Ollanta: la tentación del fracaso

Cierto, no goza de la elefantiásica oratoria mofletuda de García ni el mote beodo de Toledo. Pero es un político de nuevo cuño, postmoderno dirían los taxistas que me comentan que Ollanta está en la lista junto a Ramón Castilla y Andrés A. Cáceres.

| 20 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 4.1k Lecturas
Ollanta: la tentación del fracaso
Tu mala canallada

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Ollanta saluda a todos los que lo reconocen, se ríe de las ocurrencias de su heredero que ya ha comenzado a balbucear y piensa en los analistas que lo diseccionan como a cuy y en la pituquería de la Confiep y las mineras que le han comenzado a coquetear.
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Al presidente Ollanta Humala no le sale bien el nudo de sus corbatas. Como cuando era cadete, el estilo “Wilson” lo traiciona. Sus corbatas son italianas pero jamás pudo anudarse con la moda “tubo”. Entonces, aun de civil elegante, es lo más parecido a un soldado raso en los quintos infiernos. Pero Ollanta está de moda luego de su faena en la XIX Cumbre de Líderes Económicos del Foro de Cooperación Económica del Asia – Pacífico (Apec) en Hawaii donde junto a su par de la República Socialista de Vietnam, Truong Tan Sang, fueron considerados como nuevos líderes del foro. Amén de sus reuniones con el ministro de Japón, Yoshihiko Noda, el primeros ministros de Canadá, Stephen Harper, los jefes de Estado de China, Hu Jintao, con el mismo Tan Sang de Vietnam y el presidente norteamericano Barack Obama, Humala, que ahora juega en las grandes ligas y alojado en una suite del Hotel JW Marriot Ihilani de Honolulu, según uno de los pocos consejeros de Palacio que lo comunicaba con Lima, se reafirmó en que ser presidente peruano, aún en la cresta del reconocimiento mundial, tiene el sino de una cruel pesadilla porque sus íntimos desde adentro –Omar Chehade y otros facinerosos—, le movían el piso y le quitaban puntos por sus genes angurrientos y sus hábitos corruptos.

El joven periodista del diario El Comercio, Juan Aurelio Arévalo, había publicado el martes 15 de noviembre una suerte de ecografía de Ollanta intentando describir sus prácticas comunicativas. Falló. El presidente Humala no es así. En la página A-10 de ese día y con el título: “Humala: un presidente que habla poco, pero sí comunica”, trató de construir un perfil del Mandatario respecto a su “nuevo estilo en palacio” e incluso en la “bajada” de su informe se leía: “Las escasas cualidades retóricas del Mandatario obligaron a sus asesores a buscarle una estrategia de comunicación que permita entregar un mensaje simple y sin desgastar su imagen”. El texto se apoyaba en opiniones de analistas, publicistas, lingüistas, sociólogos y psicoanalistas. Hay una verdad irrefutable, los periodistas que menos conocen a Ollanta son aquellos que hoy trabajan en el “El Comercio”. La tremebunda campaña en su contra cuando candidato, hirió al hoy Presidente y él no es un tipo que olvida. Fue precisamente con ocasión del foro de Hawaii que la enviada especial del diario de los Miro Quesada, la periodista Cecilia Rosales, al fin pudo conseguir una breve entrevista y formularle apenas 12 preguntas con un final infeliz.

La experta periodista política confesaba así en su presentación: “Tenemos cinco minutos”. Fue lo primero que dijo el presidente Ollanta Humala cuando lo saludé con un apretón de manos y le agradecí por brindarme la entrevista (...) los funcionarios de prensa peruanos habían logrado separar un ambiente en el mismo hotel donde se hospeda el mandatario nipón para la primera entrevista que brinda el Jefe del Estado a El Comercio, y el primer contacto con la prensa que accedió a tener en esta ciudad”. Rosales, so pretexto de hablar de los logros en aquella cumbre, viró las preguntas para una fallida celada, el “caso Chehade”. Humala le respondió: “Para mí ya terminó ese asunto. (Chehade) dio un paso al costado (...) No pertenece al Ejecutivo, por lo tanto nosotros no tenemos ninguna relación con él en estos momentos”. Rosales insistió dos veces más. A Ollanta le salió el indio. Rosales imploró: “Disculpe, Presidente, pero no entiendo”. Ollanta la fulminó: “Muchas gracias. Ya le he dicho tres veces”, y se mandó a mudar.

