Renuncias

La mentira mata, decía Nixon. Viniendo de un consumado mentiroso lo que quería decir el único presidente de Estados Unidos que se vio obligado a renunciar al cargo tratando de defender su encubrimiento del Watergate con un rosario de mentiras, es que en política la ruina viene cuando se descubre que lo que pasaba por liebre no era más que gato. Hoy estamos en el Perú ante el grotesco espectáculo político de una gran mentira puesta al fresco.

| 06 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 1.2k Lecturas
Renuncias
Lo mejor es cortar por lo sano de una vez por todas y no a puchos porque la confianza no se restaura así. Y lo que necesita el gobierno es confianza.
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Que se haya promocionado desde las más altas instancias del Poder Ejecutivo el triunfo de una operación militar de rescate de rehenes y que, posteriormente, en el transcurso de los días los peruanos hayamos presenciado perplejos cómo los hechos desbarataban rotundamente la apoteosis de la “operación Libertad”, destruye el principio que fundamenta la solidez de un gobierno: la confianza. Si no hay confianza no hay respeto y cuando se pierde el respeto por la autoridad moral de un gobierno se abre la puerta a cualquier cosa.

Esto se agrava aún más cuando a las evidentes mentiras se suma el cinismo y la frivolidad. El cinismo de dar palmas por el heroísmo de unos caídos que uno mandó al matadero sin equipos ni entrenamiento adecuado, dejándolos abandonados a su suerte para que finalmente los encuentre su familia, mientras en Palacio de Gobierno el pesar se traducía en recibir en pareja presidencial a la farándula internacional de un talk show de medio pelo.

El asunto es grave por donde se le mire y la solución política pasa por restituir la credibilidad del gobierno al más alto nivel. La representación nacional, una de las primeras instituciones burladas en el proceso de hacer pasar por éxito lo que fue un rotundo fracaso, ha solicitado la censura de los ministros responsables de las carteras del Interior y Defensa. De más está decir que no se debió haber llegado a ese punto y que los señores Otárola y Losada debieron haber asumido por el bien del gobierno la responsabilidad política por el descalabro, y presentado su renuncia irrevocable al Presidente de la República.

Que el gobierno se anime a dar una batalla política en el Congreso en defensa de sus ministros, defendiendo lo indefendible, sería un craso error. Sería la burla final al país. Y eso difícilmente la gente de a pie lo perdona. Podría señalar un punto de inflexión política lamentable cuando todavía faltan 4 años para que el gobierno de Ollanta Humala culmine. Porque una vez que se quiebra la confianza no hay marcha atrás. Ningún marketing político podrá restituirla porque todo lo que haga el gobierno será tenido por falso o sospechoso.

Luego, las renuncias son indispensables para que el gobierno no se vea envuelto en una guerra que va a perder ante el tribunal de la opinión pública. Es decir, las renuncias de los señores Otárola y Losada significan, sin duda, perder una batalla importante, máxime si el problema central del gobierno a ojos de la ciudadanía es su falta de liderazgo y resultados en el tema de la seguridad interna. Pero mejor es perder esa batalla, admitiendo el fracaso de los dos ministros, que la guerra, admitiendo no sólo la ineptitud del gobierno sino, además, su falta de voluntad de enmienda.

Hay, sin embargo, más allá de los dos responsables directos del descalabro de la política de defensa y seguridad interna del país, uno cuya responsabilidad no hay que soslayar porque fue el que los puso donde están. Y los puso porque ambos eran hombres de su total y absoluta confianza, ahijados políticos como viceministro y jefe de asesores cuando él fue ministro del Interior en el gabinete Lerner. Me refiero, claro, al Presidente del Consejo de Ministros, Óscar Valdés.

Resulta evidente que si caen sus ahijados también debería caer el padrino. Si los hombres que él llevó al poder fracasan y se van, ha fracasado él y se tiene que ir él también. Esa es la lógica política.

Es cierto que la salida de Valdés implicaría una crisis de gobierno de cara a las elecciones de la Mesa Directiva del Congreso, donde el gobierno debe mostrar fortaleza para que su partido no pierda el control de la Representación Nacional.

Pero también es cierto que la posición de Valdés se hace día a día más débil con el fracaso de Otárola y Losada, posición que ya estaba bastante erosionada al punto de tener que demostrar el apoyo presidencial con fotos en el café de un hotel de la Miraflores. Así, la salida de Valdés sólo es cuestión de tiempo. Y el tiempo, en realidad, debería ser ahora.

Lo mejor es cortar por lo sano de una vez por todas y no a puchos porque la confianza no se restaura así. Y lo que necesita el gobierno es confianza. Un nuevo gabinete es siempre una nueva esperanza. Los últimos hechos urgen a tomar una decisión en ese sentido. Esperemos que el Presidente tenga el pragmatismo suficiente para entenderlo así.


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