Siria en el ajedrez político

El sangriento levantamiento contra el régimen de Bashar el Asad ya dura un año. Lo que comenzó siendo parte de la revolución democrática en los países árabes gobernados por regímenes nacionalistas de vieja data, se ha ido ensombreciendo con la muerte de 9 mil sirios.

| 07 abril 2012 12:04 AM | Especial | 1.4k Lecturas
Siria en el ajedrez político

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En las últimas semanas, el enviado de la ONU, Kofi Annan, incrementó sus esfuerzos para poner fin a la violencia, lo que incluye la aplicación de un plan de paz para el retiro de las fuerzas militares de las ciudades el 10 de abril y el cese del fuego. Pero muchos dudan del cumplimiento de los plazos.
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Defensores del régimen como la escritora Nadia Khost afirman que entre los rebeldes se cuentan combatientes de Al Qaeda financiados por países petroleros como Qatar y Arabia Saudí. Otros señalan que los “islamistas” sirios son nada menos que los “Hermanos Musulmanes”, con sede en Londres, los que controlan el Consejo Nacional Sirio y el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos.

Sus detractores los acusan de haber abandonado sus posturas contra Occidente y de haberse convertido en propugnadores de una democracia de corte occidental. De acuerdo a esa versión, el único obstáculo para los planes de las grandes potencias e Israel en el Magreb y en el Oriente Próximo, es el régimen sirio, aliado de Irán y del movimiento Hizbulah en el Líbano.

Otros opinan que el país se ha convertido en un juego de ajedrez en el que las distintas potencias mueven sus fichas. Algunas, como Irán y Rusia, apoyan al régimen; otras, Qatar, Arabia Saudí o Turquía, alientan la insurrección armada, mientras Occidente e Israel juegan a debilitar al régimen pero no quieren su caída.

“El desarrollo del conflicto dependerá de en qué medida unos y otros apoyen a las facciones que empiezan a dibujarse, y esto será a costa de la propia integridad de la sociedad siria, que sufre en su carne la represión”, afirma el analista Gutiérrez De Terán.

Otros, como Luiz Alberto Moniz Bandeira, señalan que la caída de Asad eliminaría la presencia de Rusia de sus dos bases navales (Tartus y Latakia), cortaría las rutas de suministro de armas para las organizaciones pro chiíes (Hezbollá, en el Líbano, y Hamás, en Palestina), detendría el progreso de China hacia las fuentes del petróleo, y aislaría completamente y estrangularía a Irán y al gobierno de Mahmoud Ahmadinejad.

“El resultado de la ecuación, al modificar por completo el equilibrio de fuerzas en el Oriente Próximo, sería el establecimiento por Estados Unidos y sus socios de la Unión Europea de una ‘full-spectrum dominance’ es decir, la supremacía completa territorial, marítima, aérea y espacial, así como la posesión de todos los activos del Mediterráneo. Y los recursos naturales (petróleo y gas) de la zona”, señala Moniz.

Los rebeldes
La versión de los rebeldes es más simple. Para ellos la única opción es acabar con el régimen corrupto que ha copado el gobierno, el Poder Judicial y Legislativo, y la cúpula militar. El aparato de corrupción y despotismo no ha dejado una sola estructura social de ningún tipo en la que no haya esparcido sus virus para impedir que trabajara y convertirla en una estructura dependiente del partido único “líder del Estado y la sociedad”, señala el analista Mania al-Jatib.

Hussein, uno de los 200 mil refugiados en El Líbano, afirma: “Ya no existe ninguna ley en Siria. Soldados o matones contratados por el régimen eliminan a los hombres, mutilan a los niños y violan a nuestras mujeres. Si no lo hacemos nosotros, nadie hará que rindan cuentas esos perpetradores”.

En sus declaraciones, el deseo de venganza está latente. “Me han arrestado dos veces. Me torturaron durante 72 horas. Me colgaron de las manos hasta que se me rompieron las articulaciones de los hombros. Me quemaron con hierros calientes. Evidentemente quiero venganza”.



