Ollanta, 52 días después

“En un Palacio de Gobierno que se cae a pedazos y donde la sombra del voluminoso Alan García cruza paredes, abre cajas fuertes, oculta sus secretos debajo de la alfombra. García, el hombre al que Humala le ajustará las clavijas, pronto, porque el que la hace la paga”.

| 18 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 4.2k Lecturas
Ollanta, 52 días después
Tu mala canallada

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“Y vamos que el 28 de julio se encontró no con uno sino con cientos de conflictos, desde las mineras hasta el cumplimiento de sus promesas, pasando por disolver esa tendencia inconforme de un sector descontento de la Marina de Guerra del Perú que desde el 5 de junio había tratado de ‘desconocer’ el triunfo de Humala”.
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Cuando el último jueves el presidente Humala apareció en la puerta de su casa para colaborar con la colecta de lucha contra el cáncer, los periodistas se sorprendieron. Ollanta Humala estaba suelto de huesos. Ya había corrido el kilómetro y medio de su diario trote, se había empujado un choclo y una manzana con su quaker como todos los días y esa vez le dio la gana de declarar a los colegas. Primero pidió a los congresistas que integrarán la súper comisión que investigará al expresidente García que lo hagan en un plazo perentorio, que no sea como otras comisiones que trabajan indefinidamente y terminan otorgando “blindaje de impunidad” al investigado y finalizó cachoso con aquello que estos grupos indagan tantas cosas y de manera tan desordenada que terminan pareciéndose a la teleserie “Al fondo al sitio”. Solo le faltó decirles que no la hagan más larga que pedo de culebra.

Ollanta Humala es una persona serena, tímida más bien. He tenido la suerte de entrevistarlo varias veces luego de la rebelión de Locumba en el 2005 y hasta cuando despachaba en la vieja casona del PNUD en donde funcionaba el búnker de la transferencia. A mediados de julio, conversamos en un clima tenso por aquello de que El Comercio había publicado en una encuesta de la empresa Ipsos Apoyo donde su aceptación ciudadana había bajado de 70% a 41% en apenas 15 días.

--Qué va a pasar, Ollanta--, le pregunto.

--Nada, es la misma gente que no quiere que sea presidente, la derecha, el gran capital, déjelos que griten. Todavía no soy presidente y ya me están poniendo en contra de todos los peruanos.

Había sonreído con tranquilidad cuando me miró, pero sabía que no le creía. Humala acababa de cumplir 49 años y no es lo que la mayoría se imagina. Es un ser calmo, reflexivo, inexpresivo casi. La mayoría de veces hay que adivinar lo que está pensando. Cuando ordena algo y no le cumplen puede lanzar un carajo. Luego no, no profiere lisuras. Cuando reventó el asunto de su hermano Alexis Humala haciendo acuerdos con el gobierno ruso, el “cargamontón” de la prensa que no le es afín, lo atacó sin piedad. “Todavía no es presidente y ya está metido en los negociados de la corrupción”, le escuché decir a una señora en el market “Vivanda” a unas cuadras de la Avenida del Ejercito, donde funcionaba el fortín “ollantista”.

En esos días, la conducta de los sectores más conservadores del Perú no aceptaba que la alianza electoral Gana Perú haya vencido en la segunda vuelta a Keiko Fujimori por el 51,449% de los votos válidos. Anuska Buenaluque del programa “Cuarto Poder”, de tanto insistir, al fin consiguió convencer a Blanca Rosales para que el presidente electo brinde su descargo del caso de su hermano Alexis y cuál era el futuro de su gobierno. Y vamos, que el 28 de julio se encontró no con uno sino con cientos de conflictos, desde las mineras hasta el cumplimiento de sus promesas, pasando por disolver esa tendencia inconforme de un sector descontento de la Marina de Guerra del Perú que desde el 5 de junio había tratado de “desconocer” el triunfo de Humala.

A Humala no le gusta que lo contradigan. Es un “picón”, y él lo sabe. Entonces lanza su frase favorita: “ya vas a ver” y se queda mirando el techo. Por momentos, es hermético. Le gusta escuchar. No dice palabra si no lo piensa varias veces. “No es desconfiado, pero cuando se le da por hablar hay que callarlo”, me dice una periodista de su equipo de prensa.

--Cuánto de su papá hay en su llegada a la presidencia— le pregunté una tarde mientras caminábamos por los jardines del viejo puericultorio Pérez Araníbar.

--Mucho. Mi padre siempre se preocupó por la política nacional, por orientarnos a todos nosotros en que, además de ser profesionales, tengamos una vida activa en la política. Ahora debe estar feliz. Consiguió que su hijo salga presidente.

El apoyo manifiesto de Mario Vargas Llosa fue fundamental para el triunfo de Ollanta Humala en estos días. El Nobel peruano tenía una fuerte relación de creencias con Isaac Humala. En 1958, cuando ambos estudiaban en la universidad de San Marcos, junto al ya fallecido Félix Arias Schereiber y la joven Lea Barba, formaron una célula llamada “Cahuide” que tuvo una activa y agitada virulencia política en la vieja casona sanmarquina de frente al Parque Universitario. Esas aventuras están narradas con nombres propios en la novela “Conversación en la Catedral”. Mi relación con Félix Arias Schereiber, que se casaría después con Lea Barba, me permitió conocer la influencia del papá de los Humala. “Todos lo mirábamos más como un guía ideológico que como un compañero de la universidad”, decía Arias Schereiber.

Ollanta Humala es una persona que tiene de todo menos de hedonista. Es bien frugal en sus comidas, casi un ‘eticoso’. Prefiere comer en su casa antes que en un restaurante. Conserva sus costumbres andinas muy metidas en su familia. Cuando invitan a almorzar, comen papas sancochadas, choclos, habas. Es cierto, Humala no bebe aunque una noche descubrí que fumaba puros. Ahí en su oficina, Humala esconde una botella enorme de Milanta, ese líquido blanco que combate la gastritis: “A mí no me metieron un balazo, pero estos ajetreos de la vida política me fregaron el estómago. Mi gastroenterólogo dice que tengo gastritis, y eso, a partir del final de la primera vuelta”, confiesa con un rictus de soldado herido.

Esa mañana del domingo 17 de julio, en la glamorosa panadería San Antonio a unos metros del local de la transferencia, de mesa a mesa, damas y señorones, mientras daban curso al desayuno peruano de chicharrones y tamales, despotricaban de las palabras del presidente electo. “¡Qué horror, ese Humala es igual que Chávez!”, decían. Que igual que en la campaña presidencial del año 2006, los presuntos vínculos con el presidente Chávez es el “sambenito” de la chilla histérica de los sectores más perfumados de la sociedad peruana. No obstante que Humala asegura que no busca aplicar el modelo venezolano y más bien siempre pone como referente al expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Así, ha vivido estos 52 días de Presidente de la República. En un Palacio de Gobierno que se cae a pedazos y donde la sombra del voluminoso Alan García cruza paredes, abre cajas fuertes, oculta sus secretos debajo de la alfombra. García, el hombre al que Humala le ajustará las clavijas, pronto, porque el que la hace la paga.


Eloy Jáuregui


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