¡Oh, retórico bolero!

Ignoramos en qué pensaba Claudio Ferrer cuando escribía Azabache, pero el santo se le fugó al cielo, y Claudio eternizó uno de los más armoniosos desatinos que se recuerden.

Por Diario La Primera | 25 jul 2010 |    
¡Oh, retórico bolero!
Agustín Lara, uno de los grandes del bolero.
He aquí una música que enseña a leer.

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El bolero ha sobrevivido a la puntuación cubista de los cancioneros y a los tribunales de la semiótica; y ¿cómo no?: el bolero es eterno: ni «Luis Miguel» pudo matarlo.

De pronto, la voz translúcida de Olimpo Cárdenas canta: «En el negro azabache de tu blonda cabellera». Se necesita toda una vida para enterarse de que aquellos versos de Ferrer pintan un imposible: ‘blonda’ significa ‘rubia’, y una cabellera que sea negra y rubia adolece de la más tenue de las cualidades: la inexistencia. Se intuye que el compositor ignoraba qué es ‘blonda’, pero uno –que ha de hundirse con el bolero– elige una mentira más: no hubo ignorancia; todo es una licencia retórica.

Aprender boleros es licenciarse en retórica, la ciencia más hermosa y menos visitada del lenguaje. Hoy, la mejor forma de guardar un secreto es publicarlo en libros de retórica: nadie los lee –ni siquiera los poetas–. Esto es muy triste. Con la retórica ocurre lo mismo que con el dinero: quienes menos la dominan son quienes más la necesitan. No obstante, si uno sobrevive al asalto de los errores de ortografía, en los cancioneros baratos encontrará bellezas que aletean en el aire como aves de luz. Uno entrará así en un delirio de figuras que danzan una fiesta comenzada hace más de dos mil años y que ostenta, entre sus padres, a Aristóteles y a Cicerón. El bolero ha aceptado esa herencia fastuosa. Él no alcanza el vuelo de la poesía clásica, pero, si uno quiere aprender el arte de rectificar un poco el mundo con la belleza de las palabras, que comience descifrando boleros. Al fin y al cabo, para gustar de la gran poesía, esta debe entrar antes en la inteligencia; el bolero ya está en el corazón.

Hay un centenar de figuras. Por ejemplo, la contradicción de Azabache es un oxímoron, palabra griega que significa «locura extrema» –y hay que ser loco o estar poeta para postular una cabellera negra y rubia–. El cubano Amaury Pérez urdió otro imposible: «Cuerpo poblado de ausencias» (Quédate este bolero), frase traviesa, sabor de engaño que quita lo que está dando.

Caigamos en el ahorro de desechar casi todas las figuras retóricas y toquemos aquí solo algunas de adición. Podemos hablar solamente una vez, pero repitamos y repitamos palabras y lograremos algo de magia y hasta la fascinación de la hipnosis, como en este bolero (la figura se llama epanalepsis):

«Te quiero así, así, así
porque el amor es bueno
cuando es amor, amor, amor
apasionado y tierno;
y creo en ti, en ti, en ti...».
(Prado y San Cristóbal: Te quiero asÑ)


A su vez, la símploque es una figura que agiganta la vehemencia expresiva porque repite palabras en el comienzo y en el final de las frases. Este es el caso de un bolero que, de tan conocido, ya es impresentable:

«Si acaso te ofendí, perdón;
si en algo te engañé, perdón;
si no te comprendí, perdón».
(Gabriel Ruiz: Perdóname, mi vida.)


A otra figura, la anadiplosis, fue muy afecto el conciso Azorín, y los políticos la encuentran elegantísima: es la presencia de una palabra en el final de una oración y en el comienzo de la siguiente. En Libertad, bolero demasia do autobiográfico, la practicó el independentista portorriqueño Daniel Santos, patriota amado y borracho pasional:

«Preso estoy;
ya estoy cumpliendo mi condena,
la condena que me da la sociedad».


El bolero es una excusa bailable para llorar dramas de amor, pero él, en sí mismo, es inocente cual pálido lirio. En la perfidia de sus versos más crueles, esta música –habitada de traiciones de cartón y de lágrimas negras– es tan socialrealista como las novelitas rosas: dolor de puro teatro. Por esto asombra el empeño de sitiar letras de boleros para obligarlas a confesar lo que no han hecho. Así ocurre con las delirantes inquisiciones semióticas. Ya se sabe que, cuando los semióticos escriben, hacen, de la comprensión, un subproducto accidental de la lectura (hay que entenderlos por sorpresa).

Aplicada a los boleros, la semiótica es la ciencia de descubrir lo que no está para explicar lo que no es en términos que no se entiendan. Nada es tan oscuro que no pueda convertirse en libro de semiótica. Por esto, la noche profunda, negra y nigérrima, sin un rayito de luna ni vereda tropical: sombras, nada más; la noche que es mansión de la ceguera, luto del día, silencio de la luz, eclipse de la Tierra, espejo de la sombra; la umbrosa boca de lobo que se traga a la tarde; la noche sobrada de sombras que es cielo de angelitos negros; la noche al carbón, como el negro azabache de no blonda cabellera: esa noche invasora y total solo será realmente oscura cuando nos la aclare un libro de semiótica. No importa. El bolero ha sobrevivido a la puntuación cubista de los cancioneros y a los tribunales de la semiótica; y ¿cómo no?: el bolero es eterno: ni «Luis Miguel» pudo matarlo.

El bolero a veces no es moral, pero siempre es una de las buenas costumbres. Dos «hispanos» se encuentran lejos de esta América; no se conocen, pero ya comienzan a gustarse entre guitarras. «El bolero es el himno civil de América Latina», ha dicho Lucho Barrios, vocalista de boleros cebolleros y faltosos, de esos que hasta bien cantados dan ganas de llorar. Son boleros parecidos a las telenovelas, pero mejores porque cuentan lo mismo, en tres minutos y con música. El bolero pasó de moda y sobrevivió; también sobrevivirá hoy, que está de moda. Tú nos acostumbraste a todas esas cosas.

Víctor Hurtado Oviedo
Colaborador

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