Politiquita

Pero más allá de esta fórmula que ya demostró ser exitosa en la década de los 90,no existe un derrotero político de adónde se dirige el Perú como nación inserta en la región sudamericana y en el mundo.

| 27 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 1.1k Lecturas
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Después de la renuncia forzada por la opinión pública de dos ministros y los cuestionamientos que de inmediato empañaron a sus reemplazantes, el gobierno del Presidente Ollanta Humala ha dado evidencias claras de que la impericia política no es ajena a su gobierno y que, es más, constituye una regla y no una excepción. Tal situación es evidentemente preocupante tratándose de un gobierno que tiene la responsabilidad de regir los destinos de un país tan complicado como es el Perú.

Diríase que a estas alturas, a casi un año de haber asumido el mando supremo, la impericia del gobierno debería reflejarse en un malestar político a nivel de la opinión pública. Y si bien los últimos errores han influido en la aceptación presidencial, el hecho es que no se ha dado un rechazo que refleje la situación política actual plagada de improvisaciones y manejos poco diligentes. En otras palabras el Presidente tiene altos índices de aprobación por encima del 50%. En todo caso, para los gruesos errores que se han ido acumulando en el gobierno del Presidente Humala, la factura no es muy alta.

¿Por qué? Porque el Presidente parece haber elegido como estrategia de gobierno un acercamiento personal con la ciudadanía al que ayudan el evidente carisma de él y su esposa. Un presidente cercano a la gente de a pie es lo que le dio en su momento a Alberto Fujimori los altos índices de popularidad que lo acompañaron en casi toda la década que gobernó, hasta su ignominiosa caída. Eso y el asistencialismo que hoy se ha convertido en el eufemismo de la “inclusión social”. Así, los programas sociales y un presidente mezclado con la multitud, repartiendo apretones de mano y sonrisas han eclipsado la orfandad política que el gobierno viene demostrando y que en otras circunstancias lo tendría en apuros.

Pero más allá de esta fórmula que ya demostró ser exitosa en la década de los 90 acompañada de una economía en crecimiento y que, sin duda, es suficiente cuando se trata de conquistar la aprobación popular no existe un derrotero político de adónde se dirige el Perú como nación inserta en la región sudamericana y en el mundo. Es como si no existiera un proyecto claro de qué hay que reformar adentro y qué papel deberíamos jugar afuera, más allá de una política comercial heredada de anteriores gobiernos y que parece ser el único norte reconocible que alumbra los esfuerzos del Perú.

El comercio, qué duda cabe, es importante para crear riqueza y el Perú es un país más rico que hace 20 años. Pero el comercio se agota cuando no existen metas más allá del propio comercio. El comercio así como la economía es un medio para un fin. El medio está claro, pero el fin ¿cuál es? ¿Qué Perú se quiere construir de cara al siglo XXI? ¿A qué meta se quiere llegar para crearle a nuestro país una situación de poder en el mundo? Esas son preguntas que no tienen respuestas en países que administran el presente pero que no tienen una vocación de futuro. Todas las grandes naciones han tenido siempre claro adónde quieren llegar y por qué. Eso es lo que se llama política que, por lo visto, es lo que menos se hace en el Perú.

Ollanta Humala llegó al poder con la ilusión de muchos de los que votaron por él de que la política volvería a ocupar el lugar central en la vida nacional. Tanto la “gran transformación” como luego la “hoja de ruta”, independientemente de las discrepancias y el rechazo como proyectos políticos que generaron en muchos, indicaban al menos eso: un proyecto político. Es decir, Humala tenía la vocación de ir a alguna parte porque de eso se tratan los proyectos políticos. Si, finalmente, sus proyectos resultaban inviables y fueron abandonados, lo que el Presidente no debió abandonar es la idea fuerza de un proyecto.

Lamentablemente para el Perú el único proyecto a la vista es el de administrar la coyuntura, con bastante impericia por cierto, y el del marketing político donde un presidente carismático y una primera dama encantadora reparten besos y abrazos sin más norte que la popularidad personal hasta llegar al final de su mandato. Tal vez el Presidente debería recordar que eso no es suficiente para hacer Historia. Tiene aún cuatro años para hacerla si logra recordar lo que significa finalmente la Política, con “p” mayúscula.


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