¡Oro en Cajamarca! tragedia en varios actos

En el Perú hay oro, mucho oro. Siempre lo hubo. En una comida servida en mi casa, el egregio poeta Francisco Bendezú tuvo la ocurrencia de asegurar, con una seriedad a prueba de balas, que desde los satélites el Perú se veía dorado. Aunque todos celebraron la gracia, nadie y ni él mismo se imaginaron que era cierta.

| 30 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 5.3k Lecturas
¡Oro en Cajamarca! tragedia en varios actos
En Cajamarca la historia parece haberse detenido.
LA HISTORIA SE REPITE

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La tragedia de Cajamarca pareciera repetirse ahora. Los novísimos conquistadores quieren llevarse el oro, a costa de contaminar el agua, que es la vida de los pobladores de ese y otros departamentos.
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Entre sus propiedades, el oro tiene el poder de despertar la codicia, aun en los espíritus más indolentes o beatíficos.

Buscando una prueba de este aserto, retrocedo varios siglos en las páginas de la historia y hallo el siguiente suceso.

Ocurrió el 16 de noviembre de 1532, en Cajamarca.

“Sobre las cinco de la tarde, con el sol todavía alto, el gigantesco cortejo llegó a la puerta de la plaza que daba al camino a los baños. Atahualpa venía sentado en un anda dorada, que refulgía y portaban numerosos cargadores. Lo precedían decenas de bailarines y músicos y lo rodeaban otras tantas mujeres. Un grupo de mujeres barría el camino por donde iba a pasar el anda. Detrás, seguían varios miles de hombres. Sus vestidos multicolores, discos y otros adornos de oro permitían suponer que eran los nobles del entorno inmediato del inca. No había en ellos ninguna señal de que viniesen a combatir. No portaban armas. Parecía más bien que asistían a una ceremonia con su mejor atuendo de fiesta. El cortejo avanzó hasta el centro de la extensa plaza, y allí se detuvo. Se vio a Atahualpa inclinarse hacia uno de sus nobles y preguntarle algo. Luego observó extrañado la desierta plaza. La multitud fue llenando uno de sus lados.

Entonces, el fraile Vicente de Valverde, cubierto con un peto bajo la sotana y llevando un puñal colgado del cinto, salió de una de las casas acompañado de Martinillo, y a largos pasos se aproximó al inca. Se detuvo frente a él y, levantando una cruz en una mano y la Biblia en la otra, gritó:

—Me envía el verdadero Dios a enseñaros su doctrina —y luego recitó el requerimiento—. El Papa, representante de Dios en la tierra, le ha encargado a su majestad, el rey de España, conquistar a los naturales de estas tierras. El capitán general Francisco Pizarro tiene por misión cumplir este encargo. En nombre de él, yo os conmino a abjurar de vuestra idolatría y a someteros a la autoridad del rey Carlos I de España.

Martinillo tradujo, y Atahualpa respondió:

—Yo soy superior a cualquier otro príncipe. He venido aquí, invitado, a tratar a vuestro capitán como hermano.

—¡Aquí está la verdad! —prosiguió Valverde como si no lo hubiese escuchado, y, tras un alegato teológico, puso la biblia ante el rostro de Atahualpa, reiterándole que se sometiese.

Éste tomó el libro, lo miró, lo hojeó y lo arrojó, con desdén, a un lado. Valverde corrió entonces hacia la casa de la que había salido, gritando:

—¡Herejía, sacrilegio! ¡Santiago, Santiago!

Era la señal esperada por Francisco Pizarro.

Éste le hizo una indicación a Pedro de Candia y, un instante después, las dos culebrinas dispararon contra la multitud. Siguió una ráfaga de los arcabuces.

Aterrorizada por el estruendo de los disparos, que escuchaban por primera vez en su vida, y por la mortandad, la muchedumbre india se desmandó, corriendo hacia las salidas. Pero hasta allí llegaron los cañonazos, uno tras otro. En seguida, salieron sesenta jinetes de los tres grupos de la caballería, con las espadas en alto y tasajearon a los pobres indígenas, hombres y mujeres desarmados, hasta que los brazos se les cayeron de cansancio.

