Rosa, el demonio y la Tierra Prometida

Rosa era menuda y ágil como una laucha. Vestía de negro, pero rebosaba de buen humor y cariño. Todos la queríamos y no recordábamos cuándo había venido ni nos preguntábamos cuánto seguiría trabajando en casa. Mi padre, cuyo paladar había sido educado en El Tropezón, elogiaba los platos de Rosa. Mi madre, que había sido enfermera, encomiaba su pulcritud. El jardinero Michele, taciturno y formal, nunca se quejó de lo que le servía Rosa, y al terminar de comer limpiaba minuciosamente su plato con un pedazo de pan. Y mi perro Daqui, mi gato Mustafá y yo contábamos con la paciencia y la generosidad de Rosa.

| 14 agosto 2011 12:08 AM | Especial | 1.7k Lecturas
Rosa, el demonio y la Tierra Prometida
(1) Bunge deja por un momento la Filosofía para regalarnos un cuento. (2) Un relato de amor y de la vida para guardar.
Primicia: cuento hasta ahora inédito del humanista y filósofo argentino Mario Bunge.

Más datos

DETALLE

Desde que publicó “La ciencia, su método y su filosofía” (1960), el humanista y filósofo de la ciencia Mario Bunge se ha dado el gusto de incursionar en distintos campos del conocimiento humano. Bunge, quien se ha confesado “papayadicto”, en vista de las múltiples propiedades de esta fruta, ha declarado que su dedicación al conocimiento se debe a una particular curiosidad. Ahora, casi a sus 92 años de edad (nació el 21 setiembre de 1919), el intelectual argentino ingresa a la literatura con este cuento hasta hoy inédito.
1762

Rosa la buena, Rosa la sonriente, Rosa la puntual, Rosa la cumplidora, Rosa más confiable que el molino y tan enraizada como el ombú. Nadie esperaba sorpresas de parte de Rosa. Pero una mañana Rosa nos sorprendió al presentarse en la cocina vestida con su ropa de salir, su bolso con espejito y su vieja maleta de cartón. Estaba pálida y ojerosa, y le temblaban las manos. No esperó a que la interrogaran y dijo:

—Me voy, doña María. No puedo quedarme, porque anoche quiso meterse en mi cuarto.

—¿Quién quiso meterse, Rosa?

—El demonio, señora. Bajó por la chimenea y estuvo golpeando a mi puerta. Toda la noche. Y yo rezando por mi alma.

—¿De qué demonio está hablando, Rosa? Aquí no hay demonios.

—¡Ah, usted no sabe, doña María! Michele es un demonio.

—¿Michele? ¡Si es un santo! Pregúntele a Marucho las picardías que le ha perdonado Michele.

—Con las mujeres es diferente. No hay nada que hacer, doña María. Me voy ahora mismo. Salúdemelo al doctor. Adiós, señora. Adiós, Marucho; pórtate bien. Que Dios los bendiga. ¡Cuidado con Michele, que es un demonio!

Es claro que no creímos la acusación de Rosa, porque Michele era derecho y joven, mientras que Rosa era todo menos linda. La pobre debe haber tenido una pesadilla, o quizá un dulce sueño.

¿Quién era Michele Buontempo? Era un aldeano que había inmigrado recientemente del Véneto porque en su paese no tenía tierra ni empleo. Mi padre lo apreciaba y respetaba porque Michele era trabajador e inteligente, entendía de árboles y de plantas, y con él discutía sus proyectos mano a mano.

Siempre había qué hacer en el amplio jardín-huerta, donde crecían rosales de 120 variedades, que mi padre había injertado, junto a plantas de alcauciles; un hermoso cedro azul enfrentaba a una hilera de cipreses poblados de calandrias. Todo eso rodeaba al ombú más grande y lindo de la zona, y que le prestaba su nombre a la casa-quinta.

Michele era fornido, reservado y no bebía. Escribía regularmente a su familia y zurcía su ropa y componía sus zapatos con herramientas que había traído de su aldea. Nunca se confió en nosotros: no nos dijo porqué estaba triste, aunque era fácil adivinarlo. Argentina creció acogiendo a millones de campesinos sin tierra, solitarios y tristes pero animosos como Michele.

Poco después de la partida de Rosa llegó su reemplazante. Se llamaba Clotilde, era huérfana y salía de un convento. Mi madre tuvo que enseñarle todo. Yo la acosé a preguntas, que ella no supo responder. Una vez le pedí que ubicara a Argentina en el mapamundi. Nada. Luego, que me mostrara dónde quedaba Buenos Aires en un mapa del país. Nada. Finalmente, le mostré el mapa de la Tierra Santa incluido en la primorosa edición de la Biblia que tenía mi padre. A Clotilde se le iluminó la cara: ese era el mapa que le habían enseñado las monjas. Ya no volví a hacerle preguntas a la Cloto.

A mí no me interesaba Clotilde, pero a Michele sí. Comiendo con ella se le desató finalmente la lengua. Se lo oía canturrear bajito mientras trabajaba, e iba a la cocina con pretextos. La Cloto respondió comprándose ropa nueva y montones de cremas y colores para la cara. Michele se compró un epistolario sentimental y le escribió cartas de amor a la Cloto. Lo sé porque fui su confidente y emisario, pese a que (o debido a que) yo no era sino un mocoso de ocho o nueve años.

Un día Michele pidió hablar con mi padre. Los dos hombres hablaron un buen rato. A la noche mi padre contó que Michele le había dicho que quería casarse con Clotilde, y le pidió ayuda. Mis padres, casamenteros contumaces, estaban entusiasmados. Mi padre recurrió a su amplia red de amigos y conocidos. A poco le dijo a Michele que un colega en General Roca, sobre el Río Negro, le habló de una granja en venta, en la que se podía cultivar manzanas y peras sin temor a las plagas que terminarían matando a los frutales del Delta del Paraná. Mis padres estaban dispuestos a completar los ahorros de Michele. Todo pasó a gran velocidad. Al cabo de un año recibimos una carta de Michele contando que era flamante padre de una chica, Eva, y que la granja prometía.

Pocos años después Michele se presentó de sopetón, y contó llorando que Clotilde había enloquecido, y que había tenido que internarla en el Hospicio de las Mercedes. Esto fue lo último que supimos de Michele Buontempo, el mejor quintero-jardinero que tuvimos. Había llegado a la Tierra Prometida aportándole sus habilidades inusuales, pero ella le había fallado.

He intentado terminar la historia sin más datos. La mejor continuación que imaginé fue esta: la granjera vecina que había cuidado a Eva durante la ausencia de sus padres enviudó y se unió con Michele. ¿Quiere más? Las frutas se vendieron bien, Eva estudió agronomía en La Plata, y acabó administrando una cooperativa frutícola en el valle del Río Negro. Y Michele perdonó mis perrerías. La Tierra Prometida terminó cumpliendo su promesa.


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