Navidad en Huaytará, entre pallas y negritos

Regalos al pie de un frondoso e iluminado árbol con borlas doradas, el invernal chocolate y panetón frutado que ostentan las mesas tras la visita de un nórdico Papa Noel; la tradición anglosajona no tiene que ser un axioma para los pueblos del Perú, donde la Navidad es más que el nacimiento de un “niño Dios”, un sentimiento de identidad; nuestro último viaje a la provincia de Huaytará, en la región Huancavelica, lo demostró.

| 24 noviembre 2012 12:11 AM | Especial | 5.6k Lecturas
Navidad en Huaytará, entre pallas y negritos
Arpa, violín y quena son suficiente para que las pallas y negritos de Huaytará pongan de manifiesto el sincretismo religioso.
Culto pagano en Huancavelica
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Aunque el hatajo de las pallas y los negritos incorpora elementos andinos y africanos en diversas partes del país, en la provincia de Huaytará (Huancavelica) y los distritos de Cusicancha, Quito Arma (con anexo de Chocorvo), Huayacundo Arma, Ayavi y Tambo, adquiere particularidades a destacar; los pobladores del Ande asimilaron pronto al dios cristiano, aunque no dejaron de venerar a sus propias deidades. La propia Iglesia San Juan Bautista, construida en el siglo XVI, es prueba fiel del sincretismo religioso al erigirse sobre la base de una arquitectura inca.

Las pallas y los negritos
En las diversas fiestas tradicionales del país destaca la presencia ancestral de las “pallas” (del vocablo quechua “pallay”: recoger, recolectar y cosechar), mujeres nobles que danzan en fiestas como la escogida (akllas) para cantar al niño Jesús. Sus trajes llevan bandas bordadas, sonajas de madera y chapas, pañoletas, sombrero de paño negro, chaqueta de bayeta, chaleco de tokuyo, chicotes y silbatos. Siempre son acompañadas por un anciano ligeramente encorvado, con máscara de piel de alpaca que representa al espíritu de su cerro tutelar.

La danza de los “negritos” tiene origen andaluz; los moros convertidos al cristianismo daban gracias al niño Jesús; se llamaban “negritos” porque viviendo en la oscuridad del paganismo, accedieron a la luz del evangelio. La danza fue adaptada durante la Colonia, imponiendo los negros peruanos su propio ritmo, alusivo a la esclavitud.

En Huaytará, los “negritos” se presentan en cuadrillas de danzantes, con pantalón blanco y una campanilla. Son ellos quienes utilizan con mayor frecuencia la expresión “amito”, al referirse a los “corgontes” o “carguyoq”, ya que asocian a sus amos o patrones de las haciendas —en tiempos de la esclavitud— con los mayordomos de la festividad. Los “negritos” llaman “galpunas” (asociada a galpón) al recinto destinado por el amito para brindar comida.

Carguyoq, cargonte o amito
Con tres acepciones se identifica a una misma persona: al mayordomo que acepta voluntariamente el cargo (el que pasa el cargo), la responsabilidad y obligación de costear los gastos festivos, que incluye misas, vestimenta nueva para la Virgen o el Santo de la Parroquia, banda musical (“q’aperos”), comida para los invitados, licor y fuegos artificiales. La navidad huaytarina se desarrolla con dos “carguyoq”. Ocasionalmente los gastos son compartidos con personas comprometidas mediante la “hurk’a”, que es la visita a una persona con enormes panes de trigo como regalos, a fin que acepten donar o pagar parte de la fiesta.

Capachos y “machus” o “meteros”
Infiltrados entre el público y derrochando festividad está el “machu”, “viejo” o “meteros”; con el rostro enmascarado o vestidos de mujer. Los “machus” pueden ser niños o adultos, luciendo un turbante adornado con plumajes multicolores; careta de malla de fino alambre y rostro chapetón (similar a la de la chonguinada en Huancayo).

A estos se suman los “capachos”, que aluden a la presencia militar; originalmente se cubrían la cara con máscaras de piel de animales y en los 40 aparecen con saco amarillo, negro o naranja, cascos o gorras adornadas con globos y serpentinas, máscara de cuero curtido, portando en la mano una matraca y representaciones de sapos y culebras para ahuyentar a los espíritus. Su misión: resguardar el espacio para el “japinacuy” (demostrar destreza y habilidad) de las pallas y los negritos.

Siete días de fe popular
Del 21 al 28 de diciembre las pallas y los negritos son el centro de la atención en Huaytará, por sobre las deidades aludidas en Navidad. En una ceremonia llamada “Pruebache” (prueba) muestran sus cualidades danzarinas y al cierre del ensayo (“Wichqay”) se acordará el orden en que saldrán a bailar; los reconocimientos con regalos por parte de los padrinos no se hacen esperar. Posteriormente recorrerán las cuatro esquinas de la plaza, cantando y saludando al pueblo por pascua navideña.

El día 27, las pallas y negritos llaman al “Atipanacuy” o competencia de contrapunteo en una losa deportiva. El arpa y violín marcan sus pasos breves, frenéticos y entreverados. Eventualmente cantan estrofas improvisadas y enseguida sus líderes se enfrentan realizando pasos complicados y novedosos. Los bailarines más diestros son reconocidos con monedas lanzadas de las graderías y recogidos por los “machus”, quienes se las hacen llegar al concluir su faena.

Los retos entre pallas y negritos no declaran ganadores: el reconocimiento del público es premio suficiente. Al caer la noche, todos se confunden entre abrazos de hermandad o “Amistanacuy”. La jornada termina con la participación del pueblo en el Belén, realizando parodias junto a los “meteros”. Los “carguyoq” contratan a los conjuntos musicales con arpa, violín y tambor. La casi totalidad de instituciones locales, casas comerciales y vecinos de la provincia se convierten en protagonistas directos. Finalmente, el 28, pallas y negritos se despiden del niño, quien es devuelto a la iglesia, donde permanecerá hasta el año entrante.

El pensamiento religioso en Huaytará no es excluyente porque no comprendió que el Dios cristiano exigía exclusividad. Gradualmente, como una estrategia de resistencia ante la “muerte de los dioses” y el sentimiento de pérdida generado en el proceso de la Conquista, varias deidades andinas fueron identificadas con santos y símbolos cristianos; en Huaytará y Huancavelica se respira Navidad de pueblo.


Ernesto Toledo Brückmann

Colaborador


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