Los que no van a Larcomar

Llegué a Lima para empezar mi primera exploración al caso Perú. Tengo 1 mes para llevar a cabo una variada lista de actividades, o en realidad, para responder una larga lista de preguntas. Vine con mi esposo, quien es un compañero maravilloso en todas estas aventuras.

| 03 noviembre 2013 01:11 PM | Especial | 11k Lecturas
Los que no van a Larcomar
Los que no van a Larcomar
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Trato de combinar las tareas de mi investigación con un poco de exploración de la ciudad.

La Primera

Nuestra casa es muy fría, y sentimos constantemente la necesidad de caminar. Ayer vimos el mapa y escogimos Larcomar, que es un centro comercial relativamente nuevo, con una ubicación tan peculiar que definitivamente vale la pena visitar.

Larcomar está construido hacia abajo, en el acantilado que dá al océano pacífico. En cada uno de sus dos pisos hay una hilera de tiendas enfrentadas a unas terrazas que aprovechan espectacularmente la vista al mar.

Las tiendas son un poco más de lo que se puede encontrar en cualquier centro comercial de una ciudad del sur globalizada. Entre las marcas norteamericanas o europeas, una que otra marca peruana vende sus productos al sector mas adinerado de la población, los turistas y los expatriados.

Caminamos con mi esposo por las terrazas y nos aterramos de la variedad de tiendas que venden productos hechos con lana de alpaca, el equivalente peruano del Cashmere.

Nos parece genial que un producto tan local, tan peruano, haya logrado posicionarse como un artículo de lujo. En últimas, desde las clases mas altas hasta los indígenas de la sierra se visten con Alpaca.

Estos elementos de unificación social, en un país con tan marcadas distinciones sociales, son positivos. Pensamos que nos gustaría comprar algo de Alpaca, si no fuera porque cada objeto cuesta varios cientos de soles. “Seguro cuando salgamos de Lima encontramos más barato” pensamos.

Pasamos en frente de uno de estas tiendas, llamada Sol Alpaca. Nos llamó la atención algo que hay en la vitrina y nos acercamos. De lejos parecía una reproducción de dos indígenas tejiendo con alpaca, usando sus métodos tradicionales. Nos acercamos pues nos llamó la atención los colores vibrantes, y el hermoso telar con el que se lleva a cabo esta actividad.

Pero un momento: lo que parecían reproducciones a “tamaño natural”, son en realidad dos personas, dos mujeres, sentadas en el piso, tejiendo con alpaca en su telar. Camilo y yo entramos a la tienda.

Contemplándolas, un comprador dice “ay que lindo, mira como tejen las indias!”. Otro se mete una mano en el bolsillo y pone una moneda de 2 soles en un banquito. Así, en frente de todos, de forma impune.

Mi optimismo de ver en la alpaca un elemento unificador de clase y raza se va al piso. Hay tantas cosas ocurriendo en esta escena. Repasemos. Dos mujeres indígenas tejen para compradores adinerados en una vitrina del centro comercial mas exclusivo de Lima.

Vale recordar que este centro comercial es rara vez frecuentado por indígenas, aun cuando de acuerdo al último censo componen una tercera parte de la población del Perú. Con su ubicación en la vitrina, los dueños del almacén dan a los compradores adinerados un acceso mediado a la realidad de estas mujeres, realidad con la que nunca se cruzan en su vida cotidiana.

Para ellos, vale la pena poner a estas mujeres en la vitrina pues para los compradores significa algo exótico, extraño, folclórico, totalmente ajeno a su realidad. Pero al mismo tiempo, las personas, detrás del vidrio de la vitrina hacen lo mismo que harían en frente de cualquier vitrina exponiendo maniquis u objetos: señalan, comentan, toman fotos, o se ríen.

El vidrio de la vitrina genera distancia y tranquilidad, tal y como lo siente quien observa un león o una culebra en un zoológico. Esta escena no sería tan deprimente si los indígenas quechua en el Perú no fueran una cuarta parte de la población. Para 1 de cada 4 peruanos, aquello que se vende como exótico en la vitrina no tiene nada de raro, nada de curioso, nada de novedoso.

Absolutamente natural en este setting es el banquito con monedas. Me pregunto si los dueños de la tienda lo ubicaron allí para este propósito, o si se dio naturalmente, cuando algún visitante puso una moneda y los otros lo siguieron.

Por supuesto, el acto de dar limosna le pone una cereza a la “patronización” (no encuentro una buena traducción del inglés “patronizing”) de la realidad indígena peruana. Para los compradores, es normal premiar con una mísera moneda de dos soles el oficio con el que estas mujeres se ganan la vida. Como si a mi me dieran limosna por leer un libro, o como si a un policía le tiraran monedas por arrestar ladrones.

Me pregunto además que pasaba por la cabeza de los que se metieron la mano al bolsillo. Se imaginarían que a estas mujeres los dueños de la tienda les pagan una miseria por hacer esto, pues en últimas, indígenas y explotación son sinónimos.

O se imaginarían que cualquieras dos soles ayudan a una mujer en esta condición, pues indígena y pobreza significan lo mismo. Se imaginarían, por último, que estaban haciendo una obra de caridad , por que en últimas, “pobres mujeres, sentadas en el piso por quien sabe cuánto tiempo”.

Pero al tiempo, estas personas voltearon la espalda y compraron una chompa de 500 soles, probablemente hecho por las mismas mujeres, con las mismas manos, sin preguntarse un segundo cuánto de este dinero quedaría para quienes la fabrican. ¡Ni siquiera teniéndolas al lado!

Es difícil encontrar hoy en un espacio tan pequeño una situación que evidencie tantas contradicciones, tantas desigualdades e injusticias.

No porque no existan, sino porque existe un mínimo de criterio, según el cual, poner a unas mujeres indígenas en una vitrina es demasiado indignante. Me pregunto en qué demonios está pensando el dueño de Sol Alpaca.


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