Quintanilla: Imágenes del silencio

“Quintanilla es el primer aporte peruano a la pintura universal” (Pablo Picasso). “Yo trabajo con el corazón, el estómago y el sexo. El cerebro solo sirve de equilibrio” (Alberto Quintanilla).

Por Diario La Primera | 03 set 2010 |    
Quintanilla: Imágenes del silencio

El canto de los gallos lo despertó. El niño adolescente Alberto Quintanilla fue abriendo los ojos, reconociendo el lugar, palpando en el aire los otros cantos, mugidos, balidos, rebuznos, relinchos. Había llegado al pie de la fortaleza de Saqsayhuamán para pasar la noche, dormir, con la secreta esperanza de sentir la presencia de los otros, de los “gentiles” ( espíritu de los primeros antepasados), quizá los que construyeron esta fortaleza.

Se puso de pie, miró en la cercana lejanía el horizonte que nacía y se echó a caminar. Bajó a paso lento a la ciudad, al Cusco. Lo recibió el tañer de campanas, este nuevo sonido se sumó en concierto a los otros. Siguió el sendero de menudas piedras, de manojos de hierbas y de pronto se vio ingresando a un templo cristiano, donde le alcanzó la voz ceremoniosa y dulzona del anciano sacerdote, que se acompañaba con el tintineo de una campanita que revoloteaba en una de sus manos.

El silencio es nuestro, o era nuestro
Detrás de él, la Cruz, el descanso del Cáliz, las santas imágenes, el Padre Eterno, María, el Niño Jesús y a través del inmenso ventanal, un gran cerro, Apu tutelar. Entonces el adolescente Alberto Quintanilla se preguntó, ¿cuál sería el silencio y el ruido, que acompañó y amparaba a los trabajadores que levantaron Saqsayhuamán?. Y el mismo se contestó en ese lejano momento y ahora mismo, en este preciso instante, “el silencio terrible y el silencio mismo de la piedra”, el “chin niq”,( “lo que dice el silencio” en quechua).

El ruido llegó con los españoles, lo trajeron ellos, aquí tenemos el canto de los pajarillos, el paso leve de la llama, de la alpaca, la melodía de una quena, el hablar sosegado y sensible de sus gentes, el ofrecer lo que no se ha de cumplir también es ruido, hace daño. Chimú, Paracas, Nasca nos pertenecen, te imaginas, Kuelap, Caral, Chavín son nuestros, dónde está el hombre que hizo ese arte, no es solo necesario poner nombres, membretes quechuas a pinturas y melodías para decirse representante del Perú milenario.

Y lo vemos dibujar sobre un hoja de papel en segundos una araña y su tela, explicándonos la perfección y sencillez de los nascas, sabios eliminado los detalles. Juega ahora con palitos de fósforos, con migajas de pan, objetos simples que se van convirtiendo en juguetes, en figuritas, como cuando de niño mientras comía el pan de Oropesa, el Chuta, ese pan grande, orillaba con sus dientes los bordes del pan haciendo figuritas ...

Los pechos de los chihuacos
Piedra en el aire que el pulso arroja para ver el cielo, piedra mole eterna, silencio de la puna y el vacío de la palabra escuchada hace siglos, piedra, polvo en el camino, piedra, encargo de la mano, picapedrero que cincelas el alma.

Alberto Quintanilla, bordador de esos sueños con la filigrana del viento, “aires de terciopelo”, de la tarde con lluvias que se encharcan en el pecho, con el canto del chihuaco que anuncia la cosecha, azul es el sabor de la merienda con choclos tiernos, bondadosas papas y un noble cuy : chanchito de las Indias. “El cuye albo con ojos de fuego, pelo azabache como la noche, o del color de la terracota, miraba de reojitos a los limeños de los siglos pasados por discriminarlo y levantaba orgulloso la nariz. ¡ Tremenda ignorancia compararlo con la rata!” (Alfonsina Barrionuevo).

Campesino, artesano, pastor de peces y de perros, de sapos y caracoles, de monos y serpientes, regálanos las legañas de tus críos para poder ver por un momento, el otro lado de las cosas, adivinar quien nos visita antes de tocar la puerta, llegar en un amanecer para escuchar el primer nombre de tus hijos, Alberto Quintanilla.

Debajo de qué techos habita el alfarero, a galope de hornos, cofre de tiernos silencios, música de la forma, lámpara en los puentes sobre ríos sedientos, retablo del alma, su taller junto a su almohada, arcilla, fierros, bronces, cartones y papeles, va moldeando la antigua creatura que nace en sus formas con el soplo antiguo de las edades.

A qué hora del día he de llegar para encontrarte, en qué parte del camino me he de encontrar a mí mismo y a los otros invitados. O será como siempre Alberto Quintanilla cuando te preguntas, con risa sorprendida, “ ¿ yo qué hago aquí ? .....

Aguafuertes, óleos, tintas, pasteles, carboncillos, formas entrelazadas como telarañas, buscando el secreto latente del “ hay algo más” del misterio o de la búsqueda, la mano inmemorial que se encuentra con un perro enamorado de la luna, con el sueño de las piedras, con el espíritu de los sapos...

“Procedemos de dos mundos, dos historias, que se mezclaron a la fuerza: la cultura mística, cultura de España y la cultura incaica, fuertemente integrada a la naturaleza. No soy un pintor realista, ni tampoco abstracto. Mi imaginario personal es parte del imaginario colectivo de mi pueblo; en ese sentido soy un artista comprometido, pues mostrándolo yo al mundo, sirvo a mi pueblo”.

Alberto Quintanilla acaba de llegar de París donde vive cerca de 40 años. Nuevamente está con nosotros para realizar varias exposiciones en universidades de Lima y provincias. Ya lo vemos montado en sus lechuzas, sapos, cabalgando por los caminos de los Andes, los arenales de la costa, poniendo el pecho para abrir la maleza de la selva.

Fiesta bajo el toldo del cielo
A qué hora del día he de llegar para encontrarte, en qué parte del camino me he de encontrar a mí mismo y a los otros invitados. O será como siempre cuando te preguntas, con risa sorprendida, como cuando pasas la palma de tu mano por tu cabellera, o como dice César Vallejo “Como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada”. “¿Yo qué hago aquí?”. A veces me suceden cosas que no entiendo, cómo haberme invitado a este “Cusinapaq” (Alegrémonos), donde voy reconociendo a cada uno de mis amigos conforme llegan con los atados al hombro, trayendo en sus quipus la tierra de sus pueblos: Cuscullaqta, Huancavelicallacta, Ayacuchollacta, Limallacta”. “Han venido todos” le digo a Juana Paula feliz. “Ahí está el Lucho aguaytando desde ese rincón con su cara de manzana, fíjate como baila el Jorge que ha venido con su poncho de vicuña orgulloso, el Mañuco está levantando su vaso diciendo ¡Salúú! A todos, la Maruja se ríe en la era de trigo, coqueta ella.

Ahora nos reciben los músicos de tu aldea, con guitarras, quenas, tinyas y tambores, la música azul de tus perros verdes abriga de compases el gran salón, el inmenso patio. El bronce del caracol repite el lugar de siempre sin “todavía haber terminado” de caminar (Manaraxmi Tucunichu), mientras el sapo se ha abrigado debajo de una campana cantando su “Taclaka Taclaka” para que siga el aguacero hasta el infinito y poder saborear nuestros choclos tiernos.

Hay miradas con dos, tres cuatro ojos, desde la conciencia lúcida, presente de todos los días, en este preciso momento, queriendo conversar, compartir el tiempo, con tus invitados, tus “huayques” ( amigos, hermanos), leer las entrañas del cielo en el horizonte de la luna, cabalgando sobre los futuros de ayer en tu memoria Alberto Quintanilla.

No planches con esa plancha
Prepara como un peregrino su próxima muestra, como un peregrino cuando llega hasta los Wamanis a agradecer el momento del encuentro, de la gratitud contigo y con los demás. Es el abrazo, la mano extendida, la palabra. “Gracias” dice el peregrino como un rezo inmemorial. Gracias dice Quintanilla en cada una de sus muestras, en cada uno de sus encuentros como al inicio del día cuando se pierde en el bosque de sus criaturas de fierros, hojalatas, verdes, rojos, que te miran y abrazan y acaricias en un lomo fuerte y dócil el tiempo que nos toca vivir, de veras, viéndonos a los ojos y no a lontananza y un sapo con una lechuza en coro nos cantan comprométete contigo mismo, mírate a tus ojos, te acuerdas cuando creías en el sol, el aire, la palabra, ahora te toca buscar lo perdido por tu propia culpa.

“ Así es la plancha” nos dice Quintanilla, sí esa plancha de carbón con las que planchamos camisas y pantalones, hay que tenerle miedo porque de pronto deja de ser plancha y se convierte en una locomotora y te aplasta con su soberbia.

La Casona de la Universidad de San Marcos en el Parque Universitario abrirá tres, cuatro salones y patios para que jueguen con nosotros los perros ladrando a la luna de don Alberto Quintanilla. “Cuídate de la plancha….

Antonio Muñoz Monge
Colaborador

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