Oro, agua y asesores

Seguramente el Comanche Ollanta no ha leído un famoso libraco de Curzio Malaparte, al final del cual, comentando los berrinches de Catón y Catilina, viejos matadores de los tiempos greco-romanos, el buen Curzio, arriba a la conclusión de que “no hay gobierno que sobreviva a unas cuantas horas de paro general”. Algo parecido a la amenaza antiminera que acaba de conjurarse.

| 04 diciembre 2011 12:12 AM | Especial | 1.3k Lecturas
Oro, agua y asesores
OJO HUMANO

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Y si bien el asunto fue secreto, no faltó un sapo de esos que salió contando que el poderoso jefe de la NKVD, el espionaje y otras notas, acabó suplicando por su vida, de rodillas y besando un ícono ortodoxo.

El mencionado infolio se titula “Táctica del Golpe de Estado” y es muy posible que figure entre los favoritos del extrotsko “Julio Favre”, quien, luego de un accidentado peregrinaje izquierdoso, ha comprendido que es más bacán emplearse de “asesor” de gobernantes.
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El mencionado infolio se titula “Táctica del Golpe de Estado” y es muy posible que figure entre los favoritos del extrotsko “Julio Favre”, quien, luego de un accidentado peregrinaje izquierdoso, ha comprendido que es más bacán emplearse de “asesor” de gobernantes, manejando el coche desde el asiento de atrás, que jugársela de agitador contestatario, con el inconveniente de canazos, empujones, una que otra torturadita más o menos “científica”, exilio intempestivo y esas odiosas coqueterías que suele disfrutar la gente autoritaria de todos los tiempos, ideas y países.

Ahorita, Ollanta, ya sabe, luego del duro tropezón cajamarquino, que según postuló el viejo Trajano: “La política es el arte de lo posible” y que como sabe cualquier mineracho mediacaña, el precio del oro es el envenenamiento de las aguas y la vida, vacilón que afectará a todo títere con cabeza, habitante de la mina, el campamento, balnearios y alrededores, por una larga carretada de siglos, después del primer dinamitazo con cianuro.

En suma, que “Conga no va”, digan lo que digan los decidores de la derecha, el neoliberalismo y otras tangas que están de moda en Canal 8.

Y quienes pretendían que aumentando el número de tombos, o reforzando a dicho elenco con uno que otro milico, sus morocos, orquesta y coros, la cosa iba a funcionar a la prepo, son sencillamente ignorantes de toda ignorancia y el Comanche mayor deberá aprender a no escucharlos, salvo que quiera verse arrinconado por la Historia, que es la peor manera de contraer histeria, mi estimado.

Pero volviendo a los asesores -tipos medio sopletes, que agarran el poder a la volada- por lo general, la pasan de película hasta que se les acaba el rollo, como en su momento supieron Séneca, Yago, Rasputín, Beria, López Rega y Vladimiro Montesinos, hoy, paradójicamente encerrado en una prisión que él mismo ideó y cuya construcción dirigió muerto de risa, sin atisbar que solo preparaba sus aposentos para una bien larga temporada, como ahorita ya estará viendo, sin más compañía eventual que su abogada y secretodo.

El caso de Lavrenti Beria, poderoso Comisario del Pueblo entre 1938 y 1953, -etapa última y crucial de las masacres de Stalin- es curioso y hasta cierto punto, conmovedor.

Un 26 de julio de su último año, el pata parecía no haber advertido que “El Padrecito” Stalin ya había estirado las de andar, mientras el gordo bailarín Nikita se empeñaba en “desestalinizar” la URSS, en aras de “La Convivencia Pacífica” con los gringos que lo atarantaban con los “Intercontinental Misils” y sus correspondientes cabezas nucleares.

Y entonces, pues, -el tío Beria, digo- asistía a una espléndida cena con caviar Beluga, vodka “Stolysnaya” y esas ricas cosas del “podrido capitalismo” que solían degustarse a forro en las alturas del politburó, cuando un coronel, interrumpió a dicho “importante camarada” brevemente, para invitarlo a una “sesión urgente, sobre un asunto impostergable”.

El pata que se sentía más poderoso que la mamá de Tarzán en sus buenos tiempos, se disculpó “a la rusa” y salió en pos de su destino y se jodió nomás, como suele suceder a los giles, en estas truculentas pelis de la vida real.

Se cayó de cabeza en un “sumario juicio del pueblo”, que terminó condenándolo a muerte sin mayor trámite ni chacoveo.

Y si bien el asunto fue secreto, no faltó un sapo de esos que salió contando que el poderoso jefe de la NKVD, el espionaje y otras notas, acabó suplicando por su vida, de rodillas y besando un ícono ortodoxo, lo cual no fue buena idea, oiga usted, porque sus jueces militares alegaban ser materialistas ateos y además, compadre, tenían sus órdenes, por lo cual el que mandaba el chongo, hizo un gesto convenido y un presuroso oficial, empujó más o menos cortésmente al “importante camarada”, al patio contiguo, donde siete fusileros ucranianos, lo pasaportaron al paraíso de los bolcheviques, al son de una sola descarga terminante.

La viuda y el hijo de Beria, después de un feo y prolongado destierro siberiano, apelaron durante largos años, ante diversas cortes, soviéticas primero y rusiacas nomás después, intentando su reivindicación histórica, para solo obtener un definitivo pronunciamiento que declaró a Beria,”asesino de su propio pueblo”, con lo cual se acabó el ochichornia, en toque de balalaika.

Y quedó como consuelo, para los dolientes, que mejor es morir de siete fusilazos unísonos, que al cabo de un “apanao” tumultuoso, veneno en torta bamba, balazos principescos y desbalconada final, con remate de ahogamiento en el helado Neva, como le pasó al padrecito Grigory Effimovitch a quien sus íntimos llamaban “Rasputín”, por dárselas de brujo y andar cochineando a la Zarina de los Romanoff.

¿Y qué voy a contarles de “Lopecito”, el satánico “asesor” de Juan Domingo Perón y su última viuda “Isabelita”? Este siniestro personaje que también se alucinaba brujo, creó, entre otras salvajadas, la tenebrosa Triple “A”, se coludió con Massera, Videla y otras firmas, para organizar las aterradoras torturas desplegadas por la “anticomunista” dictadura militar argentina y otras infernales “gracias”,para terminar huyendo a Europa cuando se le volteó la tortilla.

Pero, a la larga y falto de fondos, regresó una noche a su Buenos Aires querido, solo para morir atormentado por el cáncer y la diabetes, encadenado a un camastro hospitalario, para que aprenda cuál es el final legendario de los verdugos.

Entonces, pues, el tío Favre bien hará en disfrutar sus poderes “fácticos” mientras le dure el secreto -que en el Perú acaba de escurrírsele a raíz de su pelea con mi broder Carlucho Tapia-, pues según vamos viendo y como decía mi abuelita: “junto con la enfermedad, nace el remedio y…a todo chancho, le llega su San Martín”.

-Y esto es algo que bien sabe El Diablo y no precisamente por asesorar a nadie.

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