Norteamérica a dieta

Un relato de Eduardo González Viaña seleccionado de “El veneno de la libertad” (Bruño, 2011), una antología de El Correo de Salem, blog que escribe desde su residencia en Salem (Oregon, Estados Unidos).

| 21 agosto 2011 12:08 AM | Especial | 1.2k Lecturas
Norteamérica a dieta

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DETALLE

Eduardo González Viaña (La Libertad-Perú, 13 de noviembre de 1941), escritor y periodista. Entre otros premios, ha sido merecedor del Premio Internacional de Relato “Juan Rulfo” 1998 otorgado en París por el Centro Cultural de México, Radio France, Le Monde Diplomatique. Es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua desde 2004. Ha escrito “El amor de Carmela me va a matar”, “Vallejo en los infiernos”, “El corrido de Dante”, entre otros títulos.
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Ayer por la tarde, en el mercado Safeway, me encontraba en el corredor donde venden productos para el desayuno, y en vista de que no tenía mucho tiempo, tomé la primera caja de cereales que se encontraba ante mi vista y la puse en mi canasta de compras. Después comencé a buscar infusiones de té verde, pero no tuve la oportunidad de escoger. No me había dado cuenta de que estaba siendo observado.

Una dama de aspecto políticamente correcto, es decir llenita, pálida, “just plain”, con el pelo en cerquillo y esplendorosas faldas de color “blue jean” ocultando los zapatos, me indicó:

—No, eso no es lo que usted va a comprar —y cortés pero decidida, sacó la caja de cereales de mi canasta y la volvió a su sitio—. ¿Se ha fijado en el contenido de fibra dietética? Este cereal solamente va a proporcionarle seis por cucharada sopera. En cambio el salvado con pasas le ofrece veintiocho y es lo que usted va a comprar —añadió poniendo el producto entre mis compras.

En vista de que no me gusta contradecir a las damas, le agradecí el consejo y, con la canasta a la mano, me dirigí hacia la zona de frutas.

—No se olvide de beber dieciséis vasos de agua al día para que aproveche la fibra dietética —clamó la señora mientras desaparecía.

Y ya estaba llegando a las frutas cuando un gringo de intensas barbas, un “hippie” de sesenta años, me hizo un gesto negativo con el dedo.

—¿Qué piensa usted hacer? ¿Piensa usted repletarse de carbohidratos?... Uno de los escasos hombres sin panza que se ven aquí aspira a inflarse hasta reventar? ¿Está usted loco o quiere salir de su casa dando saltos como una pelota?

Le expliqué que consumo cereales con fibra para evitar el colesterol y las enfermedades cardíacas y que, por esa misma razón, no fumo, no bebo, hago natación y otros ejercicios por lo menos dos horas al día.

¬—“Okay, okay” —aprobó mi interlocutor. Pero —añadió— nada de eso sirve sin la dieta Atkins. Y la dieta Atkins significa reducir a cero sus carbohidratos —me explicó mientras amablemente tomaba la caja de cereales y la devolvía su lugar de origen. Me disculpé porque no tenía tiempo y me fui a comprar unas cajas de jugo de naranja que se encontraban en los anaqueles de enfrente.

—Usted no va a suicidarse ingiriendo disacáridos.

—Pero, lea usted. Es hecho a base de naranjas orgánicas. Además, contiene vitamina C, potasio, ácido fólico y antioxidantes.

—Eso está prohibido en la dieta Atkins, y usted no lo va a comprar.

Le agradecí por el consejo, y él replicó que era su deber auxiliar a personas en peligro.

—Usted haría lo mismo si alguien quiere saltar por la ventana de un edificio.

Entonces, fui en busca de los alimentos ricos en proteínas que no tuvieran carbohidratos ni grasas saturadas, pero apenas llegué a los expendios de pescado, un señor muy rojo con el pelo adornado por una colita de caballo, me explicó que todo lo que venía del mar estaba contaminado con plomo y aluminio.

—Usted no quiere precipitar un Alzheimer, ¿no es cierto?

Al final de mi paseo, lo único que había podido comprar fue un cabeza de col a la que mis buenos samaritanos no encontraron mayores problemas. Sin embargo, al pasar por la caja, la cobradora me preguntó.

—“Paper or plastic?”…

Y como yo no contestara, repitió que me estaba preguntando si prefería papel o plástico para envolver el único alimento que me permiten ingerir en este país de generosos fanáticos.

Y la verdad es que no supe qué responder. Pagué velozmente y me llevé la col en las manos. Si pedía una bolsa de papel, es posible que alguien me reprobara por estar malgastando los árboles. Si reclamaba una de plástico, me habrían dicho que es un contaminante indestructible. A partir de este momento, aparte de que solamente comeré col en el desayuno, el almuerzo y la cena, me aplasta un problema metafísico: “Paper or plastic?”.


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