Mendívil ha vuelto a Lima

Patrimonio Cultural de la Nación, la feria más grande del Cusco, el Santurantikuy (venta de santos), llega a Lima, por segundo año consecutivo. Se podrá ver las obras de 35 artesanos cusqueños, cada cual con su propio estilo. El fin es revalorizar la Navidad peruana y el trabajo realizado por los artesanos de la Ciudad Imperial. El lugar elegido es el Parque de la Amistad de Surco, donde se expondrán hasta el 12 de diciembre. Juana Mendívil, hija de Don Hilario Mendívil, creador de las artesanías de cuello largo, lidera este grupo de artesanos y cuenta que la idea de difundir la artesanía cusqueña comenzó cuando José María Arguedas conoció a su padre.

| 04 diciembre 2010 12:12 AM | Especial | 5.5k Lecturas
Mendívil ha vuelto a Lima
(1) Juana Mendívil en el Parque de la Amistad, donde se ubica la feria artesanal. (2) Una delegación de 35 artesanos cusqueños nos ofrecen sus obras para Navidad. (3) Arguedas inició la difusión de la artesanía de los Mendívil y, por ende, del Cusco. (4) Juan Pablo II y la reina Sofía de España fueron sus clientes.
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Fue el escritor José María Arguedas quien impulsó la labor de Don Hilario Mendívil, aquel artesano que se caracterizó por hacer sus obras con esos característicos cuellos largos, inspirado en los auquénidos. Su casa, en el Barrio de San Blas, estaba cerca a donde antiguamente se realizaban trueque de llamas, alpacas y vicuñas.

Gran Amauta de la Artesanía Peruana 2000, Doña Juana Mendivil, hija de Don Hilario, señala que las llamas eran los únicos ‘juguetes’, y vivientes, que tenía su padre cuando niño. Ella mantiene viva esa historia de que la madre de su padre le prohibió al artesano dedicarse a ese oficio diciéndole que así se moriría de hambre. Sin embargo, su padre recorrió el mundo con su famoso estilo de cuellos largos. Estilo que en un comienzo, debido a su forma tan peculiar, no fue aceptado en el mercado.

Juana cuenta que cuando Don Hilario no era famoso, ni había sido descubierto por José María Arguedas, le vendió su artesanía a una señora a la que le decían “La Gringa”, que tenía una tienda en el Cusco. Un día, esta señora le fue a increpar que no se vendía su obra y que le devolviera la plata. Desde entonces tuvo que escaparse de ella, porque no sabía cómo devolver el dinero. Comenzó a trabajar de obrero mientras su esposa laboraba de costurera.

El inicio de la amistad
“La primera vez que vino el doctor José María Arguedas al Cusco, le impresionó tanto el arte de mi padre que lo compró. “La Gringa”, por no informar quién lo hacía, como siempre ocurre, le dijo que esos trabajos eran de un indio que ya había fallecido, pero que le conseguiría algo que hacía su familia.

“La Gringa” fue luego a ver a Don Hilario y le dijo que le pagaría el triple, pero que le hiciera más artesanías de ese tipo. “Señora, ni aunque usted me pague todo el oro del mundo lo vuelvo hacer, porque usted me ha tenido sin vida, me hizo llorar, me hizo sufrir, le contestó mi padre”, cuenta doña Juana: “Antes, las puertas de las casonas siempre se mantenían abiertas y uno entraba y podía mirar en el primer patio si estaba la familia. Cuando el doctor Arguedas llegó a San Blas con su primera esposa Alicia Bustamante, buscando a mi padre, lo vio a él y a mi abuela trabajando en su artesanía en el patio, y entraron a la casa”.

Ese primer encuentro sería el inicio de una fraterna amistad. Arguedas se convirtió en el impulsor de la artesanía de su nuevo amigo y lo visitaba siempre para conversar.

-Hilario, nos vamos a calentar -decía Arguedas.

-Ya, compadre -respondía Don Hilario. Arguedas, para entonces, era ya padrino de primera comunión y confirmación de su hijo mayor, Julio Mendívil.

“Cuando él venía al Cusco, se sentaba en el patio. Tenía un braserito. Ponían el carbón. Se calentaban. Y tomaban el té macho. El doctor le preguntaba a mi padre qué significaba té macho. Y mi padre le contestaba que ‘duérmete macho, ríndete macho’. Se hacía el té y se añadía una copita de anisado y otra de cañazo puro. El té se servía en unos jarrones antiguos de barro. Y eso le encantaba tomar a José María Arguedas mientras conversaba con mi padre”.

Gastronomía Arguedas
-¿Usted recuerda bien esa época?

-Sí, aunque era una niña entonces. Él tenía una cantimplora pequeñita. Cuando venía al Cusco, le pedía a mi padre que le ponga el anisado y el cañazo para que él pudiera tomar el duérmete macho en Lima.

-Debió ser una escena única verlos dialogar, ver a Arguedas cantar mientras su padre seguía en su trabajo.

-Verlos a los dos era algo muy bonito. Yo escuchaba a veces historias de los pueblos, del zorro, del ñacac. Mi papá recordaba que “Mi mamá me decía que era peligroso caminar por encima del Yuncaypata, un pueblito arriba de Sacsayhuamán, porque venia el ñacac, el hombre que te sacaba el sebo”. Historias como ésas. Luego, tomaban su té macho y comenzaban a comer su canchita, su queso. Pero no le gustaba el maíz tostado en aceite, sino en la tostadora, una ollita de barro donde con un palito se tiene que buscarle el punto. Eso es lo que él comía. El doctor José María Arguedas le decía que quería comer su janca (tostado), pero en la tostadora: “Y si no tienes tiempo, Hilario, yo me siento a tu lado en el brasero, tuesto y seguimos conversando”.

Otro día, Arguedas pedía: -Hilario, ¿me puedes hacer una pasñacha? -recuerda Juana Mendívil: “Compraban la chicha de jora, lo mezclaban con cerveza negra, y luego le batían el huevo con un poquito de azúcar. Y mi padre le decía ‘Compadre, esto es bueno para los pulmones’. Le encantaba comer la carnecita a la brasa. Tenía una especie de parrilla, chiquita, y la ponían en el braserito. Era impresionante ver cómo comían. Comían yatán. En el Cusco le llaman así al ajÑ A ese yatán le echaban un huevo pasado y lo mezclaban, y lo comían untándolo en una papita, la papa chiquita a la que le dicen “cuchi acachan” (caquita de chancho, por la forma que tenía). Le gustaba el chulpi, esos maíces amarillitos, larguitos”.

El legado
Ellos conversaban, hablaban de arte, Arguedas tocaba su guitarra o charango, y cuando no tenía eso a la mano, usaba su rondil. Y con la música, mi padre seguía trabajando”, cuenta Juana Mendívil. Cuando habla de esos encuentros, en los que ella era una niña todavía, se emociona y confiesa que tal vez en esos momentos no le parecía algo interesante, hasta pudo parecerle aburrido, pero conforme pasa el tiempo, esas imágenes de infancia entre su padre y Arguedas adquieren mayor importancia.

Tal y como lo recuerda, Don Hilario y Arguedas empezaban sus charlas aproximadamente a las 9 de la mañana. Luego almorzaba. Y le daba ánimos a Don Hilario para que siguiera trabajando, para que continuara creando según su estilo. Y se quedaba hasta la noche. “Y cada vez que venía al Cusco, mi padre tenía otros temas, otras obras. Antes de que el doctor José María Arguedas lo descubriera, mi padre incluso dejó un tiempo de hacer su arte. Arguedas lo animó, lo trajo a Lima, hicieron muchas exposiciones e hizo conocido su arte”.

Juana Mendívil supone que está siguiendo el legado de sus padres, quienes esperaban traer a Lima a las generaciones nuevas de artesanos del Cusco. Ella está cumpliendo con el deseo de los suyos: por segundo año consecutivo ha traído a lso artesanos cusqueños a que muestren sus obras. Don Hilario Mendívil siempre deseó para otros la misma suerte que a él le auguró el escritor. En parte, esta exposición de artesanía religiosa, el Santurantikuy cusqueño, es uno de los tantos legados que nos dejó José María Arguedas.

Clientes poco comunes
En el año 1985, Georgina, la esposa de Don Hilario Mendívil, aprovechó la visita del papa Juan Pablo II para regalarle una virgen embarazada de cuello largo. El papa le dijo: “Georgina, esa no es ‘La Virgen embarazada’, sino ‘La Virgen de la dulce espera’”. Así lo recuerda Juana Mendívil y desde entonces se quedó con ese nombre. Por encargo del papa, le llegó desde Roma una Biblia, que ahora exhibe en el Museo de San Blas, y la bendición papal.

A fines de los 90, la Reina Sofía de España llegó a casa de los Mendívil. “Uno de sus gendarmes tocó la puerta y preguntaron por mi padre. Un agregado cultural le había regalado tiempo atrás una pieza de mi padre y le contó la historia de los cuellos largos. Yo no sabía que era la reina hasta que el gendarme nos la presentó: ‘Su Majestad la Reina’, nos dijo. Le enseñé los materiales del taller, los manipuló. Se enamoró de un San Miguel, un arcángel de cuello largo que pisa al demonio. Le pedí 800 dólares, pero me dio dos mil. Le di una clase didáctica sobre la forma en que elaboramos las artesanías. Era una persona muy sencilla”.

Pablo Neruda también llegó a la casa de los Mendívil. “Lo trajo el doctor Luis Nieto Miranda, el autor de las letras del himno del Cusco. Era a inicios de los años 70”.

Arte cusqueño
Las raíces de estos “llama kunka” se encuentran en la Escuela Manierista del jesuita italiano Bernardo Bitti y del destacado pintor cusqueño Diego Quispe Tito, iniciadores de la Escuela Cusqueña de Arte que se distingue igualmente por sus formas alargadas y pliegues acartonados, de los cuales la sensibilidad artística de Don Hilario Mendívil tomó contacto desde su niñez en las iglesias cusqueñas, pues su madre se dedicaba a la restauración de imágenes de los templos. Esta actividad continuaría con su esposa Georgina.


Marco Fernández
Redacción


(Tomado de artemendivil.com)

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