATO

La Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) ha pedido que el sueldo mínimo vital suba, de manera escalonada, a 800 soles. A pesar del crecimiento constante de las cifras macroeconómicas, el 40% de la población peruana  sigue en la pobreza y el 22% en la extrema pobreza.
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El gobierno publicita sus obras con el lema ‘El Perú Avanza’; pero Matías dice que ese avance no se nota. “En enero de este año, nos aumentaron cincuenta soles; en octubre de 2007, treinta soles y en enero de ese mismo año, veinte soles”, dice. Así, todo indica que las cifras macroeconómicas avanzan, crecen y el sueldo también avanza pero a una velocidad que da pena. Los precios suben por el ascensor y los salarios por las escaleras.

Hace cuentas
Parece que Matías Paiva tiene una calculadora en la cabeza. Le pido que haga una suma hipotética del dinero que gastaría durante un día y empieza y no hay cuándo termine. “Me levantaría temprano y me desayunaría dos panes con jamón del país y un vaso de leche. Dos soles. Iría a mi trabajo en combi cómoda. Un sol cincuenta. Almorzaría un caldo de gallina y un lomo saltado. Seis soles. Por la tarde, un vaso de chicha no estaría mal. Un sol. Las cenas me gustan mucho. Seis soles. Ah, nos olvidamos del pasaje de regreso. Un sol cincuenta más. A ver, sumemos. Sale catorce soles con cincuenta centavos. Digamos catorce soles para multiplicarlo más fácil por 30 días. Sale 420”.

Con esa modesta aspiración de gasto, a Matías no le sobrará nada. Esto quiere decir que Matías no se debe enfermar, ni debe ir al cine, ni comprarse un helado, ni una camisa. Matías dice que, sin problemas, viviría así por un tiempo; pero no puede. Tiene un hijo y una esposa enferma, y la pasa mal.

Sara está contenta.
Sara Quispe, la doméstica de la familia Cisneros, sabe que gana poco. Pero igual cuida a Renato casi todo el día. Dice que ya se encariñó con él. “Me pagan 400 soles, pero me dan de comer, un espacio para dormir y pasajes cuando salgo los domingos a la casa de mi tía que vive en Puente Piedra”, dice Sara, de 18 años de edad y flaca como un palo. Ella no sabe qué es AFP, descuentos ni el sueldo mínimo vital; pero está contenta.

“Desde que llegué de Yungay es el mejor trabajo que he encontrado”, señala y yo, sorprendido, pienso en las penurias que pasó ese lugar que en la década del 70 un terremoto lo convirtió en polvo. En Lima, Sara ha trabajado en restaurantes, panaderías, lavanderías. “En todos esos trabajos me pagaban menos de 400 y me hacían trabajar duro”, dice.

Sara quiere acabar la secundaria en la nocturna para estudiar enfermería. “Quiero ayudar a mi familia, porque mi padre murió enfermo, pidiendo ayuda que nunca llegó”, dice. Le daban su pensión, pero no alcanzaba para nada.

Hay miles y miles de ‘Saras’ que trabajan sin contrato y con sueldos nimios: la señora que vende caramelos en los carros con un bebé en los brazos, el hombre que parcha avenidas rotas para estirar la mano por una propina, el que limpia parabrisas en los paraderos, el pescador de botecito triste, el datero de las combis que se gana la vida en las esquinas, el ambulante que vende mucho pero gana poco, el campesino trabajador mal pagado, la chica que atiende en las cabinas de Internet.

Me encanta el Chat
“Trabajo desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche”, dice Mariliz, ojos claros, uno sesenta de estatura, cabellos ensortijados, pantorrillas hermosas, 20 años de edad. “Doce horas por 500 soles”, dice. Ni siquiera el sueldo mínimo. Mariliz no tiene tiempo ni plata para estudiar en la academia preuniversitaria como le había prometido a su novio que haría cuando terminaron la secundaria; no tiene tiempo para ir a visitar a su madre que la envió a Lima para que ingrese en la Universidad; no tiene tiempo para las amigas que van a fiestas; no tiene tiempo ni para hacer tiempo.

Está encerrada seis días a la semana entre computadoras, abriendo y cerrando las rejas de un local de la avenida Garzón; entre jóvenes que, golpeando las teclas, se ríen frente de pantalla; apuntando cuántos entraron en la mañana, cuántos en la tarde, a quién le falta para completar la hora, quién ya cumplió las horas de promoción para que le regalen una hora gratis.

En sus ratos de ocio, generalmente a la hora del almuerzo, Mariliz descansa con su plato del menú sobre el teclado. “Ese momento es el que más me gusta”, dice “Me encanta el Chat, agrega, porque puedo hablar con mis hermanos que se quedaron en Huánuco”. Ella quiere volver a Huánuco, pero debe juntar dinero. ¿Cuánto tiempo? No sabe.

Paco Moreno
Redacción


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