Nacionalismo

“Desestimar el proyecto Conga significaría para el Presidente quedar reducido bajo presión a un vulgar co- gobernante, ya no de la Primera Dama, sino de veinticuatro presidentes regionales.”

| 15 abril 2012 12:04 AM | Especial | 1.9k Lecturas
Nacionalismo 1960

A poco menos de nueve meses de haber jurado como Presidente del Perú, Ollanta Humala se juega su supervivencia política. Pero no sólo él. En ese mismo juego está Gregorio Santos, el Presidente Regional de Cajamarca. Y de la supervivencia de uno de estos dos presidentes, se juega también algo mucho más importante que el proyecto Conga, las inversiones mineras y el modelo de crecimiento económico: la suerte del Perú como Estado – Nación.

Para el Presidente de la República, Conga tiene que ir para que su autoridad política, investida por la mayoría que lo eligió presidente, no quede como una caricatura con todos los efectos que un poder disminuido trae consigo para el que gobierna. Así, Conga no es ya una cuestión de racionalidad económica. Simplemente es un problema de decisión política.

En ese sentido, valgan verdades, poco tiene que hacer el peritaje que presenten los especialistas contratados por el gobierno para verificar la viabilidad del proyecto cuestionado por Santos y sus aliados políticos. A nadie con dos centímetros de frente se le puede ocurrir que, más allá de sugerir algunos arreglos, los peritos fallarán contra Conga.

Así, para el gobierno, las cartas están echadas. Fuera del peritaje no hay nada más que negociar pues lo contrario sería desestimar el proyecto Conga, lo que el Presidente no se puede permitir políticamente al costo de quedar reducido bajo presión a un vulgar co- gobernante, ya no de la Primera Dama, sino de veinticuatro presidentes regionales.

Gregorio Santos está en las mismas. Para él tampoco puede haber negociación posible y el problema de Conga excede el tema medioambiental en el que ha sustentado su oposición. Desde que su plataforma política es la negación del proyecto y luego de dos paros regionales contra Conga, Santos ya no puede dar marcha atrás. Quemó sus naves. Si Conga va no puede ir con su concurso sino a la fuerza, contra él. De más está decir que esa sería la mejor jugada de Santos. Ser derrotado por la fuerza. Porque en política ser derrotado por la fuerza equivale a un triunfo cuyo crédito puede ser un premio muy jugoso de cobrar.

Políticamente entonces, Santos la tiene más fácil que el gobierno. Si éste cede pacíficamente, Santos gana. Si, por el contrario, el gobierno impone a Conga por el poder de las leyes y la fuerza pública, como seguro sucederá, Santos gana más. Así, pues, la única forma de que Santos sea derrotado es haciendo que pierda el apoyo interno en Cajamarca y el externo en el país. Es de suponer que alguien lúcido en el gobierno ha empleado el tiempo transcurrido entre el primer paro regional y el segundo para construir las alianzas necesarias que podrían hacer implosionar la plataforma política de Santos. No haberlo hecho debería costarle la gerencial cabeza al Presidente del Consejo de Ministros, responsable político de lo que pase en Cajamarca.

Ahora bien, por paradójico que parezca, el “gobierno nacionalista” de Ollanta Humala tiene un as olvidado en su mazo: ¡el nacionalismo! Tiene que rescatarlo. La afirmación de la unidad del Estado nacional por sobre cualquier otro poder es el instrumento ideológico para converger al país contra Santos y defenderse de la arremetida política que vendrá cuando la violencia callejera sea reprimida por la fuerza pública. El discurso nacionalista es entonces clave para que el presidente Humala gane la batalla política que se desarrolla en Cajamarca (de la que depende también el modelo de economía liberal que ha enriquecido al país). Me atrevo a decir que es su única opción.

Pero apelar a la supervivencia del Estado – Nación no es sólo un discurso interesado. Es vital para que en los hechos el Perú no quede convertido en un país feudal con señoríos que compiten en poder con el del gobierno nacional. Porque eso es lo que está ocurriendo en el Perú. La ausencia del Estado nacional reducido a la impotencia de su mínima expresión crea un vacío de poder que es, como siempre sucede, llenado por alguien. Y una vez llenado es muy difícil y muy costoso en vidas y caudales desalojar la usurpación. Por eso, ahora más que nunca lo pragmático –que tanto gusta hoy al Presidente -- es el nacionalismo olvidado en el desván de los recuerdos del PNP.

Esa debería ser la lucha política del gobierno del Presidente Humala para los próximos cuatro años que le quedan de mandato. Reivindicar al Estado – Nación y su soberanía como eje de la prosperidad, la paz y el poder del Perú. Lo otro es simplemente sacar nuestro pasaporte en la embajada de Cajamarca en Lima para disfrutar de las aguas termales y el bucólico paisaje de su maravillosa campiña.


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