Nuestro país de chifa

El chifa es la institución nacional del comedero del pobre con quincena. Fusión del yantar criollo con aquel de origen chino. Solo en el Perú existe el chifa, como también la cojudez o la amnesia.

| 23 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 4.1k Lecturas
Nuestro país de chifa
Tu mala canallada

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Hablo de la institución “chifa” que sirve como barajo para que se facture 300 comensales por día cuando apenas llegaron a veinte. Y eso lo sabe la Sunat.
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La foto es de 1965. Niño, miro la cámara del fotógrafo de chifa. Es el Gran Chifa Imperio al frente del iluminado Congreso de la Republica en la época de los senadores, no éste, de verduleros. El retrato tiene aroma de sillao más tamarindo y culantao y no de misturas. Mi padre en la cabecera de la mesa, olvida el pescado en salsa mensí y al retratista y apura el vino. Sus amigos, todos amantes de las letras, sin pagar, abren los ojos ante el flash postrero del reportero fugaz. Y ese aquel que observe la fotografía adivinará el sabor del banquete, el regalo para el buche, la emoción por los condimentos encontrados. De esa noche le salió un gran poema a Alejandro Romualdo y otro mejor a Leoncio Bueno. La foto es en blanco y negro y tiene un brillo en 3D, pero con alma como diría Víctor Ch. Vargas, ladrón de amores. Yo la guardo porque ninguna como ella es foto que sabe.

El chifa es la institución nacional del comedero del pobre con quincena. Fusión del yantar criollo con aquel de origen chino. Solo en el Perú existe el chifa, como también la cojudez o la amnesia. Chifas hay de los de “carta” y los de “menú con foto”. Los de chinos a medias y de coreanos sin zapatos. Los chifas para el agotamiento nacional y para cazar rucas. Luego suele ser término polisémico. “Lo voy a chifar”. Igual, lo voy a matar, como diría un sicario con AFP. “A esa tía la voy a chifar”. Igual, la haré dormir harto feliz hasta que sus orgasmos me saquen conejitos. “Ese es periodista de chifa”. Igual, es un comunicador que no tiene pasión y no respeta la verdad, le falta el calor de una carpeta, se trepó al trampolín de la ignorancia y se tiró a la piscina de la estupidez. El chifa así, pertenece al erario del imaginario de todos nosotros que, apenas la felicidad nos da un pellizco, gritamos. “Te invito un chifita” y por quíteme estas pajas.

Luis Yong, heredero de la administración del chifa “San Joy Lao” sabe. El chifa de marras fue el primero con brillo aunque los había otros opacados. El chifa, cuando yo fui maltón, era casa de caza. Tenía orquesta en el segundo piso. Uno iba por un wantán y salía con una amiguita bien ‘taipá’. Yo debuté --ya lo conté en SoHo--a la vuelta del damero del kión. En la calle La Rectora, donde estudió Fujimori su primaría. Las escaleras no te llevaban al cielo sino al infierno de los placeres divinos. De allí los “Apartados”. Una suerte de carpa de la playa Agua Dulce. Espacio del gozo y la ternura. Jorge Pimentel, en su tiempo, le dio brillo de gourmet a ese chifa que fue el castillo de la pureza. Pero no escribo de la institución chifa –está dentro de los imaginarios más placenteros y jodidos de los peruanos—sino de los otros, a esos que hoy corrompen la poca dignidad de mi país.

El Chifa del que hablo es de la institución donde se ‘lava’ el dinero sucio que entra al Perú en maletas –cerca a mil millones de nuevos soles al mes—y que ha convertido al Perú en un puerto-chifa. En Lima, hasta el cierre de esta crónica –según Sunat y Devida—existe más de 7 mil chifas y otro tanto en todo el Perú. ¿Y? Nada, que es el negocio de la purificación de ese narco país en el que nos estamos convirtiendo día a día. No me refiero a ese chifa del barrio al que uno le tiene camote. Al Chung Yion o también llamado Chifa Unión de Barranco y sus apartados como cámaras de “atenciones” según Chejov de acuerdo a Carver. Hablo de la institución “chifa” que sirve como barajo para que se facture 300 comensales por día cuando apenas llegaron a veinte. Y eso lo sabe la Sunat. De ahí que los basureros de chifa, aquellos que llegan en sus camiones cuando todos los gatos son pardos, se lleven las ollas repletas, para otros negocios de engorde.

El axioma es el siguiente. Un testaferro inaugura un chifa, por ejemplo, con todas las de la ley. Luego coloca a un coreano –que llegan al Perú como si éste fuese su país-- como administrador. Éste trae a su familia y se clavan en el sitio. La Residencial San Felipe está llena de chifas de este tipo. En el mismo conjunto residencial viven más coreanos que los “lorchos” que conocí, allá donde me crié. Pero el mismo ‘fenómeno’ ocurre en Los Olivos como en San Juan de Miraflores. De esta manera, distrito próspero no es aquel que se le mide por la cantidad de hostales, hoy se suman los chifas. Pero este ‘nuevo chifa’ ya es parte de la modernidad y el empredendurismo. Esa palabreja con la que se mide la inyección de plata que ingresa al país gracias al narcotráfico.

El suceso no es solo en los chifas, se da también la proliferación de casinos y casas de juego. Los hay de todas layas. Pero insisto lo que escribí en este mismo lugar hace unos días. La clase media está en proceso y engorde. Hay plata, dinero plástico y tarjetas de crédito. Chifas, casinos y súmele las pollerías más los hostales de San Germán. De pizzas “Raúl” no hablo porque allí tengo una novia. Pero de lo que nadie habla es de la 31 farmacias y los 20 grifos –full equipo—en la zona del Vrae. Vamos, hay que ser bien cojudo para no darse cuenta que en los chifas queridos de nuestra juventud y su tallarines saltados se está erigiendo la nueva cultura del “wok”.

Chinos y chifas, Velasco o Fujimori. Chifas o “chiflados”. Así es nuestro país, con Ch de Chifa y de conchudos. Por ello, como cada vez que habló con Humberto Sato de los Barrios Altos, aquel que sus padres regentaron una tienda por el Mercado Central, digo que fue digno entrar a un chifa no a un país convertido en tal. Sato, curioso de ojos rasgados, observaba cómo los chinos cocinaban silenciosos en las fondas vecinas. Los chinos. No los japoneses, en el ritual del kión y sus especias. Su padre japonés tuvo una virtud. Le dio libertad para que emule y copie y prolongue la tradición. Humberto aprendió primero a construir metáforas sobre la olla criolla. Y dice que se hizo experto en saltados, de lomo, de pollo, de fideos y verduras varias. Sibarita en interiores, el cau-cau, la chanfaina y los mondongos. Fue licencioso y fundó la cocina de autor, la sartén de firma. Así, queda registrada en la impronta de la cultura del fogón, el wok tridimensional, la mezcla de una China milenaria y la fibra de lo cholo maravilloso, pero corrupto. Matrimonio y origen de una técnica fantástica, sobre frutos del mar, otras carnes poderosas y su prisión a presión


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