Respecto a una cantinflada

Cantinflas, el genial cómico mexicano que llevó lo absurdo a lo sublime para hacer reír a generaciones enteras, era para su país una especie de dueño del número 7, para él cabalístico al extremo que su casa tenía el número 777, su auto tenía placa de puros sietes, como su avión privado y todo lo que tuviera que ver con él, y cuando hizo el papel de policía, la película se llamó “Patrullero 777”.

| 11 julio 2014 02:07 AM | Especial | 2.2k Lecturas
Respecto a una cantinflada
Sobre una cantinflada
Por: Arturo Belaunde G.
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Como era un personaje amado por su pueblo y una personalidad nacional, no le fue problema que el número 777 le fuera asignado a su residencia y que las autoridades le dieran números similares para todo documento suyo.

Pero a Cantinflas no se le ocurrió jamás, ni siquiera en la más desternillante de sus películas, reclamar la propiedad exclusiva de su número de suerte y menos aún prohibir que nadie más utilice ese dígito, pues hubiera sido como si el Comité Olímpico Internacional, que tiene registrada como marca el símbolo de los cinco círculos enlazados, simbolizando los cinco continentes, exigiera que nadie pueda usar un círculo en su marca.

Lamentablemente, y dicho sea con todo respeto, los del 7 de Cantinflas y los cinco círculos olímpicos me han venido a la memoria a propósito de la nueva medida cautelar por la que Indecopi nos impide usar el logotipo que creamos hace una semana, con un número Uno y la bandera peruana, en un marco rectangular y una franja negra. Es decir que no podemos usar ese dígito, que ciertamente no es patrimonio de nadie.

Tal impedimento se debe a que una empresa fantasma registrada en Panamá y que consigna “cero” como capital, que antes apeló a la misma maniobra para impedirnos usar el logo anterior, también de nuestra creación, cuyo uso había abandonado hace siete años y cuyo registro había perdido en primera instancia, en la misma Indecopi.

Esa empresa fantasma podría ser como el banco del que habla el abogado José Ugaz, en su reciente libro “Caiga quien caiga”, un banco de un paraíso financiero al que una entidad bancaria limeña había hecho una turbia remesa de una significativa cantidad de dinero. Cuando Ugaz, entonces procurador, viajó a ese país a investigar el asunto, lo que encontró en la dirección del banco fue una placa en la pared, sin nada detrás.

Debo agradecer a las importantes personalidades, instituciones y organizaciones que nos han hecho llegar su voz de aliento y solidaridad y de indignación, ante la situación de la que somos víctimas, y nos han alentado a seguir adelante, porque en ninguna circunstancia podrá nadie privarnos de nuestra identidad como diario independiente y veraz; defensor de la democracia y de la Patria.

Lo que sí resulta al menos extraño, es que hasta escribir estas líneas no tengamos ninguna noticia de reacciones de ciertos medios y sociedades que suelen proclamarse celosos defensores de la libertad de prensa e información y que nada han dicho sobre los intentos de acallarnos.

Arturo Belaúnde Guzman


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