Residencia de Literatura

El libro “Otras disquisiciones”, de Víctor Hurtado Oviedo, es una casa de papel donde bailan figuras retóricas de todos los tamaños y todos los colores. Esta casa es una fiesta. Si cierras el libro, se apaga la música.

| 24 julio 2012 12:07 AM | Especial |1.7k Lecturas
Residencia de Literatura
NINGUNA LÍNEA SIN FIGURA, NINGUNA LÍNEA SIN IDEA

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SOBRE PACO UMBRAL. “Al pie del paredón colmado de su centenar de libros, este galeote de la bellas letras, cazador de la palabra desprevenida, gozador como el Arcipreste, caníbal jugoso, niño terrible, viejo rebelde, fino como gota y torrencial como diluvio, este Paco Umbral se viste hoy de príncipe con su bufanda roja, se acomoda los lentes profundos y dice: “Soy una bestia de carga de literatura”.

JAVIER SOLÍS. “Había un abolengo pálido y remoto en la cara de Javier Solís. Su pelo cerrado, de luz negra y radiante, oprimía una frente exigua sobre cejas dispersas. Los ojos orientales, las colinas de sus pómulos y los bigotes nimios historiaban su estirpe antigua, migrante y gloriosa. Todos los cuerpos hablan; el de Javier dictaba un conferencia sobre el estrecho de Bering”.
1780

No hay que confundirse. No es un libro sobre periodismo ni sobre literatura. Es una ostentosa morada de ensayos y artículos escritos literariamente; es decir, usando figuras retóricas o figuras literarias, esas que sus profesores olvidaron enseñarle a Jaime Bayly.

Contiene temas diversos: boleristas bravos y bravas boleristas; escritores clásicos, autores geniales; políticos famosos, grandes filósofos; pensadores, sabios, viajeros y viajes; incluso, ideas acertadas sobre el nacionalismo.

Hay que leerlo sin prisa y con una caja de lápiz al lado para subrayar lo bueno; es decir, casi todo el libro. No es para leerlo de un tirón como se leen los libros de moda, esos exitosos y gordos, que te dejan con el lápiz intacto en la mano.

Uno sabe que un libro es bueno cuando no quiere terminar de leerlo. Eso nos pasó con este libro, que, además, convoca al placer de la relectura.

¿Por qué se lee a Valdelomar? Porque escribió literariamente. Está probado: la información se soslaya; la literatura se guarda. Hay textos de este libro, de casi 400 páginas de sabor, que han sido escritos en 1996 y siguen cautivando a lectores jóvenes.

El autor es muy prestigioso, pero carece de fama. La fama no es importante si es que alumbra solo a esos que aburren por la televisión. Hacer que los estudiantes conozcan a Víctor Hurtado Oviedo es una tarea clave de los que fomentan la buena lectura. Hablemos ahora con el dueño de casa feliz.

—¿Es “Otras disquisiciones” un libro autobiográfico?
—Sí. Es un retrato porque revela mis preferencias en filosofía, ciencias, gramática, literatura y música. De política hay poco, pues vivo lejos del Perú y no podría opinar con fundamentos; además, Toña la Negra es mejor tema literario que los congresistas.

—¿Por qué dice que sus géneros son el bolero y el ensayo?
—Son gustos: en música, toda la cubana, incluido el bolero; en literatura, el ensayo escrito con figuras retóricas: es decir, ideas más elegancia.

—Sin embargo, ¿convierte ese uso a alguien en un buen escritor?
—Siempre lo convierte en escritor, pero puede convertirlo en un mal escritor, en un cursi, si sus figuras son ridículas. Claro está, eso depende del gusto del lector. Como fuere, el cursi es ultraliterario. Nadie es más literario que el supercursi: es como un loco que dispara una ametralladora de figuras.

—¿Es usted lector, periodista, hombre de letras o diletante?
—Todo junto porque esas categorías tienen en común la dispersión, el afán de saltar de un asunto a otro. Me gustaría ser hombre de letras, pues, como es una profesión que no existe, no se puede fracasar.

—¿Se puede aprender a escribir literariamente?
—Para hacer bien una actividad debe tenerse la sensibilidad adecuada, y ésta es innata: para la música, para el dibujo, para el fútbol, etcétera. Con esto ya hay bastante, pero todo mejora si además se lee a escritores retóricos y si se estudian la teoría y la historia del propio oficio. Quien carezca de la sensibilidad innata puede desempeñarse bien, pero nunca como el “innato” estudioso. Los talleres de escritura sirven para redondear a los “innatos” y para adecentar a quienes carezcan de sensibilidad.

—¿Cómo aprendió usted a escribir literariamente?
—Leyendo con atención a quienes manejan las figuras literarias y estudiando la teoría de la retórica. No hablo de la retórica en el sentido vulgar, sino en el exacto. La retórica no fabrica escritores, pero ayuda mucho: es la ingeniería de la literatura, y la recomiendo.

