¿Parias eternos?

Según la ley, quien ya ha cumplido su condena en prisión puede —y se supone que debe—reinsertarse en la sociedad, con todos los derechos que tenía antes de delinquir. Esto es un principio jurídico, y entre estos derechos figura el de trabajar y ganarse la vida honradamente. Sin embargo, ¿podemos estar seguros de que un profesor ex condenado por delito de subversión no volverá a inculcar ideas nocivas o antidemocráticas a los alumnos a su cargo?

| 20 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 827 Lecturas
ENFOQUE

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Creo que una sociedad que se jacta de democrática tiene que correrse algunos riesgos para no traicionar sus propios principios, y quizá ésta sea una de sus pruebas de fuego.
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Obviamente no podemos, en la medida en que carecemos de suficientes organismos de control en el magisterio, y es imposible vigilar cada una de las clases que imparten. No queda más remedio que confiar en su criterio, y en que no volverán a cometer los mismos errores.

Por tanto, creo que la pregunta es: ¿Confiamos, o, de plano, prolongamos su condena cercenando su derecho al trabajo? O, para ponerlo más complicado aún: por ejemplo, ¿se consideraría “antidemocrático” promover un debate en una clase de Educación Cívica respecto a lo que significa la palabra “democracia” y cuestionarla, en vez de asumirla como un dogma de fe sin mayores explicaciones?

Tengo la impresión de que hay demasiadas variantes y matices en el tema de la enseñanza como para prohibir algo por subjetividad y dependiendo del cristal con que se mire.

De repente un fujimorista fanático podría acusarme a mí de “prosenderista” si defiendo las conclusiones de la Comisión de la Verdad y afirmo que, en mi opinión (y la de muchísimos), Sendero Luminoso sí era un partido político organizado y no una simple banda de maleantes, como a muchos les gusta simplificar.

Para Martha Chávez o Carlos Raffo esto es una barbaridad, de idéntica manera como para Elena Iparraguirre es otra barbaridad distinta que no comprendan lo “sabio” que es su “presidente” Gonzalo.

Es imposible razonar con los fundamentalismos y, por lo mismo, tampoco es serio caer en el fundamentalismo del refrán “gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”. ¿Existirán los ex senderistas? ¿Los ex apristas? ¿Los ex fujimoristas? ¿Existe alguna certeza para introducirnos en la mente de cualquier ser humano y conocer sus más íntimos pensamientos y convicciones? Vana ilusión…

Pienso que este proyecto de ley nos pone contra las cuerdas con respecto a lo que queremos creer —o no creer— de la capacidad de cambio en el ser humano. Por un lado, el empírico sentido común nos dice que es imposible saber si un fanático de verdad ha cambiado y se ha arrepentido de sus ideas, o simplemente está mintiendo para dejar tranquilos a quienes lo derrotaron.

Por el otro, es peligroso hacer diferencias y/o excepciones en la vida civil de los ex convictos, pues se echaría por tierra el principio de que todo castigo busca la rehabilitación. ¿Qué solución quedaría, entonces? ¿La deportación, la expulsión del país, o asumir que deben ser parias laborales hasta el fin de sus días?

Creo que una sociedad que se jacta de democrática tiene que correrse algunos riesgos para no traicionar sus propios principios, y quizá ésta sea una de sus pruebas de fuego. Porque, volviendo al sentido común, un senderista ya liberado que siga creyendo en sus temibles ideas, ¿acaso no seguirá haciendo proselitismo, ya sea como obrero, zapatero, vendedor, o manejando una mototaxi? ¿No aprovechará igual cualquier tribuna, y con más ganas si encima siente que lo han condenado al ostracismo?

Reconozco que no estoy ciento por ciento seguro, pero poniendo ambos casos en una balanza, prefiero aspirar a una sociedad que promueva la autorregulación y estimule a que sean los padres o tutores quienes vigilen y supervisen la educación que reciben los niños y jóvenes en las aulas. Creo que sería más interesante comprometerlos a ellos, en vez de ahorrarles el trabajo por decreto.

Y de paso: ¡ojalá esto fuera el principio de una real preocupación por la educación en el Perú! Ya muchos lo repiten hasta la saciedad: de nada sirve que cada día se compren más Blackberrys de última generación, mientras la gran mayoría de estudiantes no entiende ni lo que lee. Así ningún desarrollo es sostenible y siempre nos seguirán llevando la delantera en casi toda América Latina.

Mientras solo importe construir más centros comerciales en vez de apoyar la ciencia, la cultura, la investigación y las artes, la ignorancia seguirá ganando más y más espacio. Y de eso todos tenemos la culpa.


Eduardo Adrianzen
Revista Ideele


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