Recuerdos del Oso Hormiguero

El poeta Miguel Ildefonso, Premio Nacional PUCP en Poesía (2009) y del X Premio Copé de Oro de Poesía, comparte sus recuerdos sobre Antonio Cisneros, quien fuera el primer escritor en firmarle un libro y de quien aprendiera la dimensión de la libertad poética.

| 21 octubre 2012 12:10 AM | Especial | 1.4k Lecturas
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El invierno de 1988 yo tenía algo más de un año que recién empezaba a escribir poesía. En el colegio pensaba que todos los poetas estaban muertos, que la poesía se escribía en rimas, que su seriedad tenía que estar a tono con la solemnidad del Himno Nacional; excepto Vallejo en libros como Poemas humanos, excepto Javier Heraud, de quienes apenas atisbé sus estéticas en mi colegio estatal Víctor Andrés Belaúnde de Santa Catalina, en La Victoria.

Cuando empecé a escribir poesía, recién ingresado a la facultad de odontología en San Marcos, y fue que conocí a poetas contemporáneos y supe que la poesía era libre, no solo en verso libre, sino realmente libre; y entre los poetas vivos, que fui descubriendo en revistas, periódicos, libros que iba buscando en librerías y en quioscos de la avenida Grau, el poeta de más frescura, en quien esa libertad liberadora me calaba a fondo para arrancarme de mi largo silencio verbal, fue Antonio Cisneros.

La poesía estaba viva, caminando como yo en esta Lima gris y húmeda. Su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, desde el título mismo me deslumbró; la poesía de la Generación del 60, con Luchito Hernández o Rodolfo Hinostroza, hizo trizas lo que había yo entendido por poesía hasta entonces. Yo tenía diecisiete años, y no paré en mis estudios de autodidacta para actualizarme lo más pronto posible.



Cisneros, la leyenda
Antonio Cisneros ya era toda una leyenda, sabía de sus premios, de sus estancias en Europa, en los Estados Unidos; había leído todos sus libros de poesía y sus crónicas hasta entonces, y trataba de no perderme sus presentaciones en recitales y conferencias que había en esos años difíciles (el ciclo “Reunión elegida. 44 poetas y sus generaciones” en la ex Asociación Cultural Peruano-Soviética que dirigía el poeta Arturo Corcuera, y que organizó el vate Cesáreo Martínez, por ejemplo) entre apagones, paro armado y toques de queda.

Fue una noche así, cuando fui con mi ejemplar de Como higuera en un campo de golf a una conferencia que iba a dar en el Instituto Raúl Porras Barrenechea, de la calle Colina, en Miraflores. Acabado el evento, Toño se retiraba acompañado de su esposa. Tímidamente me acerqué y le pedí que me autografiara el libro.

Él, amablemente, accedió. Y, además, le pedí que nos tomáramos una foto con mi cámara. Fue su esposa quien nos tomó la foto. Fue el primer libro que me autografiaron en mi vida. Fue la primera vez que hablé con un poeta, aunque sea unas cortas palabras. Y tengo la foto como recuerdo de uno de los sucesos más importantes que marcaron mi aprendizaje.

El humor, sí, y la ironía y la desacralización. La coloquialidad, el cultismo y la música popular, sí, son sus rasgos resaltantes. Pero algo pasaba también por esos años en la poesía y que se hizo más notorio en la década siguiente; la pérdida del sentido histórico de la palabra, del compromiso esencial del poeta con su época, y de la indagación por aquellas “inmensas preguntas celestes”.

La actitud poética
La poesía de Antonio Cisneros me enseñó que se podía seguir tocando esos temas, que se podía persistir en esas preocupaciones (aun cuando la poesía podía estar volviéndose un arte, más que nunca, para una selecta minoría, o que otra moda podía estar empezando) a través de los acontecimientos colectivos como también en los más mínimos hechos individuales.

Pero, ojo, era imposible copiarlo. ¿Cuántos lo habrán intentado? La voz de Toño no se podía copiar. Pero sí su actitud; porque, para mí, el modelo cisnereano fue también el del eterno poeta joven. Yo hubiera querido ser roquero como John Lennon; eso alucinaba de chiquillo, pero creo que la soledad me ganó en esos años de penumbra; felizmente, la poesía (la peruana desde la década del 60) me permitió practicar esa rebeldía inclaudicable: no creerme muchas cosas, desapegarme y pelear cuando hay que hacerlo, y saber reír de uno mismo.

Me impactó ver una foto en blanco y negro de Antonio leyendo en Londres con su cabello muy largo, como un beatnik, como Bob Dylan. Años después (en Cajamarca, en la calle Berlín, en Gloton’s, en Chile o por ahí) se lo dije y se mataba de la risa; también le dije que deberían darle el Premio Nobel, y, bueno, ahí sí ponía la sonrisa más seria, respiraba profundo.

La frazada de Toño
Fue el poeta que estudié más en esos mis primeros años de escribir poesía, y siempre ha sido un referente, un faro. Cuando estuve en El Paso, Texas, a fines de la década del 90, me pasaba el breve invierno bajo cero, solo, en mi estudio alquilado, con montones de hojas de afeitar que me sobraban, Navidad y cumpleaños incluidos. Como no había buena calefacción, me protegía con una frazada encima mientras escribía en papeles sobre el escritorio.

Siempre recordaba lo que había contado Cisneros, cuando estaba en Inglaterra, y se cubría igual en sus inviernos, y apenas sacaba la mano para escribir un verso, la volvía a meter en la frazada. Recordar eso me daba risa, me daba calor y me alentaba a seguir escribiendo. Y así muchas cosas que han venido de él, hasta hoy y siempre, me harán seguir creyendo en la poesía como un arte que se aprende, como el amor y como la muerte.

La penúltima vez que lo vi fue en la lectura del Festival Internacional de Poesía en Lima, en la explanada del Parque de la Exposición, leyendo muy emocionado ante miles de asistentes esa noche electrizante. Toño como un roquero, forever young, se estampó otra vez más en la memoria colectiva e íntima de mis imágenes más alucinantes de la poesía.

Luego lo vi en la Feria Internacional del Libro de Lima, cuando presentó la edición conmemorativa de Canto ceremonial... Lo saludé tímidamente no sé por qué, como hacía casi veinticuatro años. Creo que me emocionó también el hecho de que presentara una reedición conmemorativa de uno de sus libros más celebrados. Mis ojos volvieron atrás. Y ahora estoy aquí, recordándolo, bajo una higuera. ¡Salud, maestro!


Miguel Ildefonso

Portada del Sol. Octubre, 2012.


Miguel Ildefonso
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