—Usted es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua. ¿Cuál es su labor?
—Ninguna. Esa es una condición honoraria y otorgada a quienes viven fuera del Perú. De lejos no puede hacerse mucho, excepto tratar de escribir bien.

—¿Cuál es la actividad que le gusta hacer más que leer?
—Intelectualmente, la lectura es insuperable. Como a todos, también me agrada conversar con personas enteradas e inteligentes. Este tipo de conversación es como una lectura en voz alta y ajena.

—¿Cree que el periodismo y la literatura son diferentes?
—Sí. El periodismo es la información inmediata sin figuras retóricas. La nota que anuncia una vacunación de niños es el periodismo en estado puro. Cuando se escribe literariamente en un periódico, ya no se hace periodismo, sino literatura, aunque los propósitos del autor sean mixtos: informar y deleitar. La gente se confunde: cree que la literatura publicada en periódicos es “periodismo literario”, pero solo es literatura publicada —por accidente— en periódicos. Esto se demuestra cuando ciertos artículos merecen la lectura cien años después, como los de Valdelomar; si la merecen, siempre fueron literatura.

—¿Qué música escucha cuando escribe?
—En general, música cubana; en especial a la Sonora Matancera y a Javier Solís, quien fue mexicano pero cantó boleros, y el bolero nació en Cuba.

—¿Por qué vive en Costa Rica?
—Llegué acá pues me ofrecieron un trabajo. Como decía don Corleone, me hicieron una oferta que no pude rechazar. Vivo sin lujos, honradamente, de modo que no puedo saludar a Alan García en la Megacomisión ni robarle un autógrafo, lo que me daría cien años de perdón.

—¿Extraña Lima?
—Extraño a los amigos y la comida, en este orden, y a veces a la inversa.

—¿Lee novelas?
—Nunca he sido buen lector de novelas y, desde hace unos años, ya no las frecuento: me falta vida y me sobran otros libros que leer. Soy “lector de ideas” si esto existe. Me interesan el ensayo y el artículo de opinión escritos literariamente; ambos géneros son lo mismo.

—¿Quiénes son sus prosistas predilectos?
—Todos los que usen bien las figuras retóricas. Esto, y solo esto, crea la literatura. Prefiero el buen ensayo y el verso métrico —redundancia porque el “verso libre” es prosa—. Del Perú, me complacen Raúl Porras, Luis Alberto Sánchez, César Lévano y César Hildebrandt. Seguramente hoy hay más nombres notables, pero los ignoro. De fuera, frecuento a Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Francisco Umbral, Raúl del Pozo, Eugenio d’Ors, César González Ruano y algunos más.

—¿Por qué lee usted ahora libros de biología?
—Por ética. Quise saber por qué es malo mentir en todas las sociedades y en todas las épocas. La respuesta es que hay un instinto que nos programa así. Estamos programados para no agredir, no mentir y no robar; y para ayudar y obedecer, y también para conservar nuestro cuerpo y para reproducirnos. Así, tenemos instintos sociales e individuales, que a veces chocan.

El historicismo falla al postular que los principios éticos esenciales varían; no: éstos existen en todas las sociedades de todas las épocas. Las neurociencias explican la ética sobre bases materialistas, y no solo la ética; por ejemplo, el estudio del lóbulo parietal derecho explica las apariciones místicas: otro golpe a la religión. La ciencia va bien.




PARA LA AGENDA
El libro “Otras disquisiciones” (Lápix, editores) será presentado por el poeta Arturo Corcuera el martes 31 de julio a partir de las 5:30 de la tarde en la Feria Internacional del Libro, ubicada en el parque Próceres de la Independencia de Jesús María.


Autobiografía no autorizada
Nací en Lima en enero de 1951. Resido en Costa Rica desde 1989. Aunque soy unisexual, también soy bigenérico: mis géneros son el bolero y el ensayo. Hace muchos años crucé por diarios y revistas que, pese a ser impublicables, se publicaban; en descargo, también eran ilegibles. Quizá algún día me arrepienta de lo que hice, mas por el momento sigo en el pecado con la única fuerza que me queda: la de la costumbre.

Además, con intermitencias que me hicieron recuperar indispensables energías, he sido corrector de imprenta, oficio inagotable gracias a la escuela primaria y a la televisión. No intento parecer cínico: claro está que censuro la educación que recibe la juventud, pero no puedo ser ingrato con el analfabetismo funcional pues él nunca sabrá cuánto ha hecho por sobrevivencia.

En el tiempo ocioso que me deja la lectura, trabajo —de lo que me enorgullezco (me refiero al tiempo ocioso)—. He cometido muchas faltas, como las de ambición y de imaginación. Cuando noté que también estaba faltando a la verdad, preferí dejar el periodismo y dedicarme a la literatura porque ella otorga impunidad que el periodismo no alcanza. Ser mentiroso es malo, aunque parecerlo es peor.