El hombre dice que perdió a tres tíos, todos asesinados por el régimen. “A uno lo mataron con sus cinco hijos”, dice. “Sus asesinos no merecen piedad”. Hussein cree que la violencia forma parte de la sociedad siria. “Los niños en Francia crecen con el francés y aprenden a hablarlo a la perfección. Nosotros, los sirios, crecemos con el lenguaje de la violencia. No hablamos otra cosa.”

Los rebeldes de Homs comenzaron a realizar ejecuciones regulares en agosto del año pasado, poco después de que el conflicto interno comenzó a agudizarse, según revela Abu Rami, un miembro antiguo de la milicia. “Desde el verano pasado, hemos ejecutado a algo menos de 150 hombres, lo que representa cerca de un 20% de nuestros prisioneros”, dijo Abu Rami. Los prisioneros que no son condenados y sentenciados a muerte son intercambiados por prisioneros rebeldes o manifestantes detenidos.

Pero los verdugos de Homs han estado más ocupados con los “traidores” de sus propias filas que con los prisioneros de guerra. “Si descubrimos a un suní espiando, o si un ciudadano traiciona la revolución, actuamos rápido”, explica.

Estos datos revelan que la oposición no está unida y que las divergencias son continuas. Según Abu Rami, la brigada de entierro de Hussein ha matado entre 200 y 250 “traidores” desde el comienzo del levantamiento. “Siria no es un país para delicados”, concluye.

La actuación de los rebeldes está bajo supervisión de organismos como Human Rights Watch, que condenó sus acciones como “serios abusos de los derechos humanos”. Pero los refugiados consideran injusta la crítica: “Nosotros los rebeldes tratamos de defender al pueblo. Estamos combatiendo contra asesinos. Cuando los capturamos, debemos golpear duro”, dice Abu Rami.

Hussein afirma que asesinó a un chií, que había confesado el asesinato de mujeres cuyos esposos e hijos habían protestado contra el régimen del presidente Bashar al Asad. Por ello, los rebeldes decidieron que el soldado del ejército también debía morir.

Solo un puñado de hombres matan en nombre de la revolución. De la tortura se encargan otros; los que conforman la llamada brigada de interrogatorio. “Ellos hacen el trabajo sucio”, dice Hussein, en un hospital de la ciudad de Trípoli. Resultó herido cuando un trozo de metralla se incrustó en su espalda durante la invasión de Baba Amr por el ejército, a inicios de marzo.

DERRAME DE SANGRE
El año pasado, Homs fue la capital de la revolución y hasta hace unas semanas, los rebeldes controlaban vecindarios enteros, especialmente el distrito de Baba Amr. Pero el área fue invadida por tropas del gobierno. La lucha entre los rebeldes y las fuerzas gubernamentales ahora tiene lugar en el vecino distrito de Khalidiya.

Hace poco, el régimen anunció “un programa de reformas”, celebró un referéndum sobre la nueva Constitución y convocó a elecciones legislativas para el 7 de mayo, acciones que para la oposición son un mero maquillaje

En este contexto, el representante de Siria ante las Naciones Unidas (ONU), Bashar Jaafari, denunció que seis mil 143 personas han muerto en la nación a manos de grupos armados. Entre ellos 204 mujeres y 156 niños, 478 policías y dos mil 88 militares miembros de las fuerzas de seguridad.

Pero tras esas versiones, el bombardeo de Homs, bastión de los rebeldes, conmovió los cables internacionales que dieron cuenta de miles de víctimas en las últimos meses, cifra que elevó el número de muertos a 9,000, según cifras de la ONU.

En las últimas semanas, el enviado de la ONU, Kofi Annan, incrementó sus esfuerzos para poner fin a la violencia, lo que incluye la aplicación de un plan de paz para el retiro de las fuerzas militares de las ciudades el 10 de abril y el cese del fuego. Pero muchos dudan del cumplimiento de los plazos.

Mientras tanto, en Damasco, el jefe del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), Jakob Kellenberger, intenta acelerar la distribución de ayuda a las personas afectadas por la violencia y negocia el acceso a los centros de detención, mientras la suerte de los sirios aparece sombría en el horizonte.


Efraín Rúa
Redacciòn


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