Schwarz, fotógrafo subjetivo

EL FOTÓGRAFO. Herman Schwarz Ocampo (Lima, 1954) trabajó en “Informativo Agrario Allpa”, “Marka”, “La Calle”, “El Caballo Rojo”, “Testimonio”, “Quehacer”, “Monos y Monadas”, “Sí”, “La República”, “El Peruano”, “El Comercio”, “La Primera”… En los 90, coordinó la difusión del Taller de Fotografía Social (TAFOS) en Lima, Cusco y Puno. En los 70, estudió pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en el Forest Park College en Saint Louis, Missouri (EE.UU.).

| 28 abril 2012 12:04 AM | Especial | 5.2k Lecturas
Schwarz, fotógrafo subjetivo
Casi no hay personaje de la vida cultural peruana que no haya sido retratado por el fotógrafo Herman Schwarz.
Herman Schwarz recuerda en esta entrevista algunos personajes emblemáticos que retrató en sus tres décadas en el oficio de fotógrafo.

Más datos

POLÍTICA. En una de sus clásicas fotografías figura un Alan García apostado entre ceja y ceja de un Haya de la Torre enmarcado en cuadro. “Claro, Víctor Raúl es un pensador, parte de nuestra historia; la parte positiva de nuestra historia, ¿no?”, dice Schwarz: “Y esta es la plataforma que usó Alan García para ser presidente en su primer gobierno”.
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Herman Schwarz, fotoperiodista peruano, ha sorprendido con su trabajo en medios de comunicación desde los años 70. Hace poco culminó su exposición antológica “Al ras del suelo. La imagen documental, antológica de Herman Schwarz (1979-2011)”, donde ocupan un lugar especial los artistas de las letras y la plástica.

Entre los que eligió para su exposición figuró Víctor Hurtado Oviedo, tal vez “el más desapercibido” de sus retratados, comenta Schwarz sobre el autor de “Pago de letras”. En la foto, Hurtado descansa tras su escritorio, frente a una biblioteca cual inacabable muro.

—A Víctor le encantan los libros; le gusta el libro como objeto. Una vez le pregunté: “Oye, ¿tienes tiempo para leer todos esos libros?”. “No, ¿estás loco?”, me dijo: “Si los leyera, no tendría tiempo de comprarlos”. Me regaló un libro en fotografía; y lo autografió: “Para Herman Schwarz, hombre de grandes objetivos en su vida”. ¡Tiene cada frase!

Sin embargo, la galería no es el sitio natural de Herman Schwarz.

—Mi sitio natural es la prensa —afirma.

La prensa inmediata y la mediata, en forma de libro. Se recuerda de esta última el tándem que formó con Edgar O’Hara para la publicación de una serie de libros sobre entrevistas a escritores. De ella sobrevive, por ejemplo, una fotografía del escritor argentino Jorge Luis Borges bien conocida, donde el autor de “Ficciones” ensaya un rostro de fiera.

—Debe estar riendo —contradice Schwarz—. Caminábamos con O’Hara en Buenos Aires, con 33 grados centígrados, y un tipo le grita a él: “¡¡¡Huevo!!!”, y se acerca. Y le dice que estaba haciendo su tesis sobre Borges ¡con Borges! Nos dio su teléfono. Y la mañana siguiente, tras el desayuno, “El Huevo” O’Hara llamó. Dijo: “Llamo de parte de Mario Vargas Llosa, somos periodistas de Lima…”. Edgar conocía a Mario, pero no había pedido recomendación… Nos citaron en media hora en un “pent house” de un edificio de seis pisos, creo. Borges se sentó en un sofá frente a una ventana, en una luz maravillosa. Y al terminar la entrevista, se para y me dice: “¿Me quiere hacer algunas fotos?”. Había tomado unos tres rollos, pero no se había dado cuenta.

Del poeta César Calvo recuerda que era…

—Un encanto —dice Schwarz— con su bastón de empuñadura de plata.



—¿Era un dandi Calvo?

—Recontra.

Un dandi de zapatos gastados.

El vate de la música Juan Gonzalo Rosé, en primer plano, con el segundo plano del periodista César Lévano, es otra de las fotografías que recuerdan una época que perdura.

—Fue en la casa de César. Estaban grabando un documental sobre la vida de Juan Gonzalo.

Cesáreo “Chacho” Martínez con Gregorio “Goyo” Martínez es otra dupla de la bohemia de literatura y bares… y extrabares.

—Chacho era pata. Cuando trabajaba en “El Peruano”, recalaba siempre por ahí, en el “Chino Chino”, en la avenida Colmena, a media cuadra de la Casona de San Marcos. Muy creativo, siempre con un libro bajo el brazo. La foto con “Goyo” fue para una nota que se llamó “Travesía de extrabares”, no de “extramares”, como en el poema de Martin Adán. “Goyo” cuenta una historia de una borrachera de tres días que comienza con Martin Adán y termina con un muerto en su sala. Uno de los ‘pachangueantes’ se murió en el camino.