Yo siempre he detestado escribir, y la verdad es que no sé qué hago aquí. No escribo libros: escribo artículos panem lucrando; luego, ellos se buscan, se encuadernan entre sí porque se sienten solos y porque hay cierta distinción en que se los olvide siendo libros en vez de que se los olvide siendo hojas de periódicos.

No creo yo llegue a ser longevo (a mi edad ya lo hubiera sido), pero sí estoy seguro de que sobreviviré a mis obras: lo contrario no me servirá de nada (la verdad sea dicha por esta vez). El curso de los días es una materia de estudios que algunos no aprueban ni con la muerte. Ojalá que éste no sea mi caso, pero, francamente, ¿qué importa después?

Deseo que este libro de artículos y ensayos me justifique ante la Historia cuando arribe el día improbable en el que la Historia se acuerde de los anónimos: yo escribí muchos.

MIGUEL DE CERVANTES. “En 1594, aquel que será el hombre del milenio en España, va por sendas de polvo y sed de su patria. Va ridículo caballero en mula, de aldea en aldea, durante siete años, entregado al oficio de robar muy legalmente —en nombre de su rey— a los pobres campesinos sus cosechas para la alimentar las locuras de la ‘Armada Invencible’ y para medrar el parásito militar y esa otra chusma, la ‘nobleza’”. Página 109.

“Miguel de Cervantes va así como un galeote encadenado a la miseria, degradado hasta la ignominia de ser el pobre que roba al pobre para que coma el rico”. Página 109.

HOMERO. “Ciertas tardes, Homero se arrepentía de estar fundando la poesía épica. Entonces se adormilaba, se tropezaban sus pies métricos y sus hexámetros, le salían deplorables versos libres avant la lettre como a cualquier objetor de la rima”. Página 90.

ALFONSO REYES. “El sabio que leyó todos los libros de todos los tiempos en todas las lenguas vivió en una casita de maestro primario pues tal vez creyó el cuento de que el hombre más feliz del mundo no tiene camisa”. Página 111.

JORGE LUIS BORGES. “En 1955, el escritor argentino Jorge Luis Borges está casi ciego. Tiene 56 años, una obra perfecta, una madre imperiosa y un futuro que no habrían previsto ni sus cuentos fantásticos. Sus libros se compran poco; ha alcanzado el prestigio, no el éxito, pues el éxito lo vende Emilio Estefan, y el prestigio lo obsequian los que saben”. Página 113.

CÉSAR VALLEJO. “César Vallejo fue un genio con toda discreción (lo descubrieron después, y se pasó la voz). Trilce (1922) es su libro más vanguardista, y nació en la indiferencia de un país que también era provincia”. Página 185.

“César Vallejo es un clásico de eterno retorno. A las ensenadas de su mar vuelven los viejos y llegan los jóvenes. Estos necesitan de Vallejo para amarlo y negarlo con un amor opuesto y creador…”. Página 185

LUIS MIGUEL. “El bolero ha sobrevivido a la puntuación cubista de los cancioneros y a los tribunales de la semiótica; y ¿cómo no?: el bolero es eterno: ni ‘Luis Miguel’ pudo matarlo”. Página 356.

“Felizmente, las masas nunca se equivocan, excepto en religión, arte y política. ¡Optimismo, entonces! ¡A juzgar por los gallos de ‘Luis Miguel’, se acerca una espléndida mañana”. Página 364.

JULIO IGLESIAS. “Antes de oír a Julio Iglesias, yo creía que la sordera era una desgracia”. Página 379.

TOÑA LA NEGRA. “Muñeca redondísima de nieve negra e imposible, aún más imposible bajo el apasionado sol de Veracruz. Muñeca rebosante de esferas sucesivas: primero, el cuerpo lleno como un mundo; luego, sobre la curvatura de ese orbe carnal, un círculo menor, la luna de una faz sonriente; y, en el centro de esa luna, la esfericidad antigua y yucateca de una nariz redonda trazada con el compás de la música, con el vaivén enroscado del aire que empieza a cantar Toña la Negra, madre primordial de los boleros”. Página 373.

VÍCTOR HURTADO OVIEDO. “Yo también me he aburguesado, pero como soy pobre, no se nota. Me siento —según dijo Abraham Valdelomar— igual que el chaleco, que pretende ser saco pero carece de mangas. En realidad soy un pobre de la clase media; es decir, de la clase que tiene el dinero suficiente para saber qué le falta, pero que siente un súbita y súbdita indignación cuando a otros les quitan lo que les sobra”. Página 164.

ABRAHAM VALDELOMAR. “El tiempo va disolviendo a Abraham Valdelomar (1888-1919), pero eso está muy mal porque así no se trata a un conde”. Página 182.

“Es el extravagante y falso ‘Conde de Lemos’, el dandi amulatado que, en las lentas tardes del café Palais Concert, públicamente clama: “Beso estas manos, que han escrito cosas tan bellas”. Página 182.


Paco Moreno
Redacción

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