¿Perú, Nebraska?

La embajadora de los Estados Unidos de América, Rose M. Likins, ha roto esta semana con los protocolos y las formas diplomáticas a los que están obligados todos los que representan a sus países en el Perú, y ha tomado partido, en la política interna peruana, por la no censura de los ministros del Interior y Defensa cuestionados mayoritariamente por la opinión pública y las bancadas en el Congreso.

| 13 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 1.6k Lecturas
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La embajadora ha creído que haciendo una reflexión política aplicada en apariencia a cualquier situación y aludiendo a cómo funcionan las cosas en el Poder Ejecutivo de Estados Unidos, dejaba a salvo la responsabilidad diplomática de sus opiniones.

“Todos queremos que haya un esfuerzo importante para las fuerzas del orden, pero cambiando ministros cada cuatro meses es difícil que alguna institución llegue a ese nivel de excelencia”, ha dicho la embajadora.

Pero es obvio que Rose M. Likins no está hablando ni de los Estados Unidos ni menos de cualquier situación política en abstracto, sino claramente de una situación concreta que está en la agenda política nacional desde hace un par de semanas.

Así, la embajadora de los Estados Unidos se ha permitido hacer en público un análisis político sin muchas sutilezas, dando, además, su opinión sobre la solución del tema. En síntesis, los ministros (no hay necesidad de que los mencione para que sepamos de quiénes se trata, embajadora) deben quedarse.

No vamos a discutir aquí los argumentos de las opiniones políticas de la representante diplomática de los Estados Unidos en el Perú. Pueden ser, en el caso que nos ocupa, ciertos o falsos. Ése no es el problema.

El problema es que la embajadora no está actuando como tal, sino como un actor más de la política peruana, como si los Estados Unidos tuvieran el derecho a opinar y a intervenir a través de ella en el quehacer nacional como lo tiene cualquier partido político peruano.

Más grave aún tratándose de los Estados Unidos que es el primer país de la tierra. Porque ese hecho convierte a la embajadora en una suerte de procónsul, es decir, de una representante de un poder extranjero en una relación asimétrica donde ella puede, si no accionar directamente para que los ministros se queden en sus cargos, sí para respaldarlos y dejar sentado que Estados Unidos los apoya o que ve con malos ojos que los ministros cambien a cada rato. O eso o la señora es simple y llanamente una desatinada.

Tal situación es inaceptable. La embajadora está fuera de lugar y debe ser llamada al orden. Su proceder está rompiendo el respeto que deben guardar dos países soberanos. Resulta curioso que tales intromisiones en los asuntos internos del Perú sucedan sin mayor problema, como si fuera algo de suyo natural, en un gobierno cuya principal bandera de campaña y plataforma política es el nacionalismo.

Es decir, si nada queda ya de éste en el quehacer interno, que por lo menos quede en el contexto de las relaciones internacionales del Perú. De qué sirve que el Presidente se codee con el emperador del Japón y sea recibido por todo lo alto por su homólogo coreano cuando aquí, en Lima, la embajadora norteamericana interviene groseramente apuntalando a dos ministros cuestionados por la mayoría del país. En qué se convierte entonces Ollanta Humala, ¿en embajador de la señora Likins ante el emperador japonés?

El Perú es más que una marca, señor Presidente. Si empezamos por entender eso quizás podremos entender mejor el porqué hay que rechazar con firmeza cualquier intromisión extranjera en la vida política nacional. Finalmente, pese a la sensiblería del marketing, el Perú no está en Nebraska.


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