Prensa: los enfermos crónicos

“Un día me presentaron a uno de los ideólogos de la no lectura. Había trabajado los últimos diez años en revistas o suplementos donde los textos tenían menos información que la envoltura de un chocolate. Su último logro era haber transformado la revista más leída en su país en una revista de textos enanos.

| 25 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 1.9k Lecturas
Prensa: los enfermos crónicos

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“Yo iba para ingeniero de minas, los libros me salvaron. Hoy soy periodista, de aquellos llamados del 24/7. Mi padre, que era un viejo librero de libros de viejo, no quería que escriba. Y yo escribía por amor. Un día me encontró un poema erótico que tenía como finalidad el cuerpo de una prima lejana”.
1901

Un atardecer de diciembre de 1980 conocí a un ser descomunal y magnánimo. Era Guillermo Thorndike, mi director en el Diario Marka. Un obseso de la escritura y de la vida al ciento por ciento. Terminaba una carilla, la lanzaba a un portadocumentos, colocaba otra carilla en la máquina Remington, seguía escribiendo como el pianista Sergei Rachmaninov embebido en su “La isla de los muertos” y dirigido por Gustav Mahler en el Carnegie Hall, y así, interminablemente. En la oficina de al lado, otro genial periodista hacía lo propio. Era Paco Landa, impiadoso con los adverbios y los subjuntivos, industrioso y diestro con la substancia de las noticias, un ser tiernamente férreo. Los dos ya no están en esta práctica, pero su memoria, gesto y cátedra me dieron esa obligación por la dignidad que hoy reclamo a mis colegas.

La mañana del martes, apenas el presidente Humala puso un pie en Nueva York, en Lima una batería de periodistas nativos, aquellos que no pasan de leer Condorito, le puso la puntería. traqueteo el fuego cruzado y miserable de los trascendidos estercoleros, las notitas del albañal sin confirmar, el ‘magalysmo’ repulsivo. Así operó otra vez el chisme rastrero con el que ilustran sus tabloides intonsos sobre vedetes y peloteros pero esta vez contra la esposa del Presidente, sus asesores, el avión presidencial –cojudezas, como dicen en Iquitos--con aquel, mejor estilo, que inventara la redacción ladina y marrullera de Montesinos, Bresani, Olaya, Gamarra y otros reciclados en la década putrefacta del fujimontesinismo. Se ejerce así aquel periodismo roedor, en días en que, tristes, despedíamos a un grande de la prensa peruana, nuestro maestro Manuel Jesús Orbegozo (1926-2011) y recordábamos a don Raúl Ferrero Rebagliati, a don Adán Felipe Mejía, “El corregidor”. y a don Francisco Igartua Rovira, todos escritores de enjundia y ejemplos de talento, honradez y genialidad.

Es cierto que existe un lector liviano por la anemia y la anomia que muestra la prensa escrita estos días. El tratamiento residual de sus textos hacen recordar los años de la barbarie. Se escribe corto como patadita de chancho, una sumilla, un garabato. “Los peruanos leen poco” sostiene el director del diario Correo. Fulgura así su espacio “Chiquitas: Sección crítico-estiva-chismosa con animus jocandi”, como modelo del “burger periodismo” como ha dicho el gran cronista Marco Avilés. Lo cito: “Un día me presentaron a uno de los ideólogos de la no lectura. Había trabajado los últimos diez años en revistas o suplementos donde los textos tenían menos información que la envoltura de un chocolate. Su último logro era haber transformado la revista más leída en su país en una revista de textos enanos. Era un hombre poderoso. Una especie de rey Midas al revés. Todo lo que tocaba se convertía en chatarra, y yo encontré la manera de no darle la mano. Hoy me enteré de que su revista cerró. Estuve a punto de enviarle un mensaje de condolencias, pero comprendí que el mensaje era muy largo. Le alivié la tortura de leerlo y lo borré”.

Acabo de regresar de Iquitos. Libros, revistas, diarios florecen en medio de la jungla cariñosa, mansa, apacible. Poetas, escritores y profesores nos acompañaron, al poeta Marco Martos y a este cronista, a conferencias y presentación de nuestros libros. Yo ando obsesionado con un personaje que fue un emperador de la región del Putumayo en los tiempos del brillo del caucho. Se llama Julio César Arana, peruano de Rioja, acaso un personaje de Joseph Conrad o el Roger Casament de “El sueño del celta” de Vargas Llosa. Mi pesquisa me ha llevado casi al delirio. Lo atrapo y desaparece en la espesura de su misterio amazónico. Pero así somos los periodistas de raza. La tarde menos pensada, Arana estará en el sinécdoque de mis textos o en la alba sorpresa de mis páginas literarias.

Para los que no me conocen, he trabajado con los mejores y peores periodistas de mi país. Los amo tanto como a mi conciencia. Ellos influyeron en mi rebeldía y la opción ineludible de ser libre. Cuando trabajaba en El Comercio no me querían, pero me necesitaban y publicaban. Cuando publiqué en La Republica me encariñaban pero no me pagaban. La vez que trabajé en “Panorama” de Canal 5 me odiaban porque hacía rating. Igual, seguí escribiendo, con ardor y pasión. Mi texto de una versión periodística es una clara perversión regular de un acto público que hasta ayer fue privado. Por ello soy cronista, utilizo a Borges como Norman Mailer o Hemingway como paradigmas para que sus utensilios literarios le otorgue dulce veneno a mi escritura. Es periodismo puro, cierto pero escrito a reversa de lo factual. Páginas publicadas de otra manera, con otra atmósfera, con otro pellejo, con otros amores y rencores. Perdón, el plural es mío. Digo amor como lo entiende García Márquez a quien le viene bien esta paráfrasis: El amor no es el que uno vivió, sino el que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarlo.

Y lo he escrito en otra parte. Yo iba para ingeniero de minas, los libros me salvaron. Hoy soy periodista, de aquellos llamados del 24/7. Mi padre, que era un viejo librero de libros de viejo, no quería que escriba. Y yo escribía por amor. Un día me encontró un poema erótico que tenía como finalidad el cuerpo de una prima lejana. Dolores se llamaba. Todos le decían Lola. El suceso me alejo de ambos corpus, el de Lola y el de mi texto casi convertido en sexo. Mi padre murió hace 31 años. El tiempo exacto que escribo periodismo. Pero no soy periodista profesional, sí hormonal. La pesquisa, la investigación, la inmersión, la entrevista y la curiosidad vinieron con mi ADN. Luego, en la universidad me enseñaron de la deontología, ética, autocensura y sumisión. Más aprendí de la ley de la calle. Pero soy académico endémico, tengo tres profesiones, tres hijos, tres mujeres. Yo iba para ingeniero de minas. El periodismo me salvó y temo decirlo, supongo que soy feliz.


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