Mi amigo Steve Jobs

Homenaje al genio que salió de una familia de escasos recursos y que tuvo que dejar la universidad por que no tenía como pagar sus estudios, para luego lanzar una computadora del tamaño de una máquina de escribir.

| 25 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 1.7k Lecturas
Mi amigo Steve Jobs
LA PARTIDA DE UN GENIO

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Esa tecnología de punta fue imitada por una competencia, no muy escrupulosa, y el mercado se llenó de computadoras personales basadas en el antiguo sistema DOS que requería códigos. Pese a ser más baratas que la Mac, no pudieron detener la carrera de Steve Jobs y su “System”.
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El 5 de octubre, tras ver en la pantalla de mi Mac el anuncio de Apple sobre el fallecimiento de Steve Jobs, escribí a la dirección allí indicada:

“Muy pocos seres humanos, en la historia de la humanidad, han sido tan importantes como Steve Jobs. Pienso en el hombre que inventó la rueda, en Pasteur, en Einstein. Por él puedo escribir en mi casa este mensaje en mi MacMini, como desde 1986 en mi Mac Plus. Desde entonces nunca tuve otra computadora que Mac.

Soy uno de los millones de millones de seres humanos que lo recordará con gratitud.”

El 7 de octubre el diario El País de España dijo sobre Steve Jobs:

“Pese a esa agitación mediática, Jobs no inventó nada relevante en realidad. Ni diseñó el primer PC, ni el iPod fue el primer reproductor musical MP3, ni el iPhone fue el primer móvil con pantalla táctil.”

No me indignó tanta mezquindad. Me causó lástima.

A comienzos de la década del ochenta del siglo pasado, la revolución de la electrónica y la informática avanzaba como una gigantesca ola que se agostaba, sin embargo, sólo en la gran industria. Para las gentes comunes, las que tecleábamos en nuestras máquinas de escribir, era un sueño inalcanzable. Y, de repente, un joven de 21 años, de una familia de escasos recursos, que dejó la universidad porque no tenía cómo pagarla, lanzó al mundo una computadora personal no más grande que una máquina de escribir. Era la Apple I, superada al año siguiente por la Apple II. Fue el fin de las enormes computadoras con ambientes refrigerados o de consola que costaban decenas de miles de dólares.

Steve Jobs nos había interpretado y, con la cooperación de su socio Steve Wosniak, cuatro años mayor que él, con quien había venido trabajando en el garage de su casa, en Cupertino, un suburbio de Santa Clara en San Francisco (el corazón de lo que luego fue Silicon Valley), puso a nuestro alcance, en nuestras oficinas, centros de estudio y hogares una computadora barata.

A comienzos de la década del ochenta, con mi esposa y mis tres hijos, que tenían entonces entre dieciocho y doce años, compramos la Apple II, la que, a decir verdad, sólo los tres chicos manejaban con facilidad, porque funcionaba con códigos escritos en el teclado.

Steve Jobs se dio cuenta de esta dificultad y, con la ayuda del mismo Wosniak y de otros ingenieros, creó la primera Mac de manejo sencillo, con un sistema que exhibía en la pantalla sus programas representados por íconos que podían ser activados con una flechita móvil conducida desde una pequeña caja manual llamada “mouse” o “ratón” a la que se aplicaba dos golpecitos. Estábamos en 1984. Fue para los usuarios el adiós a los códigos, y el ingreso definitivo de la revolución de la electrónica y la informática en la vida cotidiana de las personas, y, en vía de consecuencia, el traslado de la máquina de escribir al desván del pasado. Escribir y dibujar en una Mac era como jugar sin darse cuenta del paso del tiempo. Sólo con esta hazaña Steve Jobs alcanzó las alturas de los genios y se ganó el agradecimiento desbordante de quienes comprendieron la trascendental importancia de su creación.

Esa tecnología de punta fue imitada por una competencia, no muy escrupulosa, y el mercado se llenó de computadoras personales basadas en el antiguo sistema DOS que requería códigos. Pese a ser más baratas que la Mac, no pudieron detener la carrera de Steve Jobs y su “System”.

La competencia solucionó este problema recurriendo a un procedimiento non sancto. Alquiló el sistema que un ex empleado de Apple había desarrollado copiando sin derecho el System de Steve Jobs y montándolo sobre el DOS. Era pesado, pero llegaba a los mismos resultados: íconos y mouse. Hasta ahora las PC funcionan con este sistema injertado en el DOS.

Steve Jobs impulsó también la fabricación en masa de la computadora portátil a un precio relativamente módico.

Luego vino su desavenencia con John Sculley, ejecutivo máximo de la Pepsy a quien él había llamado para dirigir la Apple y que terminó despidiéndolo, a él, Steve Jobs, el fundador de esta corporación. Si alguna vez se llegara a labrar una roca como la de Rushmore, en Dakota del Sur, estigmatizando la ingratitud, allí debería estar el rostro de John Sculley.

Después, la Apple entró en descenso.

Quince años después, desesperado, el directorio de Apple llamó a Steve Jobs, el genio, para asumir la dirección de la empresa y evitar su desaparición. Y, de nuevo, comenzaron las creaciones de Steve de aparatos electrónicos y sus programas al servicio de la humanidad: el IMAC (la antigua Mac, pero a colores, superdesarrollada con un potente chip); la iBook (liviana, para todo uso y para tener al mundo en la casa); el iPod (centenares de canciones almacenadas en una cajita metálica que se puede escuchar por horas con audífonos o transmitir a un equipo de reproducción); el iPhone (un teléfono celular de manejo táctil con innumerables aplicaciones para la comunicación); el iPad (la tableta lectora táctil con muchas otras funciones que reemplazará a las computadoras portátiles dentro de poco).

Los usuarios de Mac conformamos una suerte de confraternidad cuya divisa es la fidelidad a los aparatos que Steve Jobs nos ha dado. Y él ha sido siempre para nosotros un amigo entrañable, aunque millones y millones de sus admiradores jamás hayamos tenido la posibilidad de tratar con él personalmente. Lo he visto innumerables veces en la pantalla de mi Mac, presentando sus creaciones, fuerte, optimista y sereno, incluso luego que la muerte comenzara a rondarlo, y me he sentido entre los miles de asistentes a la sala donde lo hacía.

¡Gracias, Steve!


Por Jorge Rendón Vásquez
Colaboración


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