Pobres, regios y cojudos

“Yo creo que los problemas más graves de este país son la pobreza y la corrupción en relación con la anomia, es decir, la falta de valores en relación con la mentira y la hipocresía en relación con la codicia, la codicia desmedida, en relación con lo que sería una psicopatía que es el hecho por el cual la persona comete actos incluso conscientes sin sentir remordimientos”.

| 06 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 4.2k Lecturas
Pobres, regios y cojudos

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“Somos ricos pero miserables. Vivimos con carencias alarmantes derivadas de aspectos medioambientales, las cuales se examinan a través de tres variables: acceso a combustible moderno, agua potable y saneamiento básico. En el Perú, el 14,1 por ciento de los pobres no tiene acceso a agua potable; el 19,4 por ciento a saneamiento mejorado; y el 19,2 por ciento a combustible moderno”.
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La otra noche, mientras Milagros Leiva entrevistaba al economista Enrique Vásquez –un tío con M.Sc.en Política Pública y Ph.D. en la Universidad de Oxford--, y que además es especialista en programas de lucha contra la pobreza, sus respuestas eran ramalazos contra mi orgullo patrio. Decía Vásquez, que aunque en los últimos años el Perú había experimentado uno de los periodos de crecimiento económico más espectaculares antes nunca visto, que los últimos gobiernos habían gozado de ingentes recursos públicos para el gasto social y poder apoyar a los más pobres, casi el 70 por ciento de peruanos somos pobres. No obstante, a contra mano de nuestra fortuna, advertía el especialista, por carecer de recursos humanos calificados –técnicos y expertos--, existía un malgasto del dinero en el rubro de los programas sociales. Hoy, millones de millones de soles no se asignan óptimamente debido a la inexistencia de una gerencia social de calidad.

O sea, que siguen las ofertas en la abusiva Ripley y sube el pollo. Abundan las 4x4 pero no baja el cebiche. Así, puedo leer indignado que esa inequidad es emulsora de la “Pobreza que traba la calidad de vida”, según el reciente Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) del 2011. El informe confirma que una buena noticia trae consigo una preocupación. El Perú se ubica dentro de los países que gozan de un desarrollo humano alto, pero si le restamos los niveles de desigualdad e inequidad, se desbarranca hasta llegar al grupo de los que tienen un desarrollo humano bajo.

Nuestro país así –y aquí la paradoja-- figura en el nivel de desarrollo humano en el puesto 80 de 187, pero persiste la desigualdad. La cifra demuestra que el Perú tiene un IDH de 0,725, y es considerado uno de los países de desarrollo humano alto. Sin embargo, al ajustarse el IDH con el factor desigualdad, se observa una pérdida sobre su valor en un 23,2%, bajando al nivel de país de desarrollo humano medio. Respecto a la otra variable significativa que mide este informe, el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), con la que se examina las carencias de los más desfavorecidos en salud, educación y niveles de vida, y que además son golpeados por la degradación del medio ambiente, se confirma: “Perú está dentro de los países con nivel medio o bajo de desarrollo humano. El 19,9 por ciento de la población se encuentra en condiciones de pobreza multidimensional, siendo el segundo país de Sudamérica con mayor población después de Bolivia, cuyo IPM es de 20,5 por ciento”.

Dicho de otra manera, somos ricos pero miserables. Vivimos con carencias alarmantes derivadas de aspectos medioambientales, las cuales se examinan a través de tres variables: acceso a combustible moderno, agua potable y saneamiento básico. En el Perú, el 14,1 por ciento de los pobres no tiene acceso a agua potable; el 19,4 por ciento a saneamiento mejorado; y el 19,2 por ciento a combustible moderno. ¿Se entiende? Entonces insisto, qué laya de país es este: genuflexo, mortecino, regio, roñoso, espléndido, pusilánime, dadivoso, sórdido, majestuoso, desventurado, ficho, infeliz, cacaseno, de cojudos, de pícaros, de criollitos, de corruptos.

Hay plata, dicen los de los gobiernos regionales, pero carecemos de gestión de gasto. Enrique Vásquez añadía otra perla a nuestra realidad surrealista. Que en el rubro de los llamados programas sociales prioritarios –y cada vez hay más--, se han incrementado año tras año, en promedio 8 por ciento anual, y sin embargo, este esfuerzo no se ha traducido en resultados tangibles en tanto los niveles de pobreza se han mantenido casi constantes. Yo no le creo mucho al INEI pero desde hace un lustro, la pobreza y pobreza extrema alcanzan al 52 y 26 por ciento de la población, respectivamente. De esta manera y según informa la Universidad del Pacífico, los programas de asistencia fallan por los siguientes razones: “Falta de personal técnico que pueda combatir la filtración (beneficiarios del programa que no son parte del público objetivo), subcobertura (personas que pertenecen al público objetivo que deberían recibir las raciones del programa, pero no son beneficiarios), politización del gasto (destinar partidas a regiones sensiblemente más políticas), incremento en las planillas poco productivas (asesores para organizar fiestas de cumpleaños) y gastos operativos innecesarios (consultorías para sistematizar consultorías), entre otros”.

La misma casa de estudios remite la insistencia de Vásquez a que el flamante Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS) a cargo de Carolina Trivelli, como nuevo organismo del cacareado sistema y eslogan de un gobierno con inclusión social, que éste debería administrar mínimo S/.8, 895 millones -su presupuesto es de quinta- para absorber y distribuirlos en 25 programas sociales y no solo 6. Pero somos pendejos, señora, señorita. El denominador común de la mayoría de estos programas es su politización y la presión que ejercen grupos de beneficiarios no pobres y burocracias ejecutoras para una continuidad de las actividades sin cambios mayores. Entonces, en el universo de “misios”, hay los que reciben y no necesitan. Y existen los que necesitan y no comen. Por eso somos ricos en desnutridos, en niñez anémica, en peruanos castigados por haber nacido en distritos como Pacanga (La Libertad), Sapillica (Piura), Huarocondo (Cusco), Coyllurqui (Apurímac) Jenaro Herrera (Loreto) y Sauce (San Martín). Los seis distritos más pobres de nuestro país. (Leer “Un modelo de gestión descentralizada por resultados: La fusión de programas sociales en el Perú.” Enrique Vásquez H.).

¿Y tenemos cura los peruanos? En mi próximo libro sobre crónicas le hago una pregunta a un sicoanalista conocido: ¿El Perú es un paciente complicado? Y me responde: “Paciente es el que sufre y en el Perú hay gente que sufre mucho y gente que goza. Yo creo que hay mucha más gente que sufre, que no goza y ese es el problema. El Perú es un país lleno de problemas. Yo creo que los problemas más graves de este país son la pobreza y la corrupción en relación con la anomia, es decir, la falta de valores en relación con la mentira y la hipocresía en relación con la codicia, la codicia desmedida, en relación con lo que sería una psicopatía que es el hecho por el cual la persona comete actos incluso conscientes sin sentir remordimientos”. Vista así las cosas, en este Perú de pobres, regios y cojudos, ojalá que le ganemos a Ecuador en Quito el 15 de noviembre. Buen domingo.


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