Su producción fotográfica recorre la política peruana, la literatura nacional y universal, la violencia política de los 80, las “historias” que se encuentran cada día en la calle en los parajes más recónditos como los más visibles de este Perú que recorrió con su cámara alrededor de treinta años. Por ello su palabra pesa cuando se refiere a la pérdida del respeto a la fotografía en algunos medios de comunicación:

—Hay fotógrafos buenos, pero no sé dónde está el problema. “Somos” era una buena revista en la época de Fernando Ampuero; un “Caretas” soñado. Con Óscar Malca entró la música, la ilustración, pero la revista seguía en una línea correcta. Ahora, en cambio, es un catálogo de compras. Realmente, da pena, porque ahí hay extraordinarios fotógrafos que te hacen historias con imágenes: son de primera. Pero ahora es todo turismo de aventura, cocina... Cuando yo empecé a hacer fotoperiodismo, a nadie le interesaba lo cultural. Ahora la página cultural ya (casi) desapareció. En “Correo” o “Perú21” no existe. Piensan que la cultura, el arte, la literatura no vende. Y están equivocados. La cultura vende lo que no puedes comprar con dinero, que es prestigio. Lo que pasa es que cuando los economistas empiezan a dirigir los medios, todo se tergiversa.


Pilar Millones, sentada, y Víctor Humareda bailando con Ibeth Taboada.

El cuarto de Humareda

Una cama, un closet, una mesa de noche, dibujos, libros, maleta con pinceles, cosas para pintar; al pie de la cama, un sillón lleno de trapos de colores, que era como su “pantone”, el mostrario de colores; y su caballete, y al pie, como 50 botellas de aguarrás. Esa es la descripción que hace Schwarz del cuarto del pintor puneño Víctor Humareda en el Hotel Lima, en el distrito limeño de La Victoria, donde vivió alrededor de 30 años.

—Usaba el aguarrás más bravo, el más recio, para limpiar sus pinceles. Ese aguarrás, que era un barro sucio, lo vertía en una botella vacía y lo dejaba sedimentar, y una vez que bajaba el óleo, echaba el aguarrás en otra botellita para seguir usándolo. Ese sedimento lo tiraba y se acumulaba detrás del caballete. Lo que él creó ahí, en ese espacio cerrado de su habitación fue una cámara de gas que, creo, le produjo un cáncer a la garganta que después lo mataría. Yo iba a visitarlo a su casa. Un día de esos me dice “Mira lo que me ha salido”, y me enseña un bulto. “Me ha visto un doctor de Neoplásicas. Me dijo que mañana me interne. Quiero que vayas”. “¿Y tu familia?”, le pregunté. “No tengo a nadie. Solo dos hermanas que viven en Arequipa”. Y ahí me di cuenta que no tenía familia en Lima.

Schwarz estuvo ahí, en ese espacio pequeño y desvencijado, como desportillado, donde vivía el pintor de alma alegre y prístina a quien vio por primera vez en el libro escolar de quinto de media de artes plásticas. En ese libro ilustrado sobre la historia de la pintura peruana, Humareda destacaba entre tantos abstractos.

—Las fotos que veía de él en la prensa eran muy malas, con flash, planas, que no le hacían justicia. Tú veías sus pinturas y eran otra cosa. Entonces, cuando el año 1979 lo vi leyendo la revista “Marka”, donde yo trabajaba, en la canchita de San Fernando, donde los maestros del Sutep se reunían a hacer su asamblea, le hice algunas primeras fotos.

Siguió luego una sesión al paso en la presentación de un libro del poeta Juan Gonzalo Rosé y, después, en el cuarto de hotel del pintor. Schwarz recuerda que Humareda no tomaba alcohol nunca.

—No lo necesitaba. Él entraba, por ejemplo, al bar Palermo, que quedaba por la Casona de San Marcos, y estaba Juan Gonzalo Rosé, Oswaldo Reynoso, Martín Adán… todo el mundo recalaba ahí… Pancho Izquierdo, y llegaba sano, pedía su manzanilla y era el que hacía divertirse a todo el mundo. Era el alma de la fiesta. Además, si él pudiera, le hubiera echado la manzanilla al azucarero, porque se ponía como cinco cucharadas. Le gustaba el dulce. Yo pensaba que el sabor de la cerveza le debía parecer asqueroso. Una época iba los domingos a mi casa; yo llamaba a unos patas para conversar y armábamos un grupo. Un día servimos esos vinos borgoña dulces, con los que te emborrachas y te duele la cabeza tres días. Le encantó. Se tomó varias, y se picó. Creo que no le gustó la resaca, porque la siguiente semana conseguimos el mismo vino y no quiso tomarlo nunca más.

Entre las fotografías del pintor, Schwarz tiene algunas en el hospital de Neoplásicas, en pijama. Era la víspera de la operación. Humareda bailaba en pijamas.

—Era un tipo muy especial. Nadie vive en un hotel 30 años de su vida, en un cuarto donde ni siquiera había un enchufe. Pero sí tenía un foco y de ese foco tuvimos que conseguir esos adaptadores para conectar un enchufe para poder poner un tocacasete que le regaló una persona cuando estuvo en el hospital.

“Víctor Humareda. Imagen de un hombre” (Jinete Azul Editores, 1989), que con “Martín Chambi: corresponsal gráfico”, en “La recuperación de la memoria: el primer siglo de la fotografía, Perú 1842-1942” (Fundación Telefónica, 2001), conforman dos piezas claves de la producción literario-fotográfica de Herman Schwarz.


Marco Fernández
Redacción


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