Retratista de una nueva Lima

Hace diez años, Daniel Pajuelo Gambirazio (1963-2000), tuvo el despropósito de morirse. Empero dejó un legado que se testimonia en imágenes que muestran esa Lima tumultuosa y provinciana en la que se ha convertido hoy la capital.

Por Diario La Primera | 15 set 2010 |    
Retratista de una nueva Lima

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Homenaje. Hoy miércoles 15 de setiembre, a las ocho de la noche se inaugura una muestra fotográfica en homenaje a Daniel Pajuelo. También se presentará el pliego #13 de la revista “Ojos Propios” en una edición especial dedicada a este fotógrafo. Amenizarán el homenaje Voz Propia 87`, Los Aeropajitas, Eeter- K, Los Mojarras, La Sarita (acústico), Nación Combi, Kade y Raúl Montañez. Solo faltará don Lorenzo Palacios, Chacalón.

Memoria social

*En 2006 el archivo de Pajuelo fue donado por sus herederos a la Pontificia Universidad Católica del Perú, ingresando a la colección del Archivo Fotográfico TAFOS / PUCP ubicado en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

*La cantidad de imágenes que han sido donadas alcanza un total de cinco mil novecientos noventa y cinco (5,995) fotogramas en blanco y negro, además de noventa y siete (97) fotogramas en color, tomadas entre 1980 a 1999.

Ya sea el Cristo panzón, con rasgos andinos, crucificado en una Semana Santa en los cerros de Comas; el quinceañero, con todo el familión en una humilde casita de El Agustino; la “putita” haciendo la pose de La Arañita en el Trocadero; o el payaso triste del circo Perejil, en un polvoriento asentamiento humano son las imágenes de Daniel Pajuelo que nos muestran testimonios de esa Lima que ya no tiene alma de tradición.

Sus fotos son postales de una nueva sensibilidad producto de la mixtura que se produce con la migración del campo a la ciudad, de la Lima que hace rato luce un rostro provinciano y que desde los años setenta para adelante tiene en la música chicha su banda sonora, especialmente en Chacalón, una especie de Jim Morrison de los cerros “con ventanas” (Paisana Jacinta, dixit).

El Chato Pajuelo, como lo conocían propios y extraños, captó en blanco y negro a través de su lente esa capital bullente, con personajes que emergen de las riberas de los ríos, los arenales y las faldas de los cerros.

En Tafos.
Según palabras de su madre, de chico (o de niño), el Chato Pajuelo quiso ser arquitecto. Incluso postuló sin suerte a una prestigiosa universidad particular. Luego entró a otra para estudiar Economía, pero la dejó porque no se veía analizando los índices inflacionarios o el PBI.

En el primer lustro de los años 80’ empezó a trabajar en el Centro Antirrábico de Comas, y acaso allí empieza a descubrir una ciudad más allá del Centro Histórico. Esa que se levanta en la madrugada, sale a trabajar y viaja en combi o en microbús. Seres y escenas que merecían ser retratados.

Fue en esos años -en medio de la efervescencia de Los Shapis y Chacalón, o la movida subterránea, con Daniel F y Leuzemia a la cabeza-, que conoce a Thomas Müller, un alemán que estaba organizando unos talleres de fotografía social en El Agustino, lo que después sería Tafos (Talleres de Fotografía Social). Era 1986.

Agustino underground
Cámara fotográfica al ristre, Pajuelo empieza a disparar a diestra y siniestra. En El Agustino, su carácter anarquista, rebelde y contestatario, toma forma. Algo le fascinaba del lugar. Talvez la precariedad de sus gentes: la encendida asamblea comunal, los choros y fumones de la avenida Riva Agüero, las chicas de la vida alegre a diez “luquitas” el polvo… Todo lo visto y vivido debía registrarse. Esa era su visión del mundo. Lo marginal, lo underground.

“Cuando deja el ‘Agucho’ y comienza a viajar esporádicamente por el país, se encuentra con los mismos provincianos, emigrantes, que asumen hoy el papel del Perú profundo, cada vez más difícil de describir e interpretar”, ha dicho Muller.

La pasión por la fotografía lo llevó a estudiar periodismo en la Escuela Bausate y Mesa. La periodista Rosario Rojas, compañera de carpeta del “Chato”, lo recuerda como un tipo bromista, jodedor y sonriente. “Era el pata de todos”, rememora. “También tenía una gran sensibilidad social. Anécdotas hay muchas como cuando fue detenido por revoltoso, ¡quién no era revoltoso en esa época”.

Fuera de la escuela y tras la experiencia de Tafos, Pajuelo entra al diario El Mundo. Luego pasó a El Comercio. Pero él no era el típico reportero gráfico de comisión diaria. Era el artista que había descendido a los infiernos y lo conocía de cabo a rabo, que sabía que la realidad no era solo lo que se ve sino lo que tienes adentro. Sus imágenes desenfadadas son la mejor muestra.

Lleno de proyectos, un tumor cerebral maligno termina con su vida, para cumplir acaso esa sentencia de James Dean, de morir joven para ser un cadáver hermoso.


Helio Ramos Peltroche

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