Ollanta Humala desde 1989, en su tránsito de teniente a capitán y en plena guerra antisubversiva, se convirtió en ‘un animal político’ cuando se rebeló junto a otros oficiales a poner en práctica el Manual de Combate ME 41-7. El documento que había oficializado el Comando del Ejército era una guía y doctrina contrasubversiva basada en operaciones colonialistas de los Estado Unidos y Francia en territorios “no nacionales”. El manual había sido un fracaso en Viet Nam y resultaba impracticable en nuestra realidad al producir violaciones a los derechos humanos, miles de muertos y “desaparecidos” sobre todo en la esfera de los que no combatían. Fue así que Ollanta y otros oficiales –incluido su hermano Antauro—crearon una corriente contestataria, revisora y alternativa a dicha doctrina. A esa corriente se le llamó el “Etnocacerismo”.

Hoy, Ollanta Humala dice que aquel manual minó la moral de los soldados. “Muchos de nosotros nos negamos a acatarlo porque su enfoque del conflicto, nos rebajaba a la categoría de mercenarios o sicarios, pues, como soldados, no podíamos actuar como lo hacía Sendero Luminoso. Eliminar civiles, sembrar terror dentro de los poblados, tarde o temprano, condenaba a cualquier Fuerza Armada a la derrota moral. Entonces, dentro del Ejército algunos oficiales jóvenes cuestionamos esta doctrina y rescatamos la importancia que tenía la adhesión de la población para vencer a Sendero Luminoso. Así surgió el etnocacerismo”. Luego vendría su liderazgo al frente de un grupo de militares que rechazaron el Acuerdo de Itamaraty, el conflicto con Ecuador, el ceder un kilometro cuadrado en la región de Tiwinza. Más tarde, la reelección de Fujimori en 1995 cuando se consolida el poder de la corrupción en nuestro país y Vladimiro Montesinos se convierte en aquel perverso asesor. Después cuando altos mandos de las FF.AA. cometieron actos de corrupción en la compra de material bélico --la famosa flota de los MIG 29--, luego un frustrado levantamiento armado en 1998 que fracaso por la falta de un general emblemático, más adelante, el rechazo al “Acta de sujeción” al poder montesinista, hasta el 29 de octubre del 2000 con el llamado “Levantamiento de Locumba”. Es decir, once años, donde Ollanta Humala lideró –hablando, convenciendo, seduciendo, a la tropa, a los marginados, a los excluidos. Luego vendrían once años más de actividad puramente política hasta que fue Presidente hace un poco más de 100 días.

Aquellos que subestimaron a Ollanta Humala se equivocan. No es un advenedizo ni un improvisado. Tienes 22 años de práctica política. Cierto, no goza de la elefantiásica oratoria mofletuda de García ni el mote beodo de Toledo. Pero es un político de nuevo cuño, postmoderno dirían los taxistas que me comentan que Ollanta está en la lista junto a Ramón Castilla y Andrés A. Cáceres. Es cierto. Ollanta, en la soledad fantasmal de Palacio de Gobierno sabe de conjuras y planes para derrocarlo. Por eso se cuida en salud. Tiene consejeros y asesores, civiles y militares, desde el argentino-brasileño Julio Favre hasta el coronel Adrián Villafuerte, su nexo con las FF.AA. Desde su esposa Nadine que se faja con la familia hasta la comunicadora Blanca Rosales que se rompe el alma contra una jauría de gente de prensa que quiere mostrar su cabeza sangrante.

Cuando los domingos por la mañana –si hay tiempo—Ollanta llega a las heladerías de El Polo junto a Illary, Nayra y el pequeño Samin, sus menores hijos, a una orgía de barquillos, paletas y chupetes, ninguno de los que lo observa, de paisano, con gorrito, buzo y zapatillas, supone que ese hombre de mirada calma y hablar sereno es el presidente del Perú. Un país jodido, contrahecho e inmanejable. Ollanta saluda a todos los que lo reconocen, se ríe de las ocurrencias de su heredero que ya ha comenzado a balbucear y piensa en los analistas que lo diseccionan como a cuy y en la pituquería de la Confiep y las mineras que le han comenzado a coquetear. Él sabe que jamás aprenderá a anudarse la corbata como Berlusconi pero mejor así, en todo caso, la corbata al estilo de Il Cavaliere jamás será su horca como muchos peruanos quieren.

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