Militares y civiles

Cabe preguntarse si la hoy famosa Ley del Negacionismo es, como se dice, una poderosa arma para luchar contra el terrorismo o si expresa, más bien, además de una falta de imaginación y de una estrategia integral para poner fin a este problema, otros intereses vinculados tanto a las Fuerzas Armadas como al mundo “civil”.

| 16 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 1k Lecturas
Militares y civiles
LEY DEL NEGACIONISMO
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Se puede decir que lo que viene sucediendo con la lucha contra el terrorismo en estos últimos tiempos es que ha servido, además de contribuir a crear un exagerado clima de miedo, como justificación para aprobar no solo una serie de normas que repiten la vieja estrategia de la “mano dura”, sino también para contrabandear otras que reflejan un claro intento por mantener la impunidad de los militares y promover una cultura conservadora, muy a tono con las posiciones del cardenal Juan Luis Cipriani.

La Ley del Negacionismo es un buen ejemplo de ello, pero también otras, como las referidas al secreto en las compras militares, la facultad de las fuerzas del orden de recoger cadáveres en las zonas de emergencia sin la presencia de un fiscal, la reposición solapada y sin discusión del servicio militar obligatorio y la “cereza de la torta” es la disposición que sanciona las prácticas homosexuales en la policía (ya subsanada con una “fe de erratas” ante la indignación general).

Si analizamos todas estas normas en conjunto, lo que podemos ver es una suerte de recomposición de los militares en el juego político nacional y el avance de una cultura conservadora y antidemocrática promovida por los civiles.

Nadie duda que las Fuerzas Armadas a lo largo de estos años han sido maltratadas por los diversos gobiernos de turno. El tema de los bajos salarios, la falta de modernización en la defensa nacional y su empleo indiscriminado por el poder político en el conflicto armado y en la lucha contra el narcotráfico, son también buenos ejemplos de cómo se han desarrollado las relaciones entre civiles y militares.

Y si bien esto corre a favor de los militares también habría que anotar, para balancear las opiniones, esa suerte de rebeldía de las Fuerzas Frmadas para emprender una profunda reforma democrática de sus instituciones, la ausencia de espíritu para desarrollar un combate serio y creíble contra la corrupción así como para sancionar a los violadores de derechos humanos durante los años de lucha contra el terrorismo.

Se puede afirmar, por un lado, que los civiles (o políticos) no han podido (o no han querido) reformar a las Fuerzas Armadas y, por otro, que los militares se han resistido tenazmente a que se implemente esta reforma. Las razones de esta suerte de dialéctica perversa se sustentarían en la debilidad política de los políticos, de la institucionalidad y en la baja legitimidad de la democracia, así como en la permanencia de una cultura corporativa y la preservación, sobre todo en los altos mandos, de una serie de privilegios exclusivos de las Fuerzas Armadas.

El resultado de todo ello es que los políticos “utilizan” a los militares ya sea para resolver “problemas” que no quieren enfrentar (p.e. terrorismo y narcotráfico) o, también, en épocas de crisis, como sostén último de su poder; mientras que los militares “cobran” por estos “servicios” preservando sus privilegios y convirtiéndose en un poder fáctico o, como se dice ahora, en “guardianes socráticos de la democracia”. Esa es, en última instancia, la razón que explica porqué el militarismo sigue siendo una amenaza para nuestra democracia.

Por eso no creo que el problema sea, como se ha estado diciendo, entre un espíritu “cachaco” y otro civil. La idea de que los primeros son autoritarios, acaso por el carácter de su institución, y los segundos democráticos y civilizados, es un error.

No hay que olvidarse que los golpes de Estado en el siglo pasado, salvo excepciones, han sido promovidos, justamente, por civiles, por no decir por determinados sectores sociales que lo único que buscaban era defender sus privilegios o derrotar a las fuerzas que amenazaban estas prebendas.

Además, dividir el mundo entre civiles y militares es un error porque los segundos, como un día manifestó el presidente Valentín Paniagua, son también servidores públicos.

El problema no está exclusivamente en el estamento militar sino también en el mundo civil. En ese sentido la Ley del Negacionismo, así como otras normas que han sido promovidas por el poder político y apoyadas activamente por diversos sectores, son una suerte de abdicación del poder civil en su capacidad de consolidar un orden democrático y constitucional.

Algo similar se puede decir cuando observamos cómo el sector conservador de la iglesia católica incrementa su poder político. En este caso estamos frente a la debilidad de un Estado que no se concibe aún como laico y también frente a sectores sociales y políticos conservadores que abiertamente alientan esta opción.

Por último, demócratas o antidemócratas, homofóbicos o antihomofóbicos, los hay tanto en el mundo civil como en el militar, por lo tanto ni unos son ángeles ni los otros son demonios. Así como hay militares fascistas, también hay civiles y curas fascistas. 


Alberto Adrianzén M.
Parlamentario Andino


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