Maestra, pese a todo

Mañana será el “Día del Maestro” para los más de 300 mil profesores peruanos que en esta fecha recibirán saludos y hasta halagos presidenciales, aunque viven postergados en sus aspiraciones. Fuera de la conmemoración quedará una maestra que hace 30 años, por el delito de luchar por los justos reclamos de los maestros del Sutep, fue golpeada salvajemente hasta quedar inválida, sin puesto de trabajo y sin casa.

Por Diario La Primera | 05 jul 2009 |    
Maestra, pese a todo
(1) Inés Valdivia: ejemplo de amor por la docencia. lucha por una mejor calidad educativa en el país. (2) Entrega sabiduria para recibir sonrisas como premio al esfuerzo.
En silla de ruedas por una golpiza policial, la profesora Inés Valdivia exige justicia y sigue enseñando.

Inés Valdivia Malpartida era hace tres décadas una guapa joven de 23 años, que había egresado con excelentes calificaciones de la Universidad de La Cantuta, lugar al que llegó de su natal Tingo María con su vocación de niña: ser maestra y seguir el camino que le marcaron las religiosas de su colegio. Su afán de justicia social la convirtieron en militante de izquierda y en dirigente magisterial.

Era un 4 de julio, vísperas del “Día del Maestro” y un grupo de educadoras habían ocupado la Plaza de Armas (hoy Plaza Mayor) esperando el resultado de un diálogo que el comité de lucha del Sutep tenía con el ministro de Educación del entonces presidente de facto Francisco Morales Bermúdez. Mientras esperaban coreando consignas, tres profesoras recibían propuestas del ministro Guabloche, pero más que propuestas para el magisterio eran dádivas para ellas. Inés Valdivia sintió tal ira al leer lo que estaba escrito en el documento presentado por el ministro, que en un descuido cogió el papel y corrió hacia la salida, esquivando a los guardias.

La del poncho rojo
Corriendo llegó hasta la Plaza de Armas pero fue de inmediato identificada por la policía por el poncho rojo que llevaba. La represión la golpeó salvajemente para que soltara el papel hasta que cayó desmayada. Cuando despertó estaba en la sala de un hospital y el pronóstico era reservado. El papel que ella llama del chantaje, desapareció.

Empezó una odisea para la valiente profesora, de hospital en hospital y con diferentes diagnósticos, hasta que un reputado neurólogo le dijo que había quedado inválida por los golpes (patadas) a la columna y que no volvería a caminar. Para costear todo ese tratamiento y adquirir su silla de ruedas se vio obligada a vender un pequeño departamento que había comprado en La Victoria y vivir un largo tiempo en un local magisterial.

Como si fuera poco, el Estado le arrebató su puesto de profesora dejándola en el desamparo total, lo que obligó a la maestra a ejercer la venta ambulatoria de sánguches y dulces.

“Lo que pasa es que siempre que exigía que el Estado cumpla su deuda conmigo y me reponga en mi puesto de trabajo, me respondían que si me afiliaba al minúsculo sindicato aprista de maestros me daban hasta casa, pero yo no podía hipotecar mi conciencia ni renegar de mis ideales, eso no va conmigo”, repite cada vez que le recuerdan aquellos ofrecimientos.

Cabanillas incumple
En una oportunidad en que vendía dulces por la avenida Abancay fue arrollada por un ómnibus, el golpe la dejo parapléjica, sin movilidad en ninguno de sus miembros. Fue en esas circunstancias que Mercedes Cabanillas, ministra de Educación en el primer gobierno de Alan García, conoció su caso y decidió visitarla en un local del jirón Ayacucho, donde funcionaba una cooperativa de maestros.

La actual ministra del Interior se mostró muy compungida y ofreció ante los periodistas que resolvería la situación de la maestra. Como primera medida ordenó un descuento a todos los profesores del país para su rehabilitación en el extranjero y prometió que después de esta le devolvería su plaza de profesora.

En efecto al poco tiempo la aguerrida maestra viajaba a Alemania, segura de volver a caminar. Lamentablemente el dinero no alcanzó y a los seis meses regresó rehabilitada, pero solo hasta la mitad. Sin embargo, tenía la esperanza que la solidaridad del gremio magisterial la ayudaría a regresar para completar su tratamiento y caminar, lo que desgraciadamente no ocurrió. Tampoco la maestra Cabanillas recordó, ni en esa época ni ahora su promesa. “Espero y exijo que en algún momento me hagan justicia”, señala.

Con los más pobres
Estas tragedias, que amilanarían a cualquiera, en el caso de Inés Valdivia parecen haberla fortalecido en sus convicciones sociales y en su vocación de maestra. En su inseparable silla de ruedas es una de las animadoras principales de cuanta movilización se desarrolle sin que la acobarden las amenazas de los uniformados ni los gases lacrimógenos.

Asimismo, y pese a la indiferencia de las empleadas de la UGEL de San Miguel, Inés sigue exigiendo su reposición. “Me malograron las piernas pero no el cerebro, nunca he entendido por qué no me permiten ejercer oficialmente como maestra”, dice.

Sin embargo, ha encontrado otra forma de ejercer su vocación, una forma que si bien no le reporta retribución económica, la hacen sentirse una auténtica maestra y militante cristiana.

Seis días a la semana Inés se da el trabajo de subir, a duras penas en su silla de ruedas, a los cerros más humildes de San Juan de Lurigancho. Ahí donde no llegan ni los candidatos más audaces, ahí donde conseguir un plato de comida es un difícil logro, donde la enfermedad y la muerte son pan de cada día, pero donde es recibida por los niños y sus madres que la llenan de amor y agradecimiento.

Maestra de todo
Apenas la ven llegar, las madres de familia la cargan en su silla de ruedas, los niños se alborotan y gritan contentos “llegó la profesora, buenos días maestra”, mientras se sientan en troncos o banquitos rotos y acomodan sus papeles en tablones que hacen de mesa, todo al aire libre. En esos sitios Inés es maestra de jardín, primero, segundo, tercero, etc., todos tienen consultas que hacerle. Pareciera mentira que, a pesar de que la pobreza les impide contar con buenos libros y útiles escolares, sienten que quieren conocer más de matemáticas, geografía e historia. Todo lo absuelve con gran paciencia y sabiduría.

Pero no sólo se dedica a los niños, instruye a las madres en cultura general, les explica acerca del evangelio y los preceptos cristianos y sobre reglas de urbanidad. Además les enseña trabajos manuales para que puedan confeccionar prendas y ganar alguito para sus humildes hogares. “Llego a mi casita muy cansada, con el estómago vacío, pero llena con la satisfacción de haber cumplido con mi misión de maestra”.

Denis Merino
Redacción

Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119378 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.