Nouvelles de France

Los “deberes”, por supuesto, no están en su vocabulario. ¿Qué aportó a la academia francesa M. Pompeyo con su “maestría”? ¿Y a la haute couisine donde terminó de mozo?

| 29 abril 2012 12:04 AM | Especial | 2k Lecturas
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I
Monsieur Pompeyo se ganó una beca de una empresa estatal peruana, de las tantas que pululaban en los 80’ por acá. Consistía en irse a Francia a estudiar una maestría en “ciencias sociales”. Se fue. Luego de un tiempo se sentía solo, le pauvre. Entonces descubrió lo que era un “Estado de bienestar” con “el individuo como el centro y fin último del universo”. Ya había leído algo así en la constitución peruana de 1979, con la diferencia de que en el Perú nunca se cumplía y en Francia sí. Claro, Francia era rica.

II
Monsieur Andreas era escultor y le encantaban los falos, se la pasaba días y días cincelándolos. Era un trabajo doloroso para los falos de piedra pero más aún para su bolsillo, pues en la Lima de los 80 no vendía ni uno. Decidió que aquí perdía el tiempo y su juventud se marchitaba en la cochambrosa Bellas Artes. Puso entonces manos a la obra y como sabía algo de francés postuló para estudiar arte en Francia. Para su gran sorpresa fue aceptado en una universidad parisina que después descubrió de pacotilla. No cabía en sí. Escogió los mejores falos de su creación para venderlos en París y los otros se los regaló a sus amigos, como recuerdo. Eso sí, muy peruano, antes de irse pasó por una consejería espiritual: “Monsieur Paco” le hizo una “lectura”. El tarot salió inmejorable. “Tú siempre serás mantenido”, le dijo Paco con envidia inocultable. No se equivocó ni un ápice.

III
Pues bien, Francia la generosa permitió que, en atención a los imprescriptibles e inalienables derechos humanos de M. Pompeyo, a éste le hiciera compañía Mme. Patricia, su esposa y su pequeña hija, mademoiselle Coquille. Ninguno, vale aclarar, masticaba el francés más allá de lo que lo haría “Mon cherí” (el difunto cómico peruano). ¿Cómo se ganó la beca? Pues era peruano, faltaba más. Todos se instalaron en unas de esas viviendas de alquiler controlado, o sea, regalado. La maestría de M. Pompeyo terminó en un restaurante, de mozo. Mientras, Mme. Patricia, con buen ojo, descubrió que supersticiosos hay en todos lados. Y entonces compró unos huevos, pintó un letrero y se puso a quitarle la mala suerte a sus vecinos del edificio con un “método infalible” del Perú. Entre tanto, durante más de 15 años, Mlle. Coquille estudió el colegio y la universidad a costa del Estado francés, vale decir, del bolsillo de los contribuyentes entre los que no estaban, claro, ni M. Pompeyo ni Mme. Patricia. Por el contrario, ellos eran beneficiarios del erario público a través de un subsidio porque… “no ganaban lo suficiente”, los pobrecitos.

IV
La Ciudad Luz no decepcionó a monsieur Andreas mientras se olvidaba de los falos de piedra y se interesaba más por los de carne y hueso (lo de hueso es un decir, claro). A las clases de la universidad pronto dejó de asistir. Había cosas más interesantes que hacer. Un día, en una de sus tantas promenades por los recovecos parisienses, M. Andreas encontró a su media naranja. Mientras observaba ávido cómo los Gérard Depardieu y los Alain Delon hacían el amor a la sombra adusta de las estatuas de los grandes mariscales de Francia en el cementerio Pere Lachaise, oyó que alguien lo llamaba “guapo”. El señor tendría unos 15 años más que él, pero era encantador y muy versado en la Renaissance. Vente conmigo, le dijo. Y vaya que M. Andreas se sintió “renacer”. No lo dudó dos veces. A la mañana siguiente ya estaba instalado en el pequeño departamento del que llamaría, d´hors en avant: “mi viejo, mi querido viejo”.

V
Más tarde aterrizó en Francia toda la parentela de madame Patricia, hermanas más cónyuges y padres. Es que: ¡no se podía desunir a una familia! Todos terminaron en la cola del seguro de desempleo y para su sorpresa: ¡se lo dieron! Hoy, después de 20 abriles, todos son franceses y están orgullosos de vivir en un país “con derechos”. Los “deberes”, por supuesto, no están en su vocabulario. ¿Qué aportó a la academia francesa M. Pompeyo con su “maestría”? ¿Y a la haute couisine donde terminó de mozo? ¿Y Mme. Patricia a la cultura de Molière con su huevo “absorbe malas vibras”? ¿Y toda su parentela al sistema productivo francés?

VI
No. No era “mi viejo mi querido viejo” el que mantendría “hasta que la muerte los separe” a monsieur Andreas. Qué va. No era tonto, “mi viejo”. Más bien se dispuso a tener un amante a costa del Estado francés. Le enseñó todos los trucos habidos y por haber de cómo sacarle el jugo a los derechos humanos y al Estado de bienestar. Él mismo --aristócrata empobrecido pero rentista-- se los venía sacando durante años así que había llegado la hora de devolver. No era mezquino, “mi viejo”. Fue así como M. Andreas se hizo de una residencia de 10 años sin trabajar un segundo –rechazaba todos los trabajos sugeridos por el Estado con el argumento irrebatible de que no aportaban nada a su “dignidad de ser humano”--, mientras recibía puntual su chequecito.

Colofón
Hoy M. Andreas, Mme. Patricia y M. Pompeyo están escandalizados. Marine Le Pen ha quedado tercera en la última elección presidencial con un porcentaje sin precedentes y se ha convertido en árbitro de la segunda vuelta entre Sarkozy y Hollande. En realidad ambos son parte del mismo sistema de la corrección política de los “valores universales” y el “estado de bienestar” que han llevado al pródigo bolsillo de la V República al borde de la quiebra. Pero Francia es mucho más que un bolsillo, dicen los que han vivido del bolsillo de Francia toda su vida. ¿Y nuestros derechos? La única de ellos que no cree en vainas es la hoy despampanante Mlle. Coquille, hija de Pompeyo y Patricia. Su derecho es mudarse a un lugar más sensato que la vieja Francia. Es que “los impuestos son muy altos”. Por eso ha abierto su bufete en Montecarlo, donde a nadie le cobran un centavo. No sin antes darle las gracias a la vida, “por haberle dado tanto”.


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