Pudo ser doctor, pero terminó peluquero

Exitoso, acaudalado, emprendedor incansable, carismático, adorado, pleno, gay sin complejos y muy dueño de sí, poseía un pequeño imperio, convertido en el primero del negocio de la estética al servicio de la vanidad, un imperio construido sobre la piedra fundacional de su talento avasa-llador e inagotable. Tenía todavía planes y sueños por realizar, cuando los asesinos pusieron fin a una vida tan intensa.

Por Diario La Primera | 12 jul 2009 |    
Pudo ser doctor, pero terminó peluquero
(1) Con Camila, a quien consideraba su ‘angelito’. Arriba, con Adriana Quevedo. (2) Con sus amigos Carlos Cacho, Alberto Rojas y Malú Costa el dia de su cumpleaños. (3) Siempre rodeado de modelos.

Ingresó a la universidad y allí conoce a su primera pareja. Marco Antonio recuerda: “Mi papá y mi mamá lo que no querían era que sea peluquero. Yo le dije a mi mamá ¿qué quieres que yo sea? ‘Tu puedes ser doctor, cirujano…’, me dijo. Le di el gusto a mi mama, ingresé a la universidad y allí conocí a mi primera pareja, quien me dijo: ‘vámonos de viaje porque yo canto, vámonos con nuestra mochilas…’. Yo tenía 17 años y continué como mochilero hasta los 30 años en que regresé al Perú”.

Su primer y apasionado amor se llamaba José Luis. Con él llega por primera vez a Chile, que estaba gobernado por el sátrapa Pinochet. “En este país no teníamos nada, pero absolutamente nada, nada que comer, nada, nada...”. Llegaron el colmo de alimentarse con comida que era destinada a los perros, porque si no se morían de hambre. Pese a las dificultades, el deseo de ser peluquero persistía en su mente. Por ello se dirigió a Ahumada, en el centro de Santiago de Chile, donde hay un edificio en forma de caracol con muchas peluquerías.

“Allí, continúa Marco Antonio, había un letrero que decía: ‘Se necesita asistente de peluquería’ A los quince días era una cosa de locos porque yo me sabía las técnicas y era muy requerido”.

Poco después emigraron a Colombia. En el país de Gabriel García Márquez perfeccionó sus técnicas. Pero otro sería su verdadero destino. “José Luis me dijo: ‘vamos a Lima…’. El siempre tenía esa cosa como que nunca me dejaba anclar en un sitio, y cuando él veía que yo ganaba más plata, me decía: ‘vamos, vamos, vamos…’, y yo ya me estaba aburriendo del tema de la mochila…”.

Volvió recargado
Marco Antonio, pues, arribó a Lima recargado de experiencias. En su tierra natal tuvo la oportunidad de crearle un look a un nuevo personaje de Chollywood. “Era una señora -comentó Marco Antonio- con pelo marrón, mechas rubias… Y yo le pregunté: ‘¿Y usted, qué va hacer?, ella me respondió que ‘un programa de chismes del espectáculo’, y yo, al toque, relaciono mi profesión con algo de lo que va pasar, entonces dije ‘chismes’, usted va mover la lengua, entonces dije: ‘lengua roja, usted debe tener el pelo rojo’, y así, en una semana, me pasaba peinando a Magaly, a Laura y a Gisela”.

A partir de esta experiencia decidió iniciar su propio imperio. Marco Antonio pasó de ser un nombre de pila a una marca registrada. Se convirtió en el amo y señor de la belleza en el país. Sus peluquerías se multiplicaron auspiciosamente, como hongos, no sólo en Lima sino en provincias. Y ya estaba proyectándose internacionalmente, pero una mano alevosa despedazó sus planes.

“Nosotros hemos creado -hablaba orgulloso de su óptica visionaria-, salones ‘MA’, que vienen a ser salones para barrios populares y donde brindamos un servicio como si fueran salones 5 estrellas de Miraflores y San Isidro o La Molina, atendiendo bien al cliente con superservicio, buenos insumos, limpio, donde se da una taza de té o café y gaseosas, con buenas revistas y el mismo precio de la competencia”.

Marco Antonio nunca se olvidó de sus orígenes modestos y de los compañeros más íntimos de su ruta. A sus padres les regaló un cómodo y lujoso departamento, producto de sus prodigiosas cosechas, en el corazón de Miraflores.

Su madre tiene de todo, pero no quiere dejar su humilde empleo de guardiana en un colegio y su padre aún no se acostumbra a ese distrito de clase pudiente. “No me olvido de mi barrio porque en esa casita yo he nacido, ha nacido mi papá, han nacido mis hijos, mis nietos y bisnietos, o sea: una generación completa, por ello extraño mi antigua casa, extraño a mi barrio, extraño a mi gente”, dice su padre lleno de nostalgia.


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