No era una batalla. Esos indígenas se habían convertido en animales en estampida que corrían presas de espanto hacia donde podían. De pronto, una masa de miles de hombres, arrinconada contra una pared de la plaza, la echó abajo y sobre los que cayeron pasaron los demás, pisoteándolos y corriendo hacia las calles vecinas y chacras. Hernando de Soto se dirigió hacia ese sitio con un grupo de jinetes, aplastaron los cuerpos caidos y saltaron sobre los escombros en persecución de los indígenas, los alcanzaron y descargaron contra ellos sus espadas, decapitándolos o cortándoles los brazos y torsos.

Las decenas de hombres porteadores de la litera real cayeron atravesados por los virotes de las ballestas y mutilados por las alabardas de los infantes que vociferaban frenéticos. Se dejaban matar sin dejar de sostener el anda.

Francisco Pizarro corrió hacia la litera con un grupo de soldados, gritando:

—¡Nadie toque al inca! ¡Lo quiero vivo!

Llegó en el instante en que el anda se tambaleaba y varios soldados tironeaban de Atahualpa para hacerlo bajar. Uno de ellos lanzó un sablazo sobre él que Pizarro alcanzó a parar con un brazo. La sangre manó, y el soldado, reconociendo a Pizarro, retrocedió.

Mientras la carnicería continuaba, Francisco Pizarro y sus soldados, rodeando a Atahualpa, caminaron hacia las casas, e ingresaron a una de ellas.”

Éste fue el principio del fin del Tahuantinsuyo, ya desgarrado por la lucha dinástica entre Huáscar y Atahualpa.

¿Qué querían Francisco Pizarro y sus mercenarios?

Oro. Habían cruzado el oceáno Atlántico y se habían aventurado en una tierra entonces desconocida en Europa para buscar oro y saquearlo.

Fue por eso que, encerrado Atahualpa en el palacio Amaruhuasi, Francisco Pizarro le exigió que le entregara una habitación llena de oro y dos de plata a cambio de su libertad, como acontecía en Europa cuando se capturaba a un personaje de cierta importancia. Dominado por la misma ingenuidad que lo llevó a creer en la invitación de los emisarios de Pizarro y dejarse atrapar en la plaza, Atahualpa creyó también en ese ofrecimiento.

Obviamente, Francisco Pizarro, no lo cumplió. Obtenido el oro y la plata lo repartió y después hizo matar a Atahualpa.

“Los tres oficiales reales y el escribano, pesaron los lingotes y retazos almacenados en la casa destinada a depósito, y anotaron sus pesos por kilates y sus valores, con la minuciosidad de burócratas obsedidos en hacer honor a su condición de ojos de sus lejanas majestades, los reyes de España. Luego se apartó una cantidad equivalente a los gastos de la conquista hasta ese momento. Tampoco entraron en la cuenta el anda revestida de oro de Atahualpa y varias vasijas del mismo metal de gran tamaño que Francisco Pizarro tomó para sí como regalos. Nadie mencionó las piedras preciosas que desaparecieron en los bolsillos de éste, de sus capitanes y de otros más.” *

Al día siguiente, deducido el quinto para el rey de España, se procedió al reparto entre Francisco Pizarro, sus mercenarios y los frailes. Todos ellos se volvieron inmensamente ricos, más ricos que en los cuentos de Las mil y una noches.

La tragedia de Cajamarca pareciera repetirse ahora. Los novísimos conquistadores quieren llevarse el oro, a costa de contaminar el agua, que es la vida de los pobladores de ese y otros departamentos.


Jorge Rendón Vásquez
Colaborador


*(El texto entrecomillado pertenece a la próxima novela de Jorge Rendón Vásquez titulada “El oro de Atahualpa